Aportes para un debate de la historia regional y un análisis crítico de antiguos conceptos ligados al desarraigo. La “sociedad enferma”, el sino del petróleo y las dificultades para construir proyectos de desarrollo colectivo. ¿Es posible una ciudad “del conocimiento” sin una élite política de impronta local?

Una ciudad de zonas grises y versiones mitificadas

“No existe una forma única de ser comodorense”

La ciudad de Comodoro Rivadavia, ya centenaria en el centro del Golfo San Jorge, vive una etapa de expansión económica cargada de contradicciones y debilidades. Detrás del bienestar aparente y selectivo, que llega a algunos sectores de la población pero que torna dificultosa la vida cotidiana de muchos otros, emergen periódicamente problemas estructurales ligados con los obstáculos por constituir una sociedad integrada, inclusiva y con posibilidades ciertas de gobernar su propio destino. Tal situación que parece inédita por su magnitud y alcances, no resulta completamente nueva a los ojos de quienes realizan un ejercicio de memoria y se proyectan sobre un pasado que aún vive en las marcas indelebles que ha dejado sobre nuestro presente.

por Daniel Cabral Marquez

Para pensar la ciudad y sus posibilidades de desarrollo integral y acercarnos en algún punto a los esquemas que propugnan un “territorio inteligente” y una “ciudad del conocimiento” debemos acudir necesariamente a los hitos de esa historia compleja y conflictiva. Sin embargo este ejercicio reflexivo no puede quedar circunscrito a evocaciones lavadas y a registros de anecdotario sino que debe avanzar en la identificación de problemas sustantivos de la realidad social, económica, política y cultural de la ciudad cuyas particularidades estén asociadas con el legado de un pasado que, en una u otra forma, sigue operando sobre la actualidad.    

 

1901 y 1907   

La existencia original del “pueblo” de Comodoro Rivadavia, fundado oficialmente el 23 de febrero de 1901 pero que ya registraba pequeñas localizaciones comerciales en los meses anteriores a esa fecha, estuvo ligada a la explotación ganadera, la exportación de los entonces denominados “frutos del país” y a la importación de los enseres básicos que dicha actividad demandaba. Probablemente, de continuar así, Comodoro Rivadavia hubiera sido un pueblo portuario ligado al comercio de la lana y atado a sus históricas fluctuaciones en materia de precios internacionales y de calidades requeridas.
Sin embargo, a partir del descubrimiento del petróleo, el 13 de diciembre de 1907, la vida social y económica de toda el área cobraría un nuevo impulso. Desde entonces, el área de la explotación petrolera se localizó en lo que posteriormente se denominó la “Zona Norte de la ciudad”, definiendo con esta expresión a un conjunto de localizaciones (casi pequeños pueblos o ciudades) erigidas y administradas por la empresa petrolera estatal, conocida desde 1910 como Explotación Nacional de Petróleo de Comodoro Rivadavia y desde 1922 como Yacimientos Petrolíferos Fiscales.
En el ámbito de lo que actualmente es el ejido municipal de la ciudad de Comodoro Rivadavia el área bajo el control de YPF se constituyó rápidamente en la más dinámica, tanto desde el punto de vista de los niveles de producción, como en referencia a la atención que hacia fines de los años 20 se brindaba a quienes se encontraban asentados en ella. La empresa estatal y su población llegaron a contar con una infraestructura y con servicios propios de toda índole, constituyendo una pequeña ciudad en sí misma, que se diferenciaba de las precariedades que vivía por entonces el propio pueblo, y que sólo se reunía algunos puntos de comparación con los establecimientos de las compañías petroleras privadas diseminadas en la zona norte.

