El 6 de febrero de 1908, en Comodoro Rivadavia, un trío de buscavidas intentó asaltar la Casa Lahusen. El episodio ilustra la vida de la ciudad hace un siglo y puede resolver incógnitas vinculadas con los legendarios Butch Cassidy, Sundance Kid y la “Camarilla de Cholila”

Un camino nuevo para los bandidos

El 6 de febrero de 1908, en Comodoro Rivadavia, un trío de buscavidas intentó asaltar la Casa Lahusen, uno de los comercios más importantes de la época. El robo no llegó a concretarse por una discusión interna en el grupo, que dejó a uno de sus integrantes gravemente herido. El episodio no tendría demasiada importancia si no estuviera relacionado con la saga de los bandidos norteamericanos radicados en Chubut a principios del siglo XX. La repercusión que alcanzó en el marco de los problemas de seguridad del momento, su proyección inmediata en relatos orales y la vinculación de los protagonistas con Butch Cassidy lo preservaron del olvido. Cien años después, la persistencia de su interés se explica, en buena medida, por la cantidad de interrogantes que continúan abiertos tanto respecto del hecho en sí como de la historia más amplia que le otorga sentido.

por Osvaldo Aguirre

Los hechos protagonizados por los bandidos norteamericanos parecen cerrados, en el sentido de que en principio no ofrecen margen para nuevas investigaciones. Es muy difícil, en efecto, avanzar sobre los múltiples aspectos y circunstancias aún desconocidas, dada su distancia en el tiempo y la carencia de documentación. Pero tampoco se trata de abandonar la búsqueda. En cuanto se sigue el recorrido de los personajes, y se comienza a examinar de cerca las versiones establecidas, comienzan a surgir las dudas y las preguntas. Desde un lugar marginal, el intento de asalto a la Casa Lahusen permite así indagar de nuevo una historia tan escurridiza como apasionante.

 

El lugar y los personajes

“Los pueblos que prosperan. Comodoro Rivadavia”. El título de una nota aparecida en la revista Caras y Caretas en agosto de 1907, parecía más optimista que la dura realidad de la que daba cuenta. “El viento del sud es tan fuerte en verano que hace poco echó abajo veinte viviendas de los suburbios”, informaba la crónica, que tenía como fuente a Pedro Barros, encargado de la Subprefectura marítima, de paso entonces por Buenos Aires. A causa del frío, el ciclo lectivo de la escuela, dirigida por Isidro Quiroga, iba del 1º de septiembre al 25 de mayo. La provisión de agua potable, por otra parte, era un problema constante. Y si bien la actividad económica crecía al impulso de la radicación de empresas como la propia Lahusen o las firmas Menéndez y Manuel Sáinz, las comunicaciones dejaban que desear: “Es muy singular la manera como se efectúa el desembarco de mercaderías –destacaba el artículo-. Los buques las trasbordan a una chata y éstas las dejan en la playa. Si el tiempo es bueno, los consignatarios las reciben; sino, se las lleva el mar, perdiéndose a veces sumas respetables”.

 

Progreso y codicia

De todas maneras, con 800 habitantes y unas 300 casas y ranchos en su radio, Comodoro Rivadavia era uno de los puntos más importantes del extremo sur. Y el descubrimiento del primer pozo de petróleo en la zona, el 13 de diciembre del mismo año, llevó al pueblo a nuevas crónicas e hizo correr su nombre como un soplo de esperanza a través de la Patagonia. Quizás fueron esos comentarios los que atrajeron a Ricardo Perkins y Robert Evans.
Nacido en 1874 en la provincia de Córdoba, hijo de un contratista de ferrocarriles, Perkins había cursado estudios en el colegio militar de Richmond, en Estados Unidos, de donde egresó con grado de teniente. De vuelta en la Argentina, trabajó en los ferrocarriles y hacia 1899 se radicó en la Patagonia. En 1901, cuando Robert LeRoy Parker, Butch Cassidy, y Harry Longabaugh, Sundance Kid, llegaron a la región, trabajaba en Leleque, en la proveeduría de la Compañía de Tierras del Sud Argentino.
La biografía de Evans es más borrosa. En primer lugar, no hay ninguna seguridad con respecto a su nombre. La incertidumbre surge de testimonios de pobladores de Esquel, en el expediente iniciado en 1911 por la Policía Fronteriza, según los cuales en principio se hacía llamar Hood. En marzo de 1904, junto a otro norteamericano, de apellido Grice, robó cinco mil pesos a Guillermo Imperiale, encargado de los almacenes de la Compañía de Tierras, en Telsen. En febrero de 1905, según algunas versiones, participó en el golpe a la sucursal del Banco de Tarapacá, en Río Gallegos. Y en diciembre del mismo año, en el asalto a la sucursal del Banco Nación en Villa Mercedes, San Luis; a diferencia de sus cómplices, que pasaron a Chile, terminó por regresar a Chubut.
Cassidy, quien utilizaba el nombre de Santiago Ryan, fue acusado de prestar un revólver a Hood y en ese carácter indagado por el robo a Imperiale. Según lo que se cree, Hood y Grice no utilizaron armas (fue lo que hoy se llamaría un hurto, aprovechando una distracción de la víctima), pero por alguna razón todavía no despejada el célebre bandido tuvo que declarar ante el juez de Rawson. Perkins le hizo entonces de intérprete.

