Israel y Palestina

La guerra, el odio, el dolor interminable

No habían pasado ni 48 horas de mi arribo a Israel, cuando ya había firmado el reglamento del Instituto Mashav que nos conminaba bajo el señalamiento de “no nos hacemos responsables de su integridad física” si cruzábamos a territorio autónomo Palestino, y había visto además las primeras imágenes de una guerra que la mayoría percibe como estrictamente religiosa, cuando, como todas, es territorial.

por Luis Castrillón

El primer impacto lo descubrí ente los llantos de jóvenes y padres de familia que lamentaban la muerte de 14 chicos recién llegados de Rusia y una veintena más de heridos. Su primera noche en Tel Aviv bailaban en una discoteca del malecón, probablemente al ritmo de Infected Mushroom, cuando un mujaidin de origen palestino se voló en pedazos en nombre de su causa.

Llegaron como miles de inmigrantes de origen judío que dejaron su país natal para reclamar su derecho a vivir en territorio israelí y cuyas familias buscaban una mejor situación económica lejos de la disuelta Unión Soviética. Era finales de mayo de 2001.

Fotografías de los fallecidos ornamentadas con coronas de flores, con veladoras al pie y recargadas en paredes manchadas de hollín, resultado del fuego que consumió el centro nocturno y cuyos estragos nos fueron exhibidos como la primera muestra del conflicto por nuestros anfitriones del Instituto Mashav.

El olor a quemado era perceptible a unos cuantos metros de la entrada principal. Lo primero que pasa por la cabeza es si el peculiar aroma que minaba el ambiente emanaba solo de material inorgánico: mobiliario, pintura, estructuras metálicas; o incluía el de los restos humanos apenas retirados unas horas antes.

El segundo impacto llegó al día siguiente, luego de recorrer el laberinto de pasillos y callejuelas de la Jerusalén antigua, donde se asienta el principal barrio palestino, mercado de viandas y artesanías ofrecidas bajo inevitable regateo a turistas que buscan experiencias extremas o simplemente reforzar su fe, sea cristiana ortodoxa, católica, judía o musulmana.

Con un aroma distinto, que pasó del azafrán, la albahaca, los duraznos de Damasco, a la miel y nueces o almendras de los baclavas que un adolescente me ofrecía gustoso en una tienda apenas iluminada por la luz que entraba por una puerta en arco y rebotaba en un anaquel de cristal donde los dulces tradicionales se vendían por kilos o fracciones menores.

Al fondo de la tienda, al costado de una puerta que llevaría a lo que supuse la vivienda de los dueños, una serie de fotografías mostraban los capítulos cruentos de un hombre que huía con su hijo de la mano durante un enfrentamiento entre el Ejército de Defensa Israelí y militantes del grupo extremista Hamas. En seis imágenes se ilustraba la caída del menor, el regreso de su padre, las balas impactándolo mientras cubría a su vástago y la final donde el niño yacía llorando ante cadáver de su salvador.

Arriba y a la derecha de esa historia gráfica, un hombre barbado con kefia –esa prenda de algodón a cuadros que las boutiques españolas popularizaron como “palestina” años después- a la usanza clásica que en occidente conocimos gracias a las fotos de Yasser Arafat, ocupaba el espacio completo de otra fotografía, colocada en una repisa iluminada por veladoras.

Entre señas y en un inglés mezclado con árabe, el joven dependiente terminó diciendo “Baba”, una acepción para decir “papá” en esa lengua. El breve relató fue preciso: “Baba” había sido mujaidin. Sólo la foto quedó de recuerdo. De su cuerpo prácticamente nada. Para el chico una acción difícil de entender, lamentable y que no deseaba repetir, como una suerte de destino manifiesto del cual trataría de evadirse, según lo que pudo explicar, pero que reconocía también como una posibilidad, llegado el momento.

Bajo el pensamiento occidental común, la ignorancia sobre el tema palestino-israelí y los mitos sobre la inherente crueldad de lo musulmán, no era difícil sentirse un poco a favor de la defensa de lo judío.

El contraste vendría un par de semanas después, una vez violado el reglamento del Instituto Mashav y cruzado como falsos turistas a Belén, en territorio de las zonas autónomas de Palestina, al recordar las líneas de “Territorio Comanche”, de Arturo Pérez-Reverte, describiendo el sonido de la guerra: cristales rotos al paso.
En el recorrido por Belén habríamos de aventurarnos al interior de una casa destruida por un misil disparado desde una estación del Ejército Israelí, que después, por las noticias nos enteraríamos que había sido lanzado para detener una manifestación de militantes palestinos. El interior de la vivienda era la paráfrasis de la frase de Pérez-Reverte, en una explícita alfombra de cristales fragmentados que prácticamente cubrían el piso.

Los dueños de la vivienda habían alcanzado a escapar durante los primeros disparos. Luego vieron su casa ser destruida en una clara demostración del  poder del armamento militar israelí. El escenario no podía más que darle la vuelta la idea: la crueldad judía.