 

El sino del petróleo

En efecto, la expansión de la explotación petrolera derivó en la llegada al territorio de inversiones privadas que modelaron la existencia de localizaciones urbanas específicas. Tal es caso de Astra Compañía Argentina de Petróleo que inició sus operaciones en la región en 1916 y construyó un núcleo residencial para sus operarios a 20 kilómetros del casco céntrico del “Pueblo de Comodoro Rivadavia”; de la Compañía Ferrocarrilera del Petróleo (COMFERPET), representante de inversiones británicas que llegaron a la actividad en 1920 con la creación de un campamento a 8 kilómetros del pueblo y de la Royal Dutch Shell, que inició tareas de exploración en 1916 y en 1922 localizó un campamento a 27 kilómetros del centro de la ciudad dando origen a la compañía Diadema Argentina. Con el paso del tiempo la actividad petrolera se convirtió en un fuerte atractivo para la llegada de nueva población al área y los campamentos petroleros se fueron diferenciando en sus pautas de organización social y disposición de infraestructura respecto del casco del “pueblo de Comodoro Rivadavia”, cuya economía y dinámica social no estaban asociados directamente a la explotación petrolera y que poseía sus propios órganos de conducción política. Un proceso de similares características se desplegó en referencia al asentamiento de los talleres y de las viviendas de los trabajadores del ferrocarril estatal Comodoro Rivadavia-Sarmiento en operación desde 1912 cuya localización se situaba 5 km. del “Pueblo de Comodoro Rivadavia”.
Desde el punto de vista sociocultural tanto el pueblo de Comodoro Rivadavia, como los establecimientos de las compañías petroleras privadas, de la empresa estatal YPF y del ferrocarril estuvieron signados desde sus primeros años por la presencia de muy diversos contingentes de inmigrantes extranjeros, con un peso significativo de flujos de población procedentes de países europeos. Españoles, italianos, portugueses, búlgaros, rusos, polacos fueron, entre muchos otros actores centrales del poblamiento del área y del desarrollo de sus actividades productivas. Poco más tarde a estos grupos iniciales se sumaron catamarqueños, riojanos y otros provincianos llegados, en una primera etapa, en el marco de las políticas de reclutamiento de personal nacido en el país y con muy baja formación político-sindical desplegadas por YPF desde la década de 1920. Los inmigrantes limítrofes, fundamentalmente procedentes de diversas áreas de Chile, si bien fueron un grupo de presencia permanente en toda el área, acrecentaron su ingreso a la costa del Golfo San Jorge desde los años 40  y 50 en el contexto de las necesidades de mano de obra que requería el proceso de crecimiento urbano impulsado por la Gobernación Militar de Comodoro Rivadavia entre 1944 y 1955. Este proceso se extendió durante los últimos años a otros grupos procedentes de países limítrofes más alejados de la Patagonia, tales como Bolivia y Paraguay en el marco de la oferta de trabajo que ha generado el ciclo expansivo de la actividad petrolera sobre toda la Cuenca hidrocarburífera desde principios del siglo XXI y de su impacto sobre la casi totalidad de las actividades económicas.         

 

De campamentos a ciudad tardía

En síntesis, lo que hoy conocemos como ciudad de Comodoro Rivadavia –con uno de los ejidos municipales más extensos del país– constituyó durante casi setenta años un conjunto de asentamientos dispersos ligados a diferentes mecanismos de autoridad y a distintas normativas de regulación del orden social. Sería sólo a partir de los primeros años de la década de 1970 que el Municipio de Comodoro Rivadavia iría absorbiendo dentro de su jurisdicción a los barrios y campamentos de la “zona norte” proceso que se completaría recién sobre los inicios de los años 80. Esta “municipalización tardía” de toda una enorme franja territorial situada hacia el norte del Cerro Chenque ha tenido, y aún tiene, consecuencias sociales evidentes en las dificultades que posee el gobierno comunal para generar políticas de articulación de la ciudad e incluir a las viejas localizaciones petroleras de modo efectivo en un proyecto de desarrollo colectivo que respete cada una de sus idiosincracias.
Desde otra perspectiva, en cada una de esas localizaciones históricas que dieron origen a la ciudad la existencia de múltiples grupos socioculturales fue imprimiendo un carácter fuertemente multicultural a cada una de eses comunidades imprimiendo una riqueza, no exenta de tensiones y de fuertes barreras de prejuicio y discriminación, a toda la región. Por ende, no es posible proyectarnos hacia el pasado pensando que la ciudad estuvo siempre vinculada a un formato unitario desde lo institucional, ni que existe una forma homogénea o única de “ser comodorense”. Justamente lo que caracteriza históricamente a lo que hoy definimos como Comodoro Rivadavia es su diversidad (de valores socio-culturales, de tradiciones político-institucionales, de identificación con sectores de la ciudad y no con el todo) y cualquier intento de “sintetizar lo múltiple” resultaría un esfuerzo vano y establecido en el desconocimiento de la propia historia.            