 

El llamado de la aventura

En 1907 Perkins vendió sus pertenencias y se largó con Evans rumbo al lago Buenos Aires en busca de oro. La suerte no los acompañó. El campamento en que paraban se incendió, por lo que decidieron cruzar a Chile en busca de provisiones en la Compañía del Baker. Fue un viaje de 40 leguas, pero lo peor esperaba al llegar: la empresa, propiedad de Mauricio Braun, rechazó unos giros contra el Banco Transatlántico, únicos valores con que contaban.
Perkins y Evans tuvieron que trabajar como peones hasta que en diciembre de 1907 se engancharon en una tropa de la compañía que llevaba ganado a Puerto San Julián. Allí cambiaron parte de sus giros por mercaderías y el resto por un documento que debían convertir en dinero efectivo en la Casa Lahusen, establecimiento que por entonces tenía ocho sucursales en Chubut y Río Negro. En la de Comodoro Rivadavia, funcionaba la agencia del Banco Nación.

 

En Comodoro

Entre fines de enero y principios de febrero de 1908 Evans y Perkins llegaron a Comodoro Rivadavia. Los acompañaba un chileno llamado Manuel Sánchez. Según una versión periodística, durante ocho días hicieron prácticas de tiro en la playa, hasta que el comisario Felipe Porcel los llevó presos. Pero el juez de paz, Máximo Abásolo, dispuso que quedaran en libertad.
El 6 de febrero, después de considerar otros comercios, el trío se dirigió a la Casa Lahusen con intenciones de tomarla por asalto. Previamente Manuel Sánchez había cortado el hilo del telégrafo, tres leguas al sur del pueblo. Pero antes de que ingresaran al local se produjo una discusión, que dejó al chileno con tres heridas de bala. Perkins y Evans huyeron al galope, e hicieron unos disparos que causaron bastante alboroto, ya que cayeron en los techos de los vecinos. Al salir del pueblo se cruzaron con los Venter, una familia de colonos boers, y volvieron a disparar, para asustarlos.
Sánchez fue atendido en un hotel por el médico Luis Duquella y el comisario Porcel, el juez de paz Abásolo y el subprefecto Barros armaron una partida de búsqueda que volvió a Comodoro Rivadavia con las manos vacías.

 

La “camarilla de Cholila”

Los corresponsales de los diarios porteños coincidieron en señalar a Perkins como autor de los disparos. “La policía no concurrió, aunque el hecho se produjo en el barrio más poblado”, destacó el de La Prensa, quien precisó además que los fugitivos pertenecían “a la camarilla de Cholila, que hace tiempo asaltó a los bancos de Gallegos y San Luis. En Cholila hay varios de estos sujetos, especie de cowboys, que constituyeron allí su paradero favorito. Son buenos tiradores, sumamente audaces y siguen libres”. Esa referencia, tan precisa, puede indicar que los bandidos se habían relacionado de alguna manera en el pueblo.
En 1911, Perkins fue detenido en Buenos Aires y conducido a Chubut. Entonces concedió una entrevista al diario La Nación, que vale la pena revisar. En ella, admitió haber tratado a Harry Place (Sundance Kid) y Santiago Ryan “siendo empleado de la proveeduría del establecimiento de Cholila” y recordó sus oficios de intérprete en Rawson por el préstamo del arma a Hood. A la vez, afirmó que había conocido a Evans en 1907, “en esa misma región, por haber aparecido allí en busca de trabajo”. Es decir que diferenció a Hood y Evans como personas distintas.
En la misma entrevista, Perkins dio una versión falsa sobre el episodio de la Casa Lahusen: dijo que Evans había disparado contra Sánchez, estando ambos alcoholizados, y afirmó haber sido completamente ajeno al asunto. Esa versión puede explicarse por su necesidad de acomodar la historia en función del momento que atravesaba. Pero no parece tener mucho sentido pensar que mintió sobre su relación con Evans. Por añadidura dijo que había tratado con frecuencia a los bandidos en su cabaña de Cholila, un lugar donde tendría que haberlo visto antes de 1907.
Ese relato se contrapone de manera frontal con algunos testimonios del expediente de la Policía Fronteriza de 1911. Tomás Gibbon, por ejemplo, declaró que en 1907 “Hood se encontraba en el sud (...) se hacía llamar Roberto Evans y pensaba estar allí hasta que ganara bastante dinero para ir a los Estados Unidos a sacar a un hermano que tenía en la cárcel”.
La discordancia es reveladora de la fragilidad de las fuentes con que contamos para relatar la historia de los bandidos. No se trata de excluir un documento en función del otro, sino de interrogarlos de nuevo, de volver al principio y poner en cuestión los hechos que parecen imponerse como certezas. En esa dirección la historia de los bandidos podrá encontrar nuevos caminos.

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines
N° 8 Marzo de 2008

•Por Osvaldo Aguirre
Rosario

Especial para Confines - El extremo Su

 

 

Marzo/Abril de 2008
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