Sobre el autor

___________________

 

Nació el 9 de septiembre de 1927, y a los 14 días de vida fue llevado al Paraje Estancia Caimán, Tercera Sección, del Departamento de Concepción en la Provincia de Corrientes, Argentina. Hasta los 15 años de edad vivió entre esteros, lagunas, palmeras salvajes y los gauchos más arcaicos que aun quedan en la Cuenca del Plata. En este escenario pasó su infancia marcado por el idioma guaraní que nunca dejó de hablar ni bien llegado a su tierra. Viajó a Buenos Aires para completar sus estudios y residió allí, alternando con largas temporadas en el campo, sin perder nunca el contacto con Corrientes. Era hijo de Francisco Aurelio Madariaga, graduado en Medicina Veterinaria en la Universidad de La Plata, nacido en el pueblo correntino de Concepción y de Margarita Pallette, maestra, porteña del barrio de Floresta.
En 1947 conoció al narrador Gerardo Pisarello, a quien visita por primera vez en su casa de Saladas, Corrientes, que marcará el inicio de una profunda amistad. En Buenos Aires en 1951, se vinculó con los surrealistas poetas, pintores, escultores, cineastas y músicos que se nuclearon para publicar la revista “Letra y Línea”, cuyo primer número apareció en 1954 bajo la dirección de Aldo Pellegrini. Esta experiencia constituye una apertura hacia una búsqueda personal de intenso lirismo, que implicó un regreso al mítico cosmos de su infancia, “centro de su universalidad”.
En 1954 conoció a Oliverio Girondo, y en su casa de la calle Suipacha, donde vivió con Nora Lange, compartirá magnificas veladas, entre otros, con Miguel Angel Asturias, Lisandro Galtier, Edgar Bayley, Olga Orozco, Juan Antonio Vasco, José María Gutierrez, Ramón Gomez de La Serna, Xul Solar, Enrique Molina, Marcel Marceau, María Meleck Vivanco, Carlos Latorre, Juan Filloy, Romulo Macchió, Rodolfo Alonso, Aldo Pellegrini, Alfredo Martinez Howard, Eduardo Calamaro.
Desde 1954, año en que apareció su primer libro de poesía “El pequeño patíbulo”, se suceden 18 obras, entre las cuales se destacan: “Las jaulas del sol” (1959), “El delito natal” (1963), “Los terrores de la suerte” (1967), “El asaltante veraniego” (1968), “Tembladerales de oro” (1973), “Llegada de un jaguar a la tranquera” (1980), “Resplandor de mis bárbaras” (1985), “El tren casi fluvial” (segunda obra reunida 1988), “País garza real” (1997), “Aroma de apariciones” (1998), “Criollo del universo” (1998), “Solo contra dios no hay veneno” (1998).
Sus poemas han sido publicados en importantes Antologías de Latinoamérica y Europa y traducidos al inglés, francés, alemán, sueco, portugués e italiano. Entre ellas “Poesía Argentina” Instituto Torcuato Di Tella (1963), “Antología viva de la poesía latinoamericana” España (1966), “Contemporany Poetry Argentine and Antology” (bilingüe 1969), “Poeti Ispanoamericani Contemporanei” (Italia 1970), “Moderne Argentiniche lyric” (Alemania 1975), “Poesía Nueva Latinoamericana” (Perú 1981), “Antología de la Poesía Hispanoamericana” (México 1985), “La Nueva Poesía Argentina Contemporánea” (español-italiano 1988).
Colaboró desde joven en prestigiosas revistas y diarios de su país y del exterior (como Clarín y La Nación, de Buenos Aires, y diarios del interior), en revistas del exterior (como Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, Eco, Bogotá, Zona Franca, Caracas, Periódico de Poesía de la Universidad Nacional Autónoma de México), en los diarios El Universal y El Nacional de Caracas, El Espectador de Bogotá, Presencia de Bolivia, etc.).
Ha obtenido premios importantes a partir de 1963, entre ellos se destaca el Premio Nacional de Poesía en el 2005, por la obra correspondiente al período 1997-1999, entre otros. Ha escrito obras en prosa y concurrido como invitado a Congresos y Reuniones Literarias Internacionales y de su país.
Tuvo dos hijos de su primer matrimonio con Amalia Cernadas, Gaspar Hernán y Florencia Natalia; de su segundo matrimonio con Elida Manselli a Lucio Leonardo. Falleció, después de una enfermedad de dos años, en la ciudad de Buenos Aires el 24 de septiembre de 2000.

-Fuente externa

 

 

 

