Sobre el autor

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Juan Carlos Bustriazo Ortiz nació en  Santa Rosa, entonces capital del Territorio Nacional de La Pampa, el 3 de diciembre de 1929. Su  obra poética, iniciada con “Los poemas puelches” (1954-1959), incluye más   de sesenta títulos. De ese conjunto extraordinario sólo se publicaron “Elegías de la piedra que canta” (1969), “Aura del estilo” (1970),  “Unca bermeja” (1984), “Los poemas puelches”- “Quetrales” (1991)  y “El libro del Ghempín” (2004);  todos en pequeñas tiradas y prácticamente inhallables. Singular y compleja es  la tentativa poética de Bustriazo Ortiz. Los suyos son “himnos a la  noche”, eróticos y trágicos, de sensualidad exacerbada, cantos  a  la existencia intensa de quien bordea un saber ancestral, cargado de símbolos que lo  obligan a “nombrar de nuevo”. La creación de una saga original, pampeano-universal, que va del clasicismo a  la ruptura, lo distingue con  brillo único de lo escrito en  el país, convirtiéndolo en uno de los grandes poetas vivos de la Argentina.  La edición del  disco compacto “Hereje bebedor de la noche” –producido por  Andrés Cursaro para Espacio Hudson, con grabaciones impactantes – y del libro “Herejía bermeja” –que  Ediciones en Danza  publicará en breve– constituyen un doble acontecimiento para la poesía argentina.

Es uno de los grandes autores vivos de la lengua castellana. Vive en santa rosa. Acaba de editarse un CD con sus grabaciones, y este  año se publicará una antología de su obra inédita. Entrevista exclusiva de Andrés Cursaro y textos desconocidos.

Bustriazo Ortiz

El aura de un poeta pampeano y universal

“Soy un perfeccionista, quiero hacer las cosas bien. Y todo lo que haga quiero hacerlo lo mejor que pueda. Nunca dije que fuera talentoso, siempre fui modesto, nunca fui un  agrandado.  Lo demás me  lo decía la gente, pero yo nunca me lo creí. Siempre fui modesto y respetuoso. Cuando la gente me  decía cosas, yo me  preguntaba ¿será así?. Eso sí: siempre soñé ganar el Premio  Nobel de Literatura. ¡Creo que todavía estoy a tiempo!”

por Cristian Aliaga
entrevista por Andrés Cursaro

Bustriazo ha viajado por el fondo de la región pampeana: puestos, campos perdidos de la civilización, obradores de Vialidad y boliches que jamás figurarán en cartografías –como el legendario “Temple del Diablo”– han sido su país natal.
Baqueano de caminos, parajes y rastrilladas, autodidacta y erudito, nómade en su territorio. Siempre en los márgenes, desde sus tiempos de telegrafista en Puelches, como trovador errante, prendado de peñas folclóricas, boliches, extramuros, mujeres de la vida. Su experiencia profunda frente al paisaje fue uniéndose a la búsqueda de un lenguaje “otro”, más “clásico” en los primeros libros, emparentado con la música y el canto.
Su experiencia de escritura ha sido cambiante y poderosa. Ya en “Elegías de la piedra que canta” (1969) el poeta “desarmó” su lenguaje para crear un sistema poético encantatorio, pampeano-surrealista, folclórico-universal.
Desde el aislamiento de La Pampa, ha estado intensamente comunicado. Clásicos y heterodoxos han alimentado su obra fascinante. Por elección, pudor o predestinación, el poeta escribió largamente en ese territorio, sin dejar jamás los parajes conocidos. Ni la marginalidad ni las maneras perversas de la industria cultural pudieron confinarlo al conservadurismo estético e ideológico de las provincias.

 

