Sobre el autor

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Jorge Fernández Gil llegó a Playa Unión en 1973, y residió en ese balneario chubutense y en Rawson casi hasta su muerte, ocurrida en 1991. Había nacido en La Plata en 1948.
Fue poeta, actor y director teatral. También escribió cuentos y obras de teatro. Su obra poética, perturbadora e inclasificable, permanece inédita. Fernández Gil cultivó la erudición, la heterodoxia y los gestos desafiantes en una región marcada a fuego por la chatura de los años de plomo y las tradiciones decadentes. Al tiempo que escribía silenciosamente su obra, se convirtió en una suerte de joven maestro escéptico, generoso y carente de retórica para escritores y artistas huérfanos de referentes durante la dictadura.
Debrik Ankudovich fue su compañero de ruta durante años de resistencia cultural e ideológica en Rawson, Trelew, Playa Unión y Puerto Madryn.
A comienzos de los '80, Fernández Gil compartió con Ankudovich, Artola y quien firma esta noticia el movimiento "Poesía a la calle" y la resistencia activa ante los dinosaurios que dominaban la escena del Encuentro Patagónico de Escritores de Puerto Madryn en una obscena combinación de nazionalismo, ignorancia y asados de cordero.
Refractario a cualquier atisbo de carrera literaria y ajeno a la mínima concesión a los modestos salones de la literatura regional, consumió su tiempo 
como un artista del hambre, ceñido a su propia rebelión y en la búsqueda de un arte insumiso.
Su obra dispersa reúne muestras brillantes de una poesía que no nace en la boca; versos impecables de una angustia que quema. Había escrito: "Un niño llora. Sabemos que seguirá llorando porque lo único que tenemos para consolarlo es un cuchillo ya ensangrentado". Sabía que "la memoria, enferma, alucina". Su legado es el de los artistas que quemaron su aire contra la iniquidad, como pedía Baudelaire.

 

 

 

 

Jorge Fernandez Gil

El rostro de la sombra y otros poemas

EL ROSTRO DE LA SOMBRA & OTROS / POEMAS ____________________________________

 

HOMENAJE

Ningún ángel sumerge a las niñas en el sueño
nadie llora frente a las lápidas en el día de los Muertos.

El último gallo canta y entre la ronda de las rojas rosas
descansa el cuerpo de la niña blanca, de la mujer inquieta,
de la vieja ramera que abrió el fruto y despertó un Cielo
con los matices del santo placer,
única vida y forma sobre esta tierra.

 

A LA HORA DEL ROSARIO

A la hora del rosario se inclina la familia.
Pardo otoño, calles pardas.

Sombrío tiempo en que la memoria crece iluminada por presurosas antorchas.
Casullas, recortes de hostias, mármoles de los altares.
Un día acaricié las nalgas de una monja.
Las severas estatuas siguieron en su lugar y yo me deslicé
por el atrio con una sonrisa más amplia.

Hoy es viernes santo y estirado sobre la arena húmeda
con una corona de espinas apretada entre sus manos
el ebrio medita siguiendo el vuelo de las aves emigrantes.

 

PASSE

Basía helukuvrasión
poder absurdo el de crear imágenes
pretendiendo sublimar el sentimiento.

 

EL ROSTRO DE LA SOMBRA

Yo era la sombra del espantajo abandonado en el desierto.
A espaldas de divinidades, demorado en el pastizal de la compasión
mi paso activa aún
helechos blancos suspendidos entre cielo y tierra continuamente resucitando.
Mi mano apenas tiembla ya.
Reconozco dentro del tiempo de pájaros crecientes el agua en que bañan sus alas las lilas y otras piedras basales la fuente de cotorras sin agujas, los punzones de medio aire, el cardenal en un muslo simplemente demasiado joven soleado al frescor de una edad en que se brincan los caminos no queridos.
La señal mecánica del control de vida es atropellada por un autosport rojo y el aire se suspende, las paredes se tuercen, las vitrinas gritan su histeria...  Sólo es un momento.
La música reanuda luego el sedante transcurrir del humo
de la miseria ajena, viento distante
lluvia lavativa

sobre el capot de la culpa

Suena metálica su gota

(neolite bajo los pies)
La sombra era falaz ventana espejismo grávido donde cambiaba yo de forma y posición donde vivía duplicado volando siempre entre la hierba mansa de un delirio regimentado por manchas de humedad.  ¡ Qué delicia el frío del pálido azul, más allá, fuera de la sombra y su cuerpo triste reflejado!
Guardando la caída de copos de luz el reposo hacía una escala de mañanas eternas, amorfas, siempre neutras.
¿ Qúe flor invertida, qué escarcha de diamante empleó mi nevado doble en su estaca de la sed?
A la izquierda de una página en blanco quedan las huellas del suicida.
Atrás, en la deheza de la casa
están las evidencias.
Lo que no puedo tocar el viento allí se encuentra cerca del pozo ciego.
Vuelvo a los pájaros crecientes, entonces...
Todo color tenía su propio acto mi pluma se alimentaba en recipientes ígneos abejas desmesuradas surcaban el tonel de mi calle, mi jardín y las ruinas de una escalera construida jamás.