 

El “desarraigo” y la “sociedad enferma”  

En el plano de las representaciones sociales la propia dinámica que la explotación petrolera fue propiciando sobre las diversas comunidades que hoy integran Comodoro Rivadavia la emergencia de un imaginario colectivo construido sobre la visión omnipresente del “desarraigo” de la población. Esta noción se constituyó durante la segunda mitad del siglo XX en una de las constantes de más larga duración en la percepción de los actores respecto del campo cultural de la región petrolera de la Cuenca del Golfo San Jorge. La apelación al “desarraigo” caracterizado como un síntoma de “enfermedad social” fue una de las imágenes más extendidas en los discursos culturales de importantes sectores de la población de las ciudades petroleras durante muchos años, al punto de plasmarse sucesivamente en libros y publicaciones (1) y constituir tema de tratamiento recurrente en programas de radio, televisión o en notas gráficas promovidas por los diarios de circulación local.
La perspectiva del desarraigo sostenía que gran parte de los problemas y dificultades que tenían las comunidades petroleras de la región para diseñar su propio futuro estaban asociadas a la falta de identificación y pertenencia de los habitantes con su propio lugar. Esta negación a construir lazos de vinculación con el lugar se asociaba a la supuesta expectativa de los habitantes -llegados desde fuera de la región- por residir sólo temporariamente en las localidades petroleras a los efectos de acumular el capital necesario que permitiera -en poco tiempo- al sujeto y a su grupo de referencia el retorno a sus lugares de origen con el futuro asegurado.
La fuerte impronta migratoria de todas estas comunidades fue asumida como explicación central en la fundamentación del desarraigo, al sostener –entre otras cosas- que la multiplicidad de orígenes de la población y su deseo de retorno no contribuían a la formalización de fuertes tradiciones o identidades ancladas al territorio.
Gran parte de estas nociones solían sintetizarse en la simbólica expresión de que todos los habitantes “tenían sus valijas hechas detrás de la puerta”. Estas imágenes se consolidaron a lo largo de los años convirtiéndose definidamente en un lugar común para dar cuenta de la  realidad sociocultural de las localidades petroleras. En gran medida la preeminencia de esta visión “mitificada” en el imaginario colectivo impedía observar los procesos reales que se estaban operando –casi al mismo tiempo- en torno a la dinámica social del territorio y que ofrecían indicios claros de manifestaciones que se situaban por fuera de este rígido marco interpretativo.
En muchos casos, esta percepción sobre el desarraigo estaba ligada a la idea de que la llegada masiva de población desde puntos externos a la propia región, en una suerte de aluvión social, había borrado o desdibujado los débiles rasgos distintivos del territorio. En efecto, las décadas de 1950 y 1960, se constituyeron históricamente en un período de muy importante afluencia a la región de contingentes humanos procedentes desde el área metropolitana, desde los grandes centros urbanos del país, desde diversas localidades o comarcas rurales del norte argentino y desde las regiones australes del vecino país de Chile. Como había sido en etapas anteriores respecto de la inmigración transoceánica, en este período, gran parte de la nueva población llegó atraída por las posibilidades laborales y las oportunidades de crecimiento económico que suponían la radicación de compañías petroleras de capitales privados y la expansión de las actividades de exploración y explotación desarrollada por Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Al mismo tiempo actuaron como polos de atracción la política de promoción industrial y los regímenes de exención impositiva para el desarrollo de actividades comerciales y productivas que impulsaba -por entonces- para la región desde el gobierno nacional.