Tentativa extrema

Singular y compleja es la tentativa poética de Bustriazo Ortiz.  Los suyos son “himnos a la noche”, eróticos y trágicos, de sensualidad exacerbada, cantos a la existencia intensa de quien bordea un saber ancestral, cargado de símbolos que lo obligan a “nombrar de nuevo”, a descubrir neologismos que expresen aquello que las palabras en uso no logran describir.
Apela a un mundo ancestral, intemporal, “abre” su lenguaje a una poética de múltiples registros. Precisión verbal, riqueza de imágenes inesperadas y un ritmo encantatorio lo caracterizan. Selecciona elementos legendarios, efectúa un montaje de inteligencia y espíritu ritual, revela un lenguaje desde un mundo “otro” surgido de su apropiación simbólica del universo pampeano. La creación de una saga original, pampeano-universal, que va del clasicismo a la ruptura, lo distingue con brillo único de lo escrito en el país.
Su creatividad es extrema. El habla criolla se funde con la tradición poética española, pero en esa síntesis la supera. De otra rastrillada le vienen las maneras del gaucho no asimilado a ninguna esclavitud, los modos rituales del Ghempín (hechicero) que tiene el poder de la piedra y el presagio. Con naturalidad recurre a un lenguaje de impronta elegíaca y exhibe una técnica sutilísima de acentuaciones y ritmos. Ninguna de estas breves consideraciones alcanza a dar cuenta de una tentativa extrema. El aura de inaccesibilidad, rareza o misterio que acompaña a Bustriazo Ortiz comienza a ser reemplazado por la admiración que provoca el conocimiento de su impecable obra poética.
Bustriazo Ortiz ha sufrido una doble exclusión. Sin embargo, a él puede aplicarse lo dicho por Muschg: “los poetas no sólo han creado la cultura, sino que una y otra vez la aniquilaron, cuando les pareció poco vital”. La obra del gran poeta pampeano, escondida o en circulación, pertenece a un fondo común de la humanidad.

 

▼Secciones

 

 

ENTREVISTA / BUSTRIAZO ORTIZ

•Por Andrés Cursaro

 

Lo conocí personalmente hace tres años, cuando, invitado por el poeta Bustriazo Ortiz nació “en Santa Rosa de Toay el 3 de diciembre de 1929. Sietemesino. Me contó mamita que me quiso dar la teta y, claro, como yo era sietemesino, no tenía leche ella en las tetas, probecita. Había una señora que había tenido un bebé y ella me dio de mamar”, cuenta sentado a la mesa del pequeño comedor de su casa. “Nací un lunes a las once de la mañana en momentos en que El Molino Werner tocaba la sirena. Era costumbre tocar la sirena a esa hora: exactamente a las once de la mañana. Y aparecí yo”.

 

En tus poemas nombrás pueblos y parajes de La Pampa y de otras provincias de la Patagonia. ¿Estuviste en todos ellos o simplemente los nombraste sin conocerlos?

• Los conocí. Es que vivimos en distintos lugares porque papito era oficial de policía y lo trasladaban cada tanto, y yo iba con mi mamá y mi papá. Lo trasladaban a otros pueblos. El era oficial ayudante. Yo también fui oficial ayudante de comunicaciones. Radiotelegrafista.

 

También tuviste otros empleos…

• Fui ayudante de topógrafo, con Edgar Osvaldo Juan Morisoli Renel. Con
Edgar recorrimos varios lugares, porque él es agrimensor. Yo llevaba la mira, que es una tabla larga. Todo esto fue cuando Morisoli anduvo haciendo mensuras en La Pampa.
También he estado en el diario Río Negro, trabajando como corrector. Yo era corrector de pruebas, sobre todo del diario La Arena, fundado por el finadito Raúl Isidro D’Atri. Ahí nos juntábamos con algunos músicos, estábamos ahí siempre. Estaba Saúl Santesteban, que vive todavía, y está casado con una higa de don Raúl D’Atri: Mirna D’Atri. Saúl es el actual director del diario La Arena. Una vez yo le di un poema que era una zamba y Saúl Santesteban, que tenía un bandoneón y tocaba muy bien, le puso música.

 

Me contaron que siendo muy joven te fuiste a trabajar lejos de Santa Rosa.

• A los 19 años me fui a Santa Isabel, fue mi primer destino como radiotelegrafista de la policía. Me trasladaron a ese pueblo. También anduve por Puelches; ahí estuve en la casa Curacó y compré –la que yo extraño siempre, que la tiene Nelita Alvarez, la hermana de Juancho Alvarez- mi tazona, una taza hermosa, antigua. Se la compré al señor Franciso Feliciano Marrón Lara, ahora no me acuerdo en cuánto me la vendió. La usaba para la sopa, generalmente.
También anduve mucho por los médanos de Santa Rosa buscando restos indígenas porque a mi me apasionaba mucho la arqueología. Hubiera querido ser arqueólogo. Y de algún modo, no siéndolo, recogía piedras, restos de alfarería. Siempre se encontraban en los médanos. Todo lo que iba juntando lo guardaba en mi habitación. Era una habitación que parecía un museo: sobre todo tenía piedras, puntas de flecha.

 

¿Cómo estaba compuesta tu familia?