La idea se reforzó durante una visita organizada por el Instituto a una estación militar en los Altos del Golán, previo paso por la frontera con Siria, al norte de Israel, donde una chica reservista nos expuso directamente que un niño palestino con una piedra en la mano podía considerarse como un enemigo claro. Un argumento contundente para ella, cuestionable para nosotros.

Sin embargo, contrastaba con las palabras de Salah Al Tamene, legislador del ala extrema de Al Fatah, el partido que sostuvo por décadas a Yasser Arafat en el poder palestino, que no encontraba más solución al conflicto que “echar a los judíos al mar” para recuperar la tierra que le pertenecía a su pueblo, por derecho de ocupación.

En el mismo recorrido por Belén, que en nuestra ingenuidad creíamos clandestino, lo que nos derribaría después un guardia del Instituto al reírse mientras le negábamos haberlo hecho, fue posible también atestiguar el territorio de las zonas autónomas convertidas en guettos.

Meses antes de nuestra llegada, la Segunda Intifada –el llamado a la guerra- había sido declarada luego de que en noviembre de 2000, Ariel Sharon, el difunto Primer Ministro de Israel, había cruzado la división entre el Jerusalén musulmán y el judío, en la zona donde se enclava la Cúpula de la Roca, la Mezquita de Al Aqsa, donde Mahoma habría ascendido al cielo según la fe musulmana, en el año 641.

El estallido de un nuevo conflicto después de casi una década de estabilidad había generado una estrategia extrema de seguridad de parte de Israel. De Palestina solo se podía salir con permiso del Gobierno Judío. Familias enteras de palestinos padecían la imposibilidad de cruzar a trabajar a Israel, considerados en su mayoría sospechosos en medio de la guerra recién reiniciada.

Incluso el turismo católico hacia Belén, en busca de la pequeña gruta ubicada en la parte inferior de la Catedral de origen Templario de esa población y donde la historia registra el nacimiento de Jesús de Nazaret, se redujo como consecuencia del riesgo que suponía moverse en esa zona.

Otra vez, la evidencia acusaba el exceso, la muestra vulgar de poder del Ejército de Defensa Israelí frente a un pueblo palestino oprimido en su propio territorio. El combo con las declaraciones, ante el grupo del que formé parte, de un comandante del Ejército que respondía a nuestras preguntas justificando la tortura de los prisioneros de guerra señalando que no era física, sino “presión psicológica”.

Que mejor que tomar la vida de un sospechoso, o reducirlo anímicamente diciéndole que atentarían contra su familia, para que confesara si pertenecía a alguna célula “terrorista”, como la entonces surgida: Los Mártires de Al Aqsa, según el argumento del militar.

Después llegó la historia de un periodista judío de origen sudamericano, quien relató su propia experiencia al ser encerrado en prisión por negarse a cumplir con el servicio militar como reservista para ir al frente de guerra. Y su participación, más allá del periodismo, como integrante de una red que cruzaba alimentos y medicinas a territorio palestino, aún bajo la prohibición en los puntos de vigilancia del Ejército de su país.

Tal combo de imágenes revolviéndose al interior de la cabeza no podían más que inclinar a quien escribe hacia una causa abiertamente pro-palestina.

Luego vendrían las historias, documentadas y reales en las calles de Jerusalén o Tel Aviv: la esquina donde yacían todavía esquirlas de metal de un autobús urbano en el que un extremista musulmán se había inmolado. Luego de subir al transporte, activó un chaleco cargado de con explosivos plásticos y rodeado de paquetes balines y clavos. Una ráfaga de metralla metálica que si no mata puede dejar discapacitado, que lo mismo acabó con mujeres que ancianos, adultos y niños, incluso algunos de menos de un año de vida, judíos en su mayoría, algunos otros incluso de origen palestino que utilizaban el autobús para ir de un punto a otro de Jerusalén.

Sobre hechos similares los relatos se ampliaron de la voz de un mercader en la ciudad antigua, en el camino adoquinado donde los católicos recorren las estaciones de Jesús antes de ser crucificado, quien reconocía mientras me mostraba la bandera palestina oculta entre telares de su puesto de artesanías y especias, los excesos de los grupos más radicales.

Grupos acicateados desde la doctrina extremista que basa muchas de sus acciones en la obra de Sayyd Qtab, el autor de “A la Sombra del Corán”, y considerado desde la década del 60 en el siglo pasado, como uno de los principales ideólogos de los grupos radicales musulmanes, cuya interpretación de la escrituras del Corán, transformó la Yijad, de guerra interna espiritual por la fe, al combate a todo aquello que se considere “infiel” a la palabra de Mahoma, ya fuese judío o incluso musulmán.

Pero aun entre las historias que cada uno de los casi 50 días de recorrer Israel y tratar de entender lo que ahí ocurre, no solo desde los casi doctrinarios seminarios en el Instituto Mashav en su sede en Beit- Berl, a unos 30 minutos de Tel Aviv, también fue posible atestiguar la convivencia de niños y familias judías y palestinas en programas de integración por la paz.

Después escuchar de voz de soldados israelíes el hartazgo por una guerra que no ha llevado a su nación, o al menos a su pueblo, más allá de quienes lo gobiernan, a ningún estado de bienestar o seguridad. Dicho no solo desde la perspectiva de sentirse permanentemente atacados, sino también lastimados por el dolor que el conflicto ha causado a “los hermanos del otro lado”.