 

La población flotante

En esos trabajos se distinguía para esta etapa la existencia de un constante movimiento de “población flotante” que circuló temporariamente por la región de acuerdo a las fluctuaciones que imponían las coyunturas de la política económica y que -en efecto- demostraban una escasa o nula identificación con el territorio en términos de su afincamiento definitivo.(2)
En la mayor parte de estos planteos se sostenía que la fuerte atracción de mano de obra inducida por los ciclos de expansión de ciertas actividades económicas, y en especial por la explotación petrolera, constituía la causa central para explicar aquella sensación colectiva de escasa identificación con el lugar de asentamiento.
Esta situación coyuntural –sostenida por los procesos de los años ‘50 y ’60– fue asumida como inherente a la constitución de la estructura social de las comunidades petroleras durante toda su historia y proyectada hacia el pasado como explicación medular de los procesos socioculturales de la región. De hecho, muchos de estos trabajos postulaban que la impronta de los campamentos petroleros había definido una sociabilidad en la que primaba la lógica de la transitoriedad. Algunos de estos estudios expresaban que en los campamentos petroleros se había desarrollado un modo de vida colectivo que impedía la plena identificación del individuo con su entorno social y cultural, al otorgársele los elementos básicos para la subsistencia (vivienda, servicios urbanos, atención sanitaria, etc.) pero a cambio de la pérdida de la autonomía política, y de la imposibilidad de orientar sus inversiones hacia la adquisición de bienes raíces.
Esta tendencia de la población petrolera a la no adquisición de la vivienda en calidad de propietarios –dadas las restricciones que imponía cada una de las empresas en sus  propios campamentos- era consagrada como el indicador por excelencia para la explicación del desarraigo. Esta imagen -junto a otras referencias- se convirtió en la figura más recurrente para interpretar el carácter provisorio de las comunidades mineras y su vulnerabilidad en términos de la fuerte dependencia de las decisiones externas al propio individuo. Entre otras cosas, estos análisis aseguraban que la imposibilidad de tomar definiciones sobre su propio destino había hecho que los trabajadores petroleros y las localidades con fuerte impronta petrolera se constituyeran en “sociedades enfermas”. Esta enfermedad se expresaba, en la imposibilidad frustrante de ruptura con el status quo y en la excesiva dependencia de las definiciones que sobre dichas comunidades se ejercían desde afuera (desde los niveles directivos de la empresa estatal o de las empresas petroleras privadas localizados fuera de la región, desde el Gobierno Nacional, desde los organismos públicos del Estado Central, etc.).
En esta argumentación se reconocía que los campamentos petroleros habían adquirido vida propia, escindidos de otras localizaciones urbanas y al amparo de las regulaciones que establecían cada una de las administraciones de las empresas que habían dado origen a los asentamientos. Pero se sostenía que en ellos había desarrollado un patrón de relaciones sociales que no encajaba en los modelos preestablecidos de comportamiento social característicos de los núcleos urbanos y que -por tanto- eran asumidos desde la literatura casi como si se tratara de “conductas desviadas”.