• Tengo tres hermanas que viven y un hermano fallecido. Son todos menores, yo fui el primogénito. Yolanda Violeta, la mayor de las mujeres; y después siguen Ida Isabel y Juana Manuela. Mi hermano se llamaba Roberto, falleció hace poco. Mi papá se llamaba Carlos y mi mamá Vicenta.
Yo estuve siempre con mamita y papito hasta que fallecieron. Primero falleció papá, a los 74 años. Después falleció mamita, a los 82 años. Ella me preguntaba: “¿cuántos años tengo yo Negro –ese era mi sobrenombre de siempre, de chiquitito, desde que nací-?”. Y yo le decía: “mamita, vos tenés 82 años”. “No, yo no tengo 82 años”, decía y se ponía a llorar; entonces le decía “no mamita, vos tenés 52 años” y se ponía contenta mi viejita. Vicenta Ortiz Ñañes o Viecenta Ortiz Pardiño, ese era su nombre.

 

¿Estudiaste formalmente en alguna institución?

• Fui a la escuela, aunque hice hasta sexto grado solamente. Pero luego he leído mucho. Sobre todo de literatura. Siempre me gustó mucho la literatura; la novela no. Digo literatura cuando hablo de poesía. Siempre me gustaron los poemas, y he leído mucho. Y, además, escribí los 76 libros que he escrito.

 

¿Y cómo te relacionaste con la poesía?

• No tengo presente cuándo fue que empezó a interesarme la poesía. Sí recuerdo que yo era niño aún y apareció un anciano con un rollo de papeles escritos y le dijo a mi mamá que yo iba a ser poeta. ¡Y fui poeta! ¿Quién era ese anciano? No sé. Tiene que haber sido algún escritor, algún poeta. Qué lástima que no se me ocurrió preguntarle quién era, yo era un niño y no se me ocurrió. Qué notable eso, ¿no? Con un rollo de papel escrito estaba ese anciano. Me vio y vio mi futuro.
Misterioso, ¿no?

 

Varios de tus poemas están fechados en El Temple del  Diablo ¿Qué  recuerdos tenés de esa peña?

• El Temple del Diablo era una peña hermosa, un lugar hermoso. Allí tocaba la guitarra mi querido amigo, el finadito Guillermo Jesús Mareque. A él le enseñó el Temple del Diablo el indígena don Juan Huala. A la peña le pusieron ese nombre por un poema mío. En ese lugar nos juntábamos todos, muchos amigos míos. Enriquito Fernández Mendía, mi amigo de siempre, era uno. Con él recorríamos los boliches y donde llegábamos nos convidaban un vaso de vino tinto.
Anduve por todas las peñas que había: El Camaruco, La Querencia, el Boliche de los Cabrales, de mis amigos Juan y Carlos Cabral. Ese boliche quedaba un poco lejos, para el lado de Villa Parque y yo me iba caminando. Nunca aprendí a manejar autos y a caballo tampoco andaba, solo anduve cuando hice el servicio militar.
Había otra peña que se llamaba El Encuentro, que empezó a funcionar en forma contemporánea al Temple del Diablo.

 

Mucha  gente de Santa Rosa recuerda haberte visto caminando en las madrugadas con un maletín en tus manos.

• Es que yo salía a caminar en la noche, en las madrugadas. Andaba yo con mi linterna y cuando venían los perros los alumbraba y se asustaban y corrían. Y por ahí venían tipos extraños, delincuentes, me saludaban: “buenas noches, maestro”, me decían; “buenas noches”, les decía yo y seguía caminando lo más tranquilo, jamás me faltaron el respeto, ni me tocaron ni me golpearon nunca, nunca. Hasta los perros me conocían!
Andaba yo por la noche, recorriendo las peñas. Y después me iba solo por ahí a buscar inspiración. Y ahí nacían los libros. Me acuerdo que me venía la inspiración de arriba, como que me bajaba del cielo y yo escribía sin ningún error ortográfico. Después, cuando estuve internado en psiquiatría, la querida, entre comillas, doctora Rivarola Latini con remedios, o qué sé yo con qué, me robó la inspiración, me destruyó la inspiración y ya no pude escribir más. Intenté escribir varias veces, pero ya no tengo inspiración.

 

¿Cuándo comenzaste a tomar alcohol?

