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Ia: la fiebre del capital amenaza a las empresas sólidas

La inteligencia artificial ha irrumpido con una fuerza descomunal en el debate inversor, eclipsando a menudo a empresas con fundamentos sólidos. El capital, como un torrente, se precipita hacia todo lo que huele a IA, dejando a otros Negocios, igualmente prometedores, a la deriva en un mar de desatención.

El auge desmesurado de las inversiones en ia

En 2025, las operaciones relacionadas con IA y aprendizaje automático devoraron casi dos tercios del capital de riesgo estadounidense. Un salto estratosférico si lo comparamos con el escaso 10% de hace una década. Esta concentración de capital refleja una transformación tecnológica profunda, que redefinirá la productividad y la competencia a nivel global. Numerosas empresas, hoy en día, prosperan gracias a esta transición, y algunas podrían llegar a convertirse en gigantes cotizados en la próxima década.

Pero aquí reside la paradoja: ¿necesita una empresa ser una empresa de IA para ser, simplemente, una gran empresa? Los mercados públicos ofrecen una respuesta clara: algunas de las compañías más valiosas del mundo no tienen nada que ver con la IA. Su éxito se cimienta en ventajas competitivas duraderas, en una economía de escala atractiva, en una ejecución disciplinada y en la capacidad de crecer incluso en tiempos de crisis — no en la mera cercanía a una moda tecnológica.

La distorsión del mercado privado: una burbuja de valoraciones

La distorsión del mercado privado: una burbuja de valoraciones

Los mercados privados, sin embargo, no siempre distinguen con tanta precisión. La atención concentrada en la IA ha provocado una dispersión alarmante de las valoraciones. Los supuestos líderes del sector pueden levantar rondas de financiación a un ritmo vertiginoso, a precios cada vez más elevados, alimentando una espiral de euforia y concentración de capital. Mientras tanto, empresas de alta calidad, con modelos de negocio sólidos y un enorme potencial de crecimiento, languidecen en un entorno de financiación mucho más restrictivo. La falta de una narrativa de IA explícita puede condenarlas al ostracismo, a pesar de sus fundamentos.

Para el inversor prudente, esta divergencia representa tanto un riesgo como una oportunidad. No se trata de ser escéptico con la IA, sino de apostar por aquellas empresas que ya han demostrado su viabilidad y cuyas valoraciones se ajustan a una visión a largo plazo. Paralelamente, es fundamental prestar atención a aquellas empresas no relacionadas con la IA, cuyos fundamentos se mantienen fuertes y que se benefician de la migración de capital hacia otros horizontes.

Este patrón es recurrente en la historia. Las revoluciones tecnológicas suelen ir acompañadas de una sobreconcentración de capital, de una depreciación de las valoraciones en sectores menos favorecidos y, finalmente, de una normalización del mercado. La lección no es que las tecnologías disruptivas fracasen, sino que la tecnología por sí sola nunca es suficiente.

La adopción de la IA avanza a una velocidad sin precedentes, y estamos todavía en las etapas iniciales del ciclo. Algunos de los futuros líderes del mercado aún no han emergido, mientras que otros enfrentarán la competencia, la estandarización o cambios en la dinámica económica. En ese contexto, la selectividad es más importante que el entusiasmo.

El objetivo para el inversor a largo plazo no es construir una