Japón y alemania, dos víctimas de la energía: la crisis expone fragilidades ocultas

El shock energético global, desencadenado por la invasión rusa de Ucrania, ha revelado las profundas fisuras en las cadenas de suministro mundiales, y dos economías –Japón y Alemania– se encuentran ahora en la primera línea de esta tormenta. Una situación que, lejos de ser un simple revés, podría definir el futuro energético de ambos países.

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La estrategia de japón, un castillo de naipes en el golfo

Durante décadas, Japón había construido su economía en la base de un suministro energético masivo proveniente del Golfo Pérsico, apostando por una dependencia casi total del petróleo y el gas de Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. Esta estrategia, aparentemente brillante, resultó ser una fragilidad latente, un castillo de naipes expuesto por el cierre de facto del Estrecho de Hormuz. La reciente interrupción del flujo de petróleo, impulsada por las tensiones geopolíticas, ha sumido a Japón en una crisis sin precedentes, con el Nikkei 225 desplomándose y una caída drástica en la confianza empresarial.

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Antes del conflicto, Japón importaba más del 90% de su crudo y alrededor del 11% de su gas licuado natural (GNL) del Medio Oriente. Esta solidez, en realidad, era una vulnerabilidad. La ruta de suministro pasaba, casi exclusivamente, por el Estrecho de Hormuz, un punto estratégico clave controlado por Irán y sus aliados. Ahora, esa ruta está bloqueada, transformando la dependencia en una sentencia de crisis.

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Alemania, un error de cálculo de décadas

Alemania, un error de cálculo de décadas

La historia de Alemania es aún más preocupante. Durante años, el gobierno alemán priorizó el ahorro energético y la cooperación económica con Rusia, incrementando su dependencia del gas natural ruso hasta alcanzar el 55% en 2021. Esta política, impulsada por consideraciones económicas y la creencia en que la energía podía ser una herramienta de influencia política, ha resultado ser un error estratégico monumental. La apuesta por la ‘Energiewende’ –la transición energética–, centrada en la fase de desmantelamiento de la energía nuclear y el apoyo a las renovables, no logró anticipar este tipo de escenario.

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Ahora, Alemania se enfrenta a un invierno con escasez de gas, con facturas domésticas proyectadas en aumento de 15.000 euros y un crecimiento económico limitado al 0,8% en 2026. La situación es tan grave que el gobierno ha recurrido a medidas drásticas: el lanzamiento de reservas estratégicas de petróleo, la estabilización de precios a través de subsidios y la reactivación de centrales eléctricas de carbón, una decisión que contradice los objetivos de descarbonización del país.

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Un futuro en juego: alternativas y esperanza cautelosa

Ante este panorama, Japón está buscando desesperadamente alternativas. El gobierno ha comenzado a liberar reservas de petróleo, ha reactivado centrales de carbón y está explorando nuevos suministros desde Central Asia, Sudamérica y Canadá, incluso reabriendo negociaciones con Venezuela. Además, se está invirtiendo fuertemente en Alaska, buscando un suministro de petróleo que le permita reducir su dependencia del Medio Oriente, con una ruta de transporte que, aunque más larga (12 días), ofrece una alternativa crucial. La inversión se estima en 550 mil millones de dólares.

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Japón también está acelerando la transición a las energías renovables, apostando por el desarrollo de parques eólicos marinos y la expansión de la energía solar. Sin embargo, la recuperación del sector nuclear, con el reinicio de una central en Kashiwazaki-Kariwa, representa un cambio de rumbo radical y una apuesta por la seguridad energética a largo plazo.

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La crisis energética, lejos de ser un mero inconveniente, ha expuesto la fragilidad de los modelos económicos basados en la dependencia energética. La lección es clara: la diversificación, la seguridad y la autarquía son ahora imperativos estratégicos. Y el precio de la ignorancia, para Japón y Alemania, podría ser muy alto.”n ,n