Seducido por las grandes ideas supe hundirme, subiendo siempre

mientras mis compañeros trepaban árboles que serían talados después.
(debajo renegadas escobas elevan su grito sobre las cenizas acumuladas)

  • Toda virgen tendrá su causa o no será-

Dicen que he muerto tomando café en un bar
mientras escribía palabras sin sentido
con el alma amordazada.
No estoy de acuerdo,
si todo bastón me haría feliz,
si con óptica telemétrica registraba accidentes en la almohada, verbos de carne y hueso, de vestido quitado.  Cuando los demás pescaban, recorría el hacer de las hormigas.  Los cazadores instigaban al inocente y yo apretaba mis manos regocijado en el dolor propio, hasta que esputé los umbrales todos.
Nunca comprendí cómo podía ver el portillo de mi hogar
estando tan lejos y tapado por aquellas moles palaciegas
color caramelo, negadoras de la luz
y ahora que estoy frente a él
no acierto a tocarlo, tomarlo, abrirlo.

De todas formas, yo lo sé, tenía allí una planta que creció hasta el cielo y se fue.
Era una planta enorme que no podía acariciar sin lastimarme:
hato de lilas que transitaba un subterráneo recubierto de sábanas heladas a través de la yema de los dedos absurdos.  Colgaba entonces mi mano en la terraza y era, nocturno una doble cascada de dolor.
Nadie me vio. Ese fue el único consuelo para mi vergüenza.
Ya no pude seguir subiendo hacia el cielo.

Otra imagen interior eran los estiletes color leche materna
hendiendo la carne de un pájaro muerto antes de nacer.

Silueta de árbol vencido, de hojas amplias y tronco escamado
mi hogar vivió el silencio que le di, bajo la máscara de ser sin ser
de no existir como él sin que él pudiera llegar a una existencia real.
Simplemente, una casa, cualquier lugar.

El atardecer dibujaba mariposas indescriptibles en sus paredes.
Una espiral de cabellos blancos aprisiona mis playas
ahora, el pie tullido, el fuego.
Tren de cristal vuelvo a las sombras recogiendo nidos
adormecido siempre en un cuarto improvisado
gimiendo, llorando, apagado de emoción

tiendo en las copas, nuevamente a la sombra.

Aquel sol del poniente arrojaba perlas sobre el patio del fondo
donde parecía vagar -a intermitencias de luz- el dulce fantasma
del hermano muerto.

Pensaba en frondas y colinas suaves, en cuevas vegetales,
en lunas que hundían sus manos en el estanque
entre flores acuáticas y estiércol. Luego conocí el mar.
Viento, roca, espuma detenida en el salto, arenas pulidas
y la inmensidad del monstruo mutante, conformaron nuevo marco
para la torpe construcción de mi destino.

Siempre fui pequeño cuando los demás morían.
Un color sutil me recibía en el ángulo del cuarto verde
tras la puerta de las penitencias. Era triste el silencio
(y el silencio coronó mi testa)
Las lágrimas no derramadas me interpretan.
El amor se llena de palabra:
yo soy silencio.

Arropado por un corazón frágil, dediqué mis días a coleccionar
nidales vecinos. Bajo mi cama hervían aquellas pequeñas piras
sin encender
y los pájaros muertos.
Así asomé a la adolescencia.

Criado en la evocación, todo dejé para más adelante. Cerca de casa
pasaba el tren hacia ninguna parte. Aprendí a sonreír sin mover
los labios; mis piernas endurecieron
en el sagrado ejercicio de caminar hacia nunca jamás destruyendo al paso

cada estatua, golpeando con mi cayado piedras secas, ventanas cerradas,
hasta que el báculo se rompió y tuve que seguir golpeando con el cuerpo.
Llegué al mar, lavé mi osamenta lacerada y después, sobriamente
me ahogué.
Alcoholizado resucité a la tercera hora para encontrarme vomitando bilis
sobre los altares, renegado y leproso.
No supe integrarme con persona alguna;
seguí caminando.
Tarde supe que fue en círculo.