Región-Poesía-Infinitud

Francisco Madariaga

Provengo de un parte de campaña muy arcaica de Corrientes, con topografías y paisajes que la fisiografía califica como “ANACRÓNICOS”, sobrevivientes del antiquísimo MAR ENTRERRIANENSE. Allí, entre lagunas con arenas de color de oro-anaranjado y aguas muy dulces, enormes esteros milenarios y palmares salvajes, y los gauchos que, yo creo, son los más arcaicos que aún quedan en la Cuenca del Plata, viví desde los 23 días de vida hasta mi pre-adolescencia; después en Buenos Aires, pero con frecuentes viajes y estadías en la región de mi infancia, ese País bilingüe (hablan el español y el guaraní, que yo desde que comencé a hablar lo hablé).
Mi adolescencia en Buenos Ares me permitió –desde los 16 años-  conocer, desde el colegio Nacional aún, a poetas como Alfredo Martínez Howard, Carlos Latorre, Enrique Molina, Aldo Pellegini, Julio Llinás, Oliverio Girondo, Alfonso Sola González, Hugo Gola, Edgar Bayley, Olga Orozco, Juan Antonio Vasco, Rodolfo Alonso, María Meleck Vianco, Telo Castiñeira de Dios.
Mis primeras lecturas fueron los clásicos españoles, los españoles de la generación del 27; Rilke, Milosz, Saint Jhon Perse, Rimbaud, Baudelaire, Homero, Darío, hasta conocer, a los 27 años de edad, mediante Aldo Pellegrini, Enrique Molina, Carlos Latorre y Julio Llinás, documentos y poemas surrealistas, muy bien traducidos.
Desde entonces, aunque sin ninguna ortodoxia, más bien como un aliado, admiré al surrealismo, que tanto creció en Africa y en América Latina; y del que destaco, a más de algunos excelentes poetas que tuvo, una grande y lúcida actitud ética de Defensa de la Poesía, frente a todas las formas de poderes totalitarios, que quisieran tener la poesía a su servicio. El surrealismo se plantó lucidamente frente a ellos, y tuvo razón.
En cuanto a mi poesía, no quiero ser juez y parte, sólo diré que la considero como una tentativa de “anotaciones”, escritas a veces en viejos hoteles, vapores, trenes, tranvías, balsas, canoas o montado – y viajando – a caballo.
Creo que el poeta está siempre del lado de los inocentes y de los desamparados, sin sociologismos o falsas lamentaciones “sociales”, compromisos por decreto o por estrategias de ninguna índole. Toda la historia del Arte así lo comprueba. Baudelaire decía: “ La Poesía es la negación de la iniquidad”, y está casi todo dicho en esto.
No creo en el concepto o calificación de “poeta nacional”  porque deviene de una idea de Estado, de Administración y el Estado nunca fue dador de poesía. Creo sí en la relación de Región – Poesía – Infinitud.
Y para finalizar quiero recordar lo que alguna vez dijo la gran poeta rusa – nunca bien tratada por el Estado y el Poder – Marina Tsvetaieva: “No escriban contra nosotros porque ustedes son la fuerza. He aquí el único encargo legítimo de cualquier gobierno al poeta.”

 

• De una conferencia pronunciada en General Roca (Río Negro) en 1997.

 

 

 

MADARIAGA, EL LEGADO SALVAJE / Por Cristian Aliaga ____________________________________

 

Francisco Madariaga es uno de los más grandes poetas argentinos contemporáneos. La trascendencia de su obra lo ubicó entre las voces más originales de América.
Su muerte, ocurrida sobre el fin del siglo, deja a la Argentina sin uno de sus creadores más relevantes, autor de libros fundamentales y dotado de una ética sin fisuras.
Durante casi 50 años -desde la publicación de El pequeño patíbulo, en 1954, hasta sus recientes País Garza Real y Criollo del universo- Madariaga construyó una obra monumental, marcada por la rebeldía, la imaginación resplandeciente y el poder encantatorio. La mirada ácida sobre todas las formas del poder y la iniquidad de la explotación del hombre, su desprecio por los perritos de ceniza del arte y su sabiduría salvaje estuvieron siempre dotadas de un lenguaje precioso, de verdad lacerante y magnífico.
Madariaga no perdió jamás su mirada salvaje: la erudición y las lecturas no hicieron más que ahondar aquel golpe de pasión surgido de su arcaico territorio de Corrientes y de su vínculo con el espíritu más insumiso del surrealismo.
Madariaga, además, reunió como muy pocos la visibilidad de una obra deslumbrante y la imagen personal del poeta viril, solidario, dispuesto siempre a las mayores aventuras y desprendimientos.  
Su generosidad, su búsqueda interminable de infinitud y su afán de aventuras lo llevaron a recorrer lugares de toda América, más cerca de bares y tugurios que de los salones. Prefirió hasta el final su insustituible Mar Entrerriense y el océano del este uruguayo, pero vivió iniciando viajes al interior profundo de los países, desde los llanos venezolanos hasta las costas del Pacífico peruano y el vacío rodeado del Atlántico en la Patagonia, a la que volvió reiteradas veces en sus últimos años.
El legado de Madariaga es inmenso. Su defensa de la poesía, su militancia feroz contra toda impostura, su parquedad desafiante ante los poderosos, su generosidad absoluta para los hombres del pueblo, como aquel que le susurrara al oído “doctorcito, sólo contra dios no hay veneno”, su figura legendaria y nunca anquilosada por aires de academia. Su obra, extraordinaria, que se yergue soberbia aún en este tiempo de asesinos. “El artista (Madariaga) pertenece a un fondo común de la humanidad”. Un maestro entró en la infinitud, rodeado de caballos salvajes –la verdadera realeza de esta tierra- y sollozos de inmortalidad. Criollo del universo, argentino-universal, tres veces poeta de las hadas, las profundidades celestes y todo aquello que el paisaje descubre con sangre.

 

 

 

Sobre este artículo

• Por Francisco Madariaga

 

Año 2010
2010 © Confines Arte y Cultura de la Patagonia| es una publicación de Editorial Revuelto Magallanes