Con “Los restos mortales”, su primera novela, Hugo Salas, quien nació y vivió en la ciudad santacruceña hasta 1994, pone nuevamente el lenguaje al servicio de una historia perversamente conmovedora.

Caleta Olivia, un escritor, un asesinato y el coro del viento

Un criminal a sueldo llega a Caleta Olivia para cumplir con el trabajo para el que fue contratado. La víctima es la madre de Hugo Salas, el autor de la novela “Los restos mortales”, en la que narra la historia que vivió en carne propia. El viento, como un coro que se oye a la distancia, se transforma en telón de una serie de acontecimientos –algunos ocurridos realmente- en la ciudad santacruceña donde el autor nació en 1976 y en la que vivió hasta 1994. Con la imagen de la “ruta Caleta-Comodoro, siguiendo el mar, y al otro lado la visión desoladora e inmensa de la estepa y el desierto árido”, Salas, ahora radicado en Buenos Aires, reconstruye para Confines el proceso de escritura de la novela, menciona el deseo de presentarla en la ciudad y explicita su posicionamiento en el escenario de la literatura argentina.

por Andrés Cursaro

“Los restos mortales” es la primera novela que publica Hugo Salas. El protagonista, del mismo nombre que el autor, atraviesa una historia dolorosa, corrosiva: el asesinato de su madre ocurrido en un pueblo ventoso al borde del mar en la Patagonia, un “agujero olvidado en la meseta” al que “la belleza le repugnaba tanto como a su suelo el agua”.
Ese sitio, nunca mencionado en el texto, es Caleta Olivia, la ciudad del norte de Santa Cruz donde Salas, el autor, nació en marzo de 1976 y en el que vivió hasta que, efectivamente, su madre es víctima de un homicidio planificado. Con un anclaje en lo autobiográfico, el relato se posiciona y atrapa desde el inicio: el lector sabrá desde el comienzo que ese crimen ocurrirá, que la mujer finalmente morirá, que un asesino a sueldo ha llegado al pueblo para realizar el “trabajo”. Con un lenguaje preciso, seco, Salas se introduce en una historia cargada de violencia que, sin embargo, nunca será explícita; una historia cruda pero no por eso, o a pesar de ello, menos bella a la vez que perversa.
Además de “algo” para contar, hay en “Los restos mortales” –publicada recientemente por Editorial Norma- una toma de posición desde dónde y cómo hacerlo. Un escenario narrativo en el que se cruzan guiños cinematográficos y personajes construidos a partir de un tono preciso e imaginativo que tranquilamente comulgarían con líneas que van desde Miguel Puig hasta el mismo Diego Angelino.
Un “trhriller de provincia” donde el lenguaje está a merced de la historia, donde la escritura no es puro juego formal del lenguaje sino una construcción con palabras que llegan “sucias” y se ponen a disposición para generar “cosas” en el lector. En este caso, una historia sacudida por el dolor, el sexo, la perversión siempre con el telón de fondo del viento, el gran “culpable” de que los recuerdos se empecinen en situar a los personajes frente a un espejo desde donde verán las cicatrices de sus vidas.

 

Básicamente, ¿que narra “Los restos mortales”?

• Cuenta la desafortunada historia de Pedro, un hombre contratado para realizar un asesinato a sueldo en un pueblo perdido de la Patagonia, y también trata de reconstruir las historias personales de quienes podrían ser considerados víctimas y victimarios del incidente. Estas relaciones, sin embargo, se complican desde el principio, en tanto Pedro se encuentra con un obstáculo impensado, su deseo, y una de sus presuntas víctimas no es otro que el narrador de la novela, un tal Hugo Salas.

 

¿Cómo encontraste la historia? ¿Cómo fue el proceso de escritura de la novela?

• Cuando comencé a escribir, sólo tenía a Pedro, el protagonista, despertándose en una habitación de hotel de Caleta Olivia, lugar donde nací. De inmediato me pregunté, ¿qué hace ahí este tipo, un rutinario y gris asesino a sueldo, en una situación parecida al comienzo de Apocalypse Now? La respuesta vino sola: está ahí para matar a mamá (que murió asesinada, efectivamente, cuando yo tenía 16 años, si bien en circunstancias muy distintas; Pedro, por ejemplo, nunca existió). De allí en más, esto implicó un doble proceso: construir una historia de ficción al tiempo que me sumergía en mi propia historia personal, jugar con el límite entre literatura y vida.

