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Delta se enfrenta a la tormenta: el precio del combustible y la demanda, un cóctel explosivo

El caos reina en los aeropuertos estadounidenses, especialmente en Atlanta, mientras Delta Air Lines se tambalea bajo el peso del aumento del precio del combustible y la persistente demanda de los viajeros.

Una guerra en irán, un impacto inmediato en los bolsillos de los pasajeros

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La escalada del conflicto entre Estados Unidos e Israel, y la amenaza a las vías del Hormuz, han disparado el precio del petróleo. Delta, que ya afrontaba unos costes de combustible de 330 millones de dólares, proyecta un incremento de 2 mil millones en el próximo trimestre. Pero, para sorpresa de nadie, la compañía anticipa un crecimiento del 10% en los ingresos, un cálculo que, francamente, me parece ingenioso, pero no precisamente realista.

Ed Bastian, el CEO, se mostró pragmático: “Es un momento saludable para viajar”, dijo, omitiendo la evidente realidad de que ese “saludable” viaje se volverá más caro. La amenaza de elevadas tasas por equipaje, impulsada por la volatilidad del mercado petrolero, es solo la punta del iceberg. Bastian no descartó que estas medidas, lejos de ser temporales, se conviertan en la nueva normalidad.

Las acciones de American Airlines y United Airlines han sufrido un desplome del 25% y 13% respectivamente desde el inicio de la crisis, reflejo del pánico en los mercados. Scott Kirby, el CEO de United, pintó un panorama aún más sombrío, previendo un aumento del 20% en los billetes si los costes del combustible se mantienen altos. La estrategia, según Kirby, es frenar la caída de la demanda, una tarea que, con la inflación ya desbocada, parece una quimera.

Pero la dinámica del “K-shaped economy” – el crecimiento desmedido del mercado de valores que beneficia a una élite financiera mientras la mayoría de los consumidores se contraen – sigue siendo un factor determinante. Delta, como ha señalado Bastian, se nutre principalmente de los gastos de los clientes de alta renta, aquellos que siguen apostando por viajes de primera clase. Es una inversión, sí, pero no una que refleje la realidad económica general.

El conflicto en Irán, que se iniciaba en febrero, ha impactado duramente en el sector. La recuperación del sector aéreo, impulsada por el frenesí post-pandemia, se ve ahora amenazada. Delta, a pesar de un aumento del 17% en su capitalización bursátil el año pasado, se mantiene estancada, un claro indicio de la incertidumbre que rodea a la compañía y del impacto del conflicto en sus perspectivas de crecimiento. Un crecimiento que, en gran medida, depende de la continua disposición de los más ricos a gastar en experiencias de lujo.

La compañía ha anunciado recortes en la capacidad, eliminando vuelos de escasa afluencia, pero esta medida, aunque lógica, no compensa la pérdida de ingresos derivada de la creciente presión sobre los precios. United ha adoptado una estrategia similar. En definitiva, Delta se enfrenta a una tormenta perfecta: costes del combustible en alza, una economía frágil y una demanda concentrada en un sector reducido de la población. El resultado, a mi juicio, será un vuelo inestable y, posiblemente, un aterrizaje forzoso.