 

Integración y Yacimiento

Sin embargo, desde fines de la década de los ’80 distintos trabajos de investigación desarrollados desde el Departamento de Historia de la Universidad Nacional de la Patagonia avanzaron en un conocimiento más certero de las dinámicas sociales que se operaron en los campamentos y barrios petroleros de la zona norte de la ciudad de Comodoro Rivadavia. Con el avance de estas investigaciones comenzó a hacerse ostensible que las características generales que asumieron las políticas socio-laborales al interior de la empresa estatal YPF -y las empresas petroleras privadas- a lo largo de la mayor parte de su historia habían favorecido la construcción de un claro espacio de legitimidad sobre los trabajadores al instalar en la población la idea de que todos y cada uno estaba contenido dentro de la estructura del Yacimiento. Estos trabajos demostraron que en torno a las empresas petroleras se edificó una conciencia de integración social que llevó a la generación de toda una identidad de pertenencia entre la población trabajadora, fortaleciendo un marco de referencia común que, en última instancia, aseguraba un espacio de consenso y estabilidad para la continuidad y el desarrollo de un modelo de acumulación.
El trabajo sistemático en torno a pequeñas comunidades de los campamentos petroleros permitió sacar a relucir factores poco observados por los análisis generalizadores. La inserción en las propias comunidades dio la pauta de cómo en los distintos barrios y campamentos existían una serie de valores y normas, que diferenciaban a sus integrantes de los que residían en “el Pueblo”, como solía denominarse en el pasado al casco central de la ciudad de Comodoro Rivadavia. En estos ámbitos la estructura institucional y el universo  familiar confluían para asegurar la continuidad de lazos de parentesco dentro de los yacimientos propiciando fuertes nexos de vinculación que hacían muy difícil la diferenciación rígida entre lo público y lo privado. Esta organización de la vida familiar en torno a los valores de la empresa y el propio mundo de las relaciones vecinales, iba creando en los individuos jóvenes la conciencia de pertenecer a esta comunidad. Pero esto aún se reforzaba mucho más desde la escuela. Las escuelas del yacimiento, generadas –para el caso de YPF- con recursos de la propia compañía, favorecían la identificación de la población joven con la empresa casi como si se tratara de la figura femenina de una segunda madre.
Muchas veces, esta concepción que suponía una baja conflictividad en las relaciones laborales se expresaba desde el discurso de la población bajo el gráfico apelativo de la “gran familia”. Dentro del sistema de relaciones que esta noción suponía, el individuo aparecía como contenido por fuertes redes de sociabilidad que tendían a relativizar en cierta forma las franjas de ruptura entre los diferentes grupos y jerarquías laborales, fortaleciendo los lazos de pertenencia.

 

Privatización y nueva crisis

El viejo “mito del desarraigo” volvió a hacerse presente en el universo cultural de la región a partir de la reestructuración de la empresa estatal YPF y su posterior privatización en la década de los 90. En efecto, la consecuente emergencia de fuertes índices de desempleo y recesión económica asociadas a este proceso de transformación fueron los signos más evidentes del profundo cambio que cruzó la vida cotidiana de la ciudad y que alteró significativamente las posibilidades de reproducción económica de la ciudad. Las sensaciones colectivas de vulnerabilidad instalaron la certeza de la imposibilidad de gobernar el propio destino y se proyectaron hacia un imaginario que no veía un futuro auspicioso para la comunidad y que se simbolizaba en la noción de una “ciudad fantasma”, dirigida inevitablemente hacia un punto sin retorno.
Sin embargo, el impacto traumático de estas modificaciones junto a la sensación de fragilidad a la que se exponía la ciudad con el brusco descenso del precio del barril de petróleo crudo en el mercado internacional (1998-1999), propiciaron un profundo replanteo del problema identitario de la región, en vinculación directa con el problema del arraigo o desarraigo de la población. En efecto, la fuerte alteración del modo de vida dominante en las localidades petroleras de la Cuenca del Golfo San Jorge, con la emergencia de nuevos problemas, sacudió los estilos preestablecidos de imaginar el escenario cultural, y comenzó a hacer ostensible la noción del compromiso efectivo de los habitantes con el propio lugar. Fue  precisamente en este marco de situación, quizás como reacción ante el desmoronamiento de un orden al que se creía inmutable y que había demostrado su vigencia a través de décadas, en que se potenciaron ciertos procesos de identificación del individuo y de su grupo social con el propio entorno cultural y con las tradiciones significativas ligadas al origen histórico. Algunas de estas tradiciones se formalizaron en un nuevo calendario festivo está representado -entre otros- por eventos tales como la “Feria de las Colectividades Extranjeras” o la “Expo-Feria de las Provincias”, que vienen desarrollándose ininterrumpidamente desde 1989.
Actualmente, situados dentro de un nuevo ciclo expansivo de la economía regional ligada a la actividad petrolera probablemente reaparezcan los viejos estereotipos acostumbrados a depositar en los recién llegados la responsabilidad por el no compromiso con el territorio y sus problemas y a definir en torno a ellos una nueva versión del “mito del desarraigo”. Empero, no podemos perder de vista que estamos frente a una sociedad que ha sedimentado más de 100 años de historia, que ha consolidado claras particularidades culturales y que ha generado definidas vinculaciones identitarias en torno a las diversas comunidades que nutrieron la trayectoria de vida de la ciudad y del que da cuenta un vigoroso tejido institucional y asociativo (Asociaciones étnicas y de Socorros Mutuos, Centros de Residentes, Centros de Jubilados, Asociaciones Vecinales, Clubes Sociales y Deportivos, entre otros).         