 

¿Por qué decidiste que era tiempo de publicarla?

• Durante diez años evité escribir sobre mi familia y el asesinato de mi madre en particular, por un fuerte prurito en contra de lo autobiográfico. Cuando finalmente esa historia “me encontró”, por así decirlo, advertí que no tenía otra salida que la publicación.

 

¿Cuánto de autobiográfico hay en “Los restos mortales”?

• La novela se mueve en el pliegue entre la autobiografía y la invención. Si alguien me preguntase cuánto “de cierto” hay en ella, le diría “nada”, pero nada en el mismo sentido que cada vez que uno cuenta su propia historia: así sea a un amigo, la convierte en un relato, una ficción. Por otra parte, en Los restos mortales hay mucho cuento, hechos que no han tenido lugar o que yo no pude haber conocido. ¿Cómo haría yo para saber cómo era la intimidad entre mis padres? No tengo forma. Probablemente no fuera como yo la cuento, pero el modo en que la cuento me ayuda a entender nuestra vida después. De alguna manera, la literatura siempre hace eso: se aparta de la coincidencia con los hechos (la verdad periodística) para encontrar una verdad distinta, una que vuelva comprensibles cosas que de otra manera jamás se revelarían. De allí la decisión de cambiar los nombres de todos los involucrados, excepto el mío.

 

¿Por qué sembrar “misterio” –por decirlo de alguna manera-, sobre el lugar donde ocurre el nudo central de la historia? Pregunto por tu presentación en la solapa (“nació en marzo de 1976, más de 1.800 kilómetros de Buenos Aires”) y ese “pueblo del sur” que nunca se menciona. Quienes vivimos aquí, rápidamente podemos inferir que se trata de Caleta Olivia.

• Los pueblos y las ciudades pequeñas tienen sistemas muy rígidos de cohesión. Si uno puede acomodarse o tiene la suerte de caer bien parado, resultan espacios fuertemente contenedores; caso contrario, el infierno. A mí, obviamente, me tocó lo segundo, y cuento esa experiencia, atravesada –para colmo– por una historia familiar extraordinariamente rara. Esto, sin embargo, no me impide reconocer que otras personas, que sí fueron aceptadas o lograron insertarse, sienten un afecto genuino por ese lugar, y de alguna manera no lapidarlo simbólicamente; omitir el nombre, fue mi manera de respetar la identidad legítima de muchas personas.

 

Si bien existen distintos planos temporales, la novela transcurre en presente continuo. Sin embargo desde que todo se inicia hasta el final pasan ¿quince años? ¿Qué sucedió con Hugo Salas –no el personaje- en ese tiempo?

•El Hugo Salas que escribe, afortunadamente, no se dejó llevar por el impulso insano de venganza que consume al personaje de la novela y mal que bien logró sobrevivir a sus propios impulsos autodestructivos. Hoy es alguien que desde hace más de diez años publica crítica de cine y periodismo cultural en distintos medios gráficos, radiales y televisivos, da clases en universidades, realiza traducciones y escribe libros.

 

Podría decir que “Los restos mortales”, además, es la historia de un imposible, la historia de un dolor. ¿Coincidís?

•Está pensada como una historia deldolor, es decir, a la manera de una alegoría que muestra las múltiples formas en que el dolor que las personas se provocan unas a otras se encadena y lleva a situaciones cada vez más penosas para todos. Me pareció importante poner el dolor sobre el tapete como una cuestión social. ¿Por qué hay que detener el abuso y el maltrato infantil? ¿Por qué debería importarnos que alguien esté siendo agredido por su entorno? ¿Por qué ocuparnos de los sentimientos y las relaciones entre las personas? Porque todas esas situaciones que consideramos “privadas” e individuales en realidad constituyen el caldo de cultivo de la violencia “pública”, y mientras no nos preocupe honestamente que nadie sufra, no seremos capaces de mejorar nuestras condiciones de existencia. Sólo una reinterpretación política de la solidaridad le puede poner freno a la violencia desatada por una concepción torpe y ciegamente individualista.

 

El sexo, la violencia, la perversión están muy presentes. ¿Una inclusión necesaria por la demanda del policial negro o una inclusión que responde a tu propia demanda como autor?