Estrangulé a Dios
mal acompañante, peor guía.
("ningún hombre libre necesita a dios")

Hice rebotar en la noche el balón contra el muro
cubierto de grillos.
Quedaron atrás las láminas del libro de historia,
los anillos azules alrededor de Saturno, los soles de Van Gogh.
El cuarto circunstancial era un sarcófago. Mudo, grité.
Los cangrejos alados tendieron un telón de primaveras,
¡ah! la lozanía de trigos veredictos, la quieta armonía del sembrado

¡la raíz de un día caído en alta mar! (siempre más allá)
¡Ríos de madera bajaban hacia el ocaso
para encender ese océano maldito!

¿Se escapó una lágrima? era alegría
regado de vino y pinceles rojos.

Fui joven.
Exiliado en un plano de nieve alcé el fardo
pesado por mordeduras y costras de barro y sal.
Lozana la voz, de verso y agua fugitiva, mi mujer
fue un sueño. El tiempo, oración al dolor abstracto
del hombre ausente de manecillas y huertos trazados.
Sin ambición no hay ángel protector.
Hombre adentro, mundo adelante. El sendero elegido
colisionó prisa contra ilusiones transmitidas y sin embargo,
era libre en medio de una plaza cercada por roperos
y responsabilidades ajenas.
La inquietud estorba; bebí la angustia de los relojes
y del espejo.
Solitario ardiente, Dios volvió a crecer
pero en la llama de una estufa, no de un cirio.

El viento nace en un café cerrado.
Tentáculos ciudadanos van tejiendo la red.

Tu parterre es atrapado
por descuido -eres uno más-

Verás amanecer del otro lado, tus diálogos versarán sobre el clima
y comprarás el pan cada mañana saludando gente que no conoces,
llenando ceniceros, vaciando botellas, pintando sueños de pátina opaca.
Amnésico por conducta rodarás los días
creyendo siempre que es el mismo.

Una revolución volteó la hamaca
y sobre ella no había nadie tendido.
Temeroso, puse un espantapájaros en el jardín
que nunca cultivé, en el páramo.

Y era sur y era frío.

El hacha taló aspas de piedra.
Los meses excitados quitaban su ropa
frente al espejo de mi armario.
El mundo volvía a estallar repitiendo en celuloide
mi proceso constructivo.

Me enamoré de la palabra, pero le fui infiel.
Tan torpes son mis manos.
Golpeé nuevamente al vacío.
El fuego nace de maderas muertas.
Ríen los fantasmas: están borrando mis pies.
Me paraliza aún el portillo
de lo que era una casa con planta que creció
y fue al cielo.

Viejas certidumbres castigaron el tiempo
sobre moles de plástico y columnas de asfalto,
con punzones -estiletes de uña virgen o colmillos macerados-
Los herederos del empedrado echaron a volar estandartes
antisépticos, hijos deficientes, ruegos por la paz.
La sangre es una estrella en el pecho
una lágrima teñida
una costumbre.

La cicloide absorbió la respuesta
que se hunde jubilosa en el abismo de ser
triste pájaro sin alas.

Confuso te sientas a ver pasar el lodo
o el último fuego
siempre a tus pies
ya borrados, comidos por la tierra.

Estoy razonablemente creído de lo que es la existencia,
por lo tanto, no he llegado a la madurez.
Sé que me sobreviviré. Mi tesoro es el placer etéreo.
Cubrirán mis huesos las aguas del mar
y despertaré hecho adorno sobre el espacio oscuro de una pobre biblioteca
que guardará los intocados viejos poemas de Iorgos,
el mentiroso.

Aún no es hora de acostarme. Bach entra por la ventana.
Todavía visito de noche los graneros abandonados buscando brujas.

Atravesando las brumas de la última luz
una mujer avanza.
La imagen se detiene lejos, en la sombra recortada

sobre el horizonte del ocaso.

Yo soy el espantajo abandonado.

* “El rostro de la sombra” fue publicado en Revista "Talita",, número 6. La Plata, Buenos Aires, setiembre-noviembre de 1984. Directores: Guillermo Lombardía y Carlos Vallina.
** Estos textos forman parte de la selección de poemas de Fernández Gil incluidos en “Excéntricos. De Bustriazo a Zelarrayán”, edición e introducción de Cristian Aliaga, actualmente en prensa. 

 

 

 

 

Sobre este artículo

• Selección de Cristian Aliaga

 

Año 2010
2010 © Confines Arte y Cultura de la Patagonia| es una publicación de Editorial Revuelto Magallanes