 

Dirigentes que no dirigen

Una de las características más notorias de la ciudad de Comodoro Rivadavia, y que aún hoy aparece recurrentemente actualizada a través de algunas voces críticas en distintos medios de comunicación, está vinculada a la supuesta inexistencia o debilidad de una dirigencia política local con capacidad para llevar adelante con autonomía decisional los destinos de la urbe. Algunos indicios de esta situación suelen aparecer en el discurso cotidiano de los habitantes de la ciudad en aspectos tales como la falta de fortaleza local para enfrentar la definiciones que desde el ámbito provincial o nacional tienden a “no considerar convenientemente” a las necesidades de la ciudad pese a su histórico aporte en materia de recursos derivados de la explotación petrolera.
Pero esta visión sobre la dirigencia local no es nueva ni privativa del presente que nos toca vivir. Ya en la década de los sesenta algunas interpretaciones históricas y sociológicas que tuvieron por objeto el análisis de los cambios operados sobre la vida social y económica de la región para ese período, señalaron la existencia en la ciudad de una “elite invisible de carácter extra-local” representada por los titulares de grandes Sociedades Anónimas ganaderas, por los integrantes de los Directorios de las empresas petroleras y por los empresarios de las compañías de comercialización de mayor relevancia que actuaban en la ciudad.(3)
Esta élite, que no estaba ubicada dentro del territorio pero que influía decididamente con sus decisiones sobre su destino cotidiano, estaba secundada por una “elite visible pasajera” que devenía su poder de la representación que ejercía de la anterior dentro de la ciudad. Integraban este grupo los funcionarios o administradores de las compañías petroleras (tanto la estatal como las privadas), los gerentes de las grandes casas comerciales y las altas jerarquías militares y eclesiásticas, entre otros. Este estrato, de reducida permanencia en la ciudad en función de su carácter móvil era el de mayor prestigio local no por sí mismo sino por la adscripción institucional que simbolizaba ante la comunidad.
Recién en un tercer nivel aparecía una suerte de “elite local permanente” representada por los comerciantes y empresarios locales y los profesionales con trayectoria en la vida de la sociedad. Dentro de este grupo se situaban, en gran medida, quienes habían formado parte de las agrupaciones políticas del Pueblo de Comodoro Rivadavia, habían ocupado puestos de conducción en el Consejo Municipal de la localidad desde su constitución en 1911 y habían dado vida al tejido institucional del lugar a través de la dirección de las Asociaciones étnicas, las Cooperativas de producción y consumo, los Clubes sociales y otras entidades de bien público. Este grupo, que aparecía como quien debiera ser el natural depositario del poder local para ejercer el gobierno de la ciudad estuvo a lo largo de la mayor parte de la historia local subordinado, por elección o imposición, a las definiciones que desde fuera de la propia región ejercían los dos anteriores. De hecho, la presencia vecina de la todopoderosa Administración de YPF y las sucesivas intervenciones que la empresa estatal propició sobre la vida comunal del Pueblo de Comodoro Rivadavia durante la década de 1920 y la existencia de una Gobernación Militar que establecía políticas para el área en función de intereses estratégicos nacionales pero que no compartía la toma de tales decisiones con los actores locales fueron algunas de las situaciones estructurales que contribuyeron a desdibujar el rol protagónico de dicha elite en el escenario regional. A estos condicionamientos se sumaba también la imposibilidad manifiesta de elegir autoridades para el ámbito del Chubut hasta 1958 por estar comprendida toda la Patagonia dentro del esquema jurídico de los Territorios Nacionales.