•Básicamente, ese circuito del dolor vigente en la sociedad contemporánea hace que la violencia desplace las funciones del sexo (que debería ser una expresión natural de afecto y goce entre las personas) y allí aparece la perversión. Contrario a lo que se cree, en gran medida impulsado por distintas denominaciones religiosas, lo perverso no es, por ejemplo, la homosexualidad, el lesbianismo o la transexualidad, ni siquiera el hecho de que dos adultos, de común acuerdo y con respeto, decidan por ejemplo sostener un matrimonio abierto; perversa es la manera en que, dentro de nuestras sociedades, el sexo se convierte en una herramienta de negociación, coerción y violencia dentro de cualquier pareja constituida, incluso las heterosexuales, como así también perversa es la relación que se nos obliga a sostener con nuestro propio deseo una vez que se nos niega el derecho a ejercerlo.

 

“Los restos mortales” no es una novela del lenguaje. Pero sí existen reflexiones sobre el lenguaje. ¿Podrías dar alguna referencia sobre esta observación?

•En realidad, todo texto literario es, consciente o no, una reflexión sobre el lenguaje y la escritura. Desde ya, podríamos decir que en los últimos diez años la literatura argentina atravesó un período en que estos tópicos se volvieron muy explícitos, reiterativos y, en la mayoría de los casos, poco esclarecedores. Obviamente, me interesó tomar distancia de eso (una actitud que comparto, de alguna manera, con todo un grupo de escritores contemporáneos, sobre todo de mi generación, de Mariana Enríquez a Juan Diego Incardona). En particular, porque esas novelas sobre el lenguaje se construyen a partir de la idea de que la escritura es puro juego formal, que no tiene contacto con el espacio social de la realidad, y a mí me interesa todo lo contrario, me interesa la manera en que las palabras llegan a la literatura cargadas, sucias, “manchadas” de valoraciones sociales, conflicto e incluso, como en este caso, historia personal, del mismo modo que me interesa que el lector, al leerla, no sienta que está frente a puro juego de lenguaje sino que le ocurran cosas, compartir por un momento una extraña forma de hechicería.

 

¿Cuánto hace que te fuiste de Caleta Olivia? ¿Volviste en alguna oportunidad?

•Me fui en enero de 1994. Al principio, como cualquier estudiante, volvía todos los veranos, en algún momento incluso di seminarios en la UNPSJB y en la UNPA, una experiencia muy gratificante que ojalá se repita, pero a medida que se ampliaron mis compromisos laborales en Buenos Aires, esas visitas fueron espaciándose. La última vez que estuve fue en 2003, de regreso del Congreso Nacional de Literatura Argentina que se celebró en Río Gallegos.

 

 El viento está todo el tiempo presente en la novela, pero para el Hugo Salas protagonista está presente como un coro que se oye a la distancia. ¿Cuáles son tus recuerdos de Caleta Olivia –y de esta zona- más allá de lo que aparece en la novela?

•Tengo recuerdos muy sesgados, sobre todo de personas y afectos que fueron y siguen siendo muy importantes en mi vida. En términos geográficos, la imagen más potente que tengo es la vista desde el auto de la ruta Caleta-Comodoro, siguiendo el mar, y al otro lado la visión desoladora e inmensa de la estepa y el desierto árido, cuya belleza sólo llegué a apreciar aquí, a la distancia.

 

¿Pensaste en presentar la novela en Caleta Olivia? ¿Cómo crees que puede ser recibida?

•Tenía muchas ganas de presentarla en Caleta y Comodoro, pero en términos editoriales eso representa costos muy elevados para una primera novela. El único modo de lograrlo sería mediante una articulación con cualquiera de las universidades o la Secretaría de Cultura, pero de momento no hay tratativas al respecto. En cuanto al recibimiento, en general, ante este tipo de cosas, los lugares muestran su cara más amable, hay una tendencia natural a leer o acompañar la novela de “el escritor del pueblo”. Que les guste o no, después, es otra cosa, pero incluso ahí creo que podría producirse un intercambio muy interesante.

 

“Con las historias familiares no se hace buena literatura”, escribió alguien alguna vez. ¿Qué provocó en vos ese “mandato”?

•En efecto, esa frase de Ricardo Piglia en “Respiración artificial”hizo que durante muchos años me escapara de esta historia. No sé si estará equivocado o no, pero con esta novela me lo saqué de encima. Ahora la decisión la tienen los lectores.

 

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines
N°30 Agosto de 2010

•Por Andrés Cursaro
Rada Tilly (Chubut)

Especial para Confines - El extremo Sur

 

Agosto/Setiembre de 2010
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