La confesión de un militar que operaba como guardia de seguridad e inteligencia en la sede de Beit-Berl ante su imposibilidad de llorar. Consternado, opacado por un dolor que se atrevía a contar después de un par de botellas de vino en una cena organizada en casa de uno de sus compañeros, un chico de origen musulmán. Ambos sentados codo a codo, pidiéndonos comprender que en Israel y Palestina es imposible buscar buenos y malos.

No hay demonios ni santos en casa o en el frente. Dos versiones que atacaban esa especie de reduccionismo judeocristiano característico del pensamiento occidental que prefiere no ver matices, sino que busca al bueno y al malo. Lo blanco y lo negro. Más allá de explicaciones y que acepta la primera propaganda a la que se expone, sea israelí o palestina.

Desde conceptos tan básicos como el aceptar erróneamente una definición de guerra santa entre judíos y musulmanes, porque no todos los habitantes de Israel son judíos practicantes de su religión, ni tampoco los palestinos del islam.

“Pregunten, lean, averigüen lo que ocurre aquí, cuéntenlo. No es tan simple como justificar a cada bando por sus atrocidades o la destrucción que deben enfrentar”, son algunas de las frases que puedo recordar del viaje.

Demandas abiertas de dos actores del conflicto que constataría después ante el discurso casi reaccionario de Benjamín Netanyahu parado frente a mí blandiendo la metáfora de su poder en su propia mano, buscando desde entonces regresar al sitio que hoy ostenta como Primer Ministro de Israel, conocido por su dureza, incluso más que la de Ariel Sharon, si se le compara hoy día.

Y que se matizarían en una reunión con funcionarios y diputados del Gobierno de Israel en el que nos mostraban sus adelantos en el manejo de programas hídricos con los que han rescatado el desierto para convertirlo en amplios vergeles y cuyo sistema de irrigación venden en los países en desarrollo como panacea de la producción agrícola.

Las reservas acuíferas donde se obtiene la mayor parte del recurso para la subsistencia de Israel están bajo las zonas autónomas de Palestina. El componente territorial exhibido como la principal causa y que me quedó más claro a casi un año de mi regreso a México al entrevistar a un peacemaker inglés que lo dejó claro: toda guerra es territorial. La tierra ofrece recursos, materia prima y el pueblo conquistado mano de obra.

Esa explicación pudo acusar directamente la opresión ejercida por el Gobierno, no el pueblo, de Israel a Palestina, pero no podía ser tomada de forma individual sin revisar lo que luego vería publicado incluso en  medios de información de países que apoyan la creación de un Estado Palestino: la corrupción que forma parte de la estructura de los gobiernos de las zonas autónomas, donde líderes de grupos extremistas socavan apoyos económicos y en especie enviados por la Organización de Naciones Unidas para sustentar sus centros de adoctrinamiento, la compra de armas y el avituallamiento en general para su causa.

Tampoco podía dejar pasar las explicaciones de analistas de diversos países, incluso Noam Chomski con su visión en ocasiones parcial, sobre el frente de guerra que mantienen como negocio los fabricantes de armas de Estados Unidos, Rusia, Inglaterra, Alemania o Francia, quienes desde el mercado negro o vía convenios de colaboración abastecen a ambos bandos del armamento necesario para seguir destruyéndose.

A 11 años del paso de quien esto escribe por ambos territorios, y a la luz de lo que podría ser el resurgimiento más cruento del conflicto,dado el tiempo pasado, los rencores guardados y el mejoramiento de las armas, este testimonio podría ser juzgado por quienes más saben del tema o han adoptado una postura final, de un lado u otro.

Desde la voz de un reportero es solo un intento de aportar a la búsqueda de un razonamiento más amplio, más allá de la propaganda, de las fotografías explícitas que excitan el morbo y la irracionalidad en ambos bandos.

Quizá la última memoria del nivel que el conflicto y sus repercusiones tiene está en la noche durante mi regreso, al sobrevolar Nueva York, en la escala programada antes de volver a México y a Yucatán:

Regresé desde el aeropuerto de Jerusalén la tarde del 9 de septiembre de 2001. Luego del ajuste horario estaba llegando a “La Gran Manzana” por la noche de ese mismo día. El sobrevuelo de las aeronaves por la ciudad incluía entonces siempre ofrecer la visión espectacular del Manhatan nocturno, con las Torres Gemelas del World Trade Center imponiendo su presencia.

El 11 de septiembre abrí la puerta de mi casa en Mérida, Yucatán, luego de haber pasado un día en DF y terminar mi periplo de casi dos meses. La primera imagen borró lo poco que me quedaba de sonrisa después del viaje:mi familia atestiguaba vía CNN la caída de la primera de las Torres Gemelas. Con la maleta todavía colgando de un hombro, observé en la pantalla la caída de la segunda.

Sobre este artículo

Confines digital N°46 Julio de 2013

•Por Luis Castrillón
Mérida(México)

Especial para Confines - El extremo Sur

 

Julio 2013
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