 

Gestión limitada

En estas condiciones las elites locales sólo tuvieron la posibilidad de gestionar una parte de la institucionalidad del territorio dentro del ámbito de las entidades que ellas mismas habían creado (Sociedad Rural, Club Social, Cámara de Comercio, Asociaciones étnicas, SCPL, etc.) pero no pudieron desempeñar un papel significativo en el juego político de mayor dimensión asociado con la conducción de la ciudad y con su proyección a las esferas territoriales-provinciales y nacionales. La provincialización de los Territorios Nacionales en 1955 y la creación del formato jurídico-institucional de la Provincia del Chubut en 1957 pusieron en evidencia la debilidad de la elite política local por consolidar posiciones de poder dentro del nuevo contexto al no poder definir, aún contando con el acompañamiento de otros sectores sociales (CGT y prensa  local), el establecimiento de un territorio provincial con límites que otorgaran relevancia al espacio subregional de la Patagonia Central ni el reconocimiento de la centralidad que poseía la ciudad de Comodoro Rivadavia en todo el ámbito regional y por lo que se la postulaba como capital de la provincia en gestación.          
Desde entonces ha sido recurrente la dificultad por sostener esquemas de desarrollo local a través de un fuerte posicionamiento político en el escenario del poder provincial (Rawson y las localidades del Valle Inferior del Río Chubut) situación que desde fines de los años 50 se ha expresado en múltiples datos reflejados en distintos momentos por diversos sectores de la opinión pública de la ciudad. Esta realidad puede observarse sólo realizando un rápido seguimiento en los diarios locales publicados en los últimos 40 años en aspectos tales como la falta de aportes nacionales y provinciales para la generación de un polo industrial de relevancia en la ciudad frente a su localización en Trelew y Puerto Madryn (décadas de los 60 y 70); la postergación indefinida de las obras del Puerto local y la generación de un Puerto de Aguas Profundas en Puerto Madryn (décadas de los 60, 70 y 80); la demora sistemática en la provisión de energía eléctrica a Comodoro Rivadavia desde las obras de infraestructura hidroeléctrica generadas en el Valle del Chubut; entre otras (décadas de los 60, 70 y 80); la dilación en la generación de inversiones básicas para el sostenimiento de los servicios básicos como el Nuevo Acueducto desde Lago Musters (década de los 80 y 90), etc.      
Sin embargo, no debemos caer en la simplificación de tomar el dato de la debilidad de las élites locales como un símbolo ilustrativo del no compromiso, del desarraigo o de la debilidad de las tradiciones institucionales locales tal como fue moneda corriente en ciertos sectores intelectuales y formadores de opinión de los años 60 y 70. De hecho, tal situación sólo pone en evidencia la complejidad de nuestra historia local ligada de modo directo a fuertes intereses extra-locales y supra-regionales que se han configurado y reconfigurado a lo largo de casi un siglo de trayectoria en el área y que han dejado, y aún dejan su impronta, en la prescindencia de los niveles decisorios que han representado o representan los destinos de la ciudad.

 

La democracia, una oportunidad

La ciudad de Comodoro Rivadavia, joven en su constitución como espacio institucional integrado, –hace poco se destacó la instalación de un cartel indicador que marca el inicio del ejido municipal sobre el límite norte como un reconocimiento a la inclusión de los vecinos de Astra– posee características socio-históricas que la tornan compleja por definición pero no por eso reductible a interpretaciones superficiales o estereotipadas.
Estamos ante un espacio social modelado por la diversidad y la multiculturalidad de su tejido comunitario, por la existencia de distintas formas identitarias que se vinculan con la existencia previa de pequeñas ciudades (o campamentos en términos de los propios actores) orientadas por distintas entidades (empresas petroleras, FFCC estatal, Consejo Municipal) y en donde interactuaban flujos migratorios de definida heterogeneidad.
La existencia de la actividad petrolera como epicentro del crecimiento de la economía local desde 1907 fue interviniendo de modo directo o indirecto en el devenir de todas esas comunidades generando ciclos de expansión y de retracción que alentaron la llegada y la salida de amplios conjuntos de población “flotante”, de residencia provisoria y sin vinculación con el lugar. Estas coyunturas alentaron juicios apresurados que a partir de la consideración de estos grupos móviles trasladaron la “transitoriedad” y el “desarraigo” como características constitutivas de todas las comunidades locales perdiendo de vista la riqueza cultural e institucional establecida en el territorio como símbolo de vitales identidades societarias.  
Finalmente dicho espacio social tuvo históricamente la dificultad por consolidar elites locales con proyección para sostener esquemas de autonomía en las decisiones y transferir su peso al escenario político regional. Tal determinación fue producto de las condiciones de posibilidad que generó la propia dinámica del territorio cruzado por la presencia de grandes intereses extra-locales (Empresas estatales, Compañías de capitales extranjeros, Gobiernos Militares, etc.) que, en muchos casos, ahogaron o trabaron la factibilidad de una plena expresión política local a través de diversos mecanismos de intervención y/o control social.
Sólo durante las últimas tres décadas la restauración democrática ha abierto un nuevo escenario para la construcción de una élite local con indicios de sustentabilidad en un proceso que por ser reciente aún permanece abierto y en pleno desarrollo. 

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1 En ese sentido, la obra paradigmática sobre la sociología del desarraigo en Comodoro Rivadavia es la de Lino Marcos Budiño: Comodoro Rivadavia, “Sociedad enferma”, publicada inicialmente en 1971, pero cuya trascendencia se proyectó durante las décadas siguientes al punto de se reactualizada permanentemente en los medios de comunicación y los círculos de opinión como la versión más fidedigna sobre la historia y las identidades sociales en la ciudad petrolera.     

2 El trabajo de Lelio Mármora, construido en base a encuestas en las que se recuperaba la visión de diversos grupos sociales llegados al territorio a través de procesos migratorios signaba a uno de esos grupos (los provenientes de ciudades del área central del país arribados en las décadas del 50 y 60) como el que más claramente se vinculaba a esa imagen de “población flotante”. Esta formulación no podía ser tan taxativamente propuesta para otros grupos (por ej. los inmigrantes europeos) que arribaron a la ciudad en la primera mitad del siglo XX y que evidenciaban un definido compromiso con el territorio y la sociedad de destino. Lelio Mármora: Migración al sur.  Ob. cit.

3 Estos planteos pueden seguirse en la obra de Lelio Mármora: Migración al sur. Argentinos y Chilenos en Comodoro Rivadavia, Ediciones Libera, Buenos Aires, 1972.

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines N° 9 Abril de 2008

•Por Daniel Cabral Marquez
Comodoro Rivadavia
Especial para Confines - El extremo Sur

 

 

Abril/Mayo de 2009
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