• Tomé vino desde joven, recuerdo que a los 19 ya tomaba. A papito también le gustaba el vino. El le ponía vino a la sopa, vino clarete. Y yo también hacía lo mismo que papá.
Después tuve mi vasito largo, que tenía una tapa de plata. Yo tomaba vino des- de muy joven. El vino blanco nunca me gustó. Siempre el tinto tomé. Y ginebra, pero Bols. La ginebra Llave no me gustó nunca. La Bols sí, que rica. Ginebra Bols y vino tinto, y nada más; pero, bueno, también he tomado grapa y otras bebidas blancas, casi todas las bebidas blancas que se toman en el país: caña fuerte, Legui; que se llama así por Leguizamo. Y cantábamos: “Leguizamo solo/ gritan los guapos de la popular”.

 

Después, con el tiempo, cuando andabas ya por  las noches, dicen que eras un buen bebedor…

• Mirá, hubo una época que tomaba tanto, pero tanto, unos siete litros de alcohol por día, pero no me hacía mal nada, nada. Después perdí esa facultad y cuando quise beber mucho me agarré una curda terrible! Dicen que yo tenía una técnica para no emborracharme, que al tomar vino lo “masticaba” para que las papilas gustativas no se impregnaran con el alcohol. Eso dicen, pero yo no estoy seguro de eso!

 

¿Me podés contar eso  que decías recién sobre la inspiración que te dictaba los poemas?

• La inspiración bajaba del cielo. Y el vino no tenía nada que ver con eso. Era algo que me venía de arriba, como si Dios me la mandara. Era como si alguien me dictara los poemas y hasta los títulos de los libros.
En el caso mío, la inspiración me venía de arriba. Yo sentía que me dictaba los poemas. Venía todo en orden perfecto: título del libro y los poemas. Los poemas hablan de muchas cosas, incluso de cosas que me han ocurrido a mí. De tantas cosas me hablaba la inspiración. Tanto que yo escribí 76 libros. Aunque no se sabe exactamente cuántos fueron los libros que escribí. Yo enumeraba los libros, les iba poniendo el número que correspondía.

 

¿Cuáles eran tus lecturas en aquellos días?

• Leía fundamentalmente a poetas. A Dylan Thomas, por ejemplo. El poeta de Nueva Galia, que después se fue a vivir a Estados Unidos.
He leído a todos los poetas que han llegado a mis manos. Los amigos me prestaban libros, revistas. Y también iba a alguna biblioteca a leer. Leía mucho a los poetas líricos. Y mi poesía es fundamentalmente lírica. También me gustaba Whitman.
Conocí a Manuel J. Castilla, que escribió la Zamba del río robado. También vino el poeta lírico puntano Raúl Estaban Agüero, a quien le dediqué un poema.

 

Tus poemas llegaron a la gente. ¿Crees que sucede porque se ve reflejada en ellos de alguna manera?

• No sé porqué a la gente le gustaba mi poesía. Será porque le llegaba o por la forma en que yo leo. Parece que estuviera cantando yo cuando leo mis poemas. Eso lo sé porque he escuchado grabaciones leyendo mis poemas. Como si cantara, así leía. Debe ser por el ritmo de los versos, tal vez.

 

¿Por qué no tenés los libros que escribiste en tu poder?

• Cuando estuve internado en el hospital me hicieron firmar un papel en el que dice que yo cedía mi obra. Yo le di mi obra para que me la cuidara a la señora Dora Delia Battiston Martino, ahora viuda de Jaquez después de la muerte del Guri. Yo los conocía desde mucho tiempo antes, ella era mi comadre y el Guri era mi compadre. Yo era el padrino de sus hijos.
Cuando salí del hospital estuve un tiempo en la casa de la Asociación Pampeana de Escritores. Y al tiempo me casé legalmente con Lidia, porque mis colegas me querían dejar en la calle. Entonces, para conseguir una vivienda nos casamos con Chiquita y estamos vivienda acá. Ella me cuida, sin pastillas ni medicamentos.

 

¿Eso fue en tu última  internación? ¿Cuántas veces te llevaron al hospital?

• No me acuerdo cuánto tiempo estuve internado la última vez. Me internaron porque me había cortado las venas para suicidarme. Pero me salió un poquito de sangre, nada más! Según me dijeron, estuve varias veces en el hospital.

 

 

Bustriazo Ortiz

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BUTRIAZO ORTIZ/ CON SU PROPIA VOZ

 

“Hereje, bebedor de la noche” es  el  título  del  disco compacto que comenzó a distribuirse en estos días. En el disco, el propio Juan Carlos Bustriazo Ortiz lee  29 de sus poemas, varios de ellos aún inéditos y otros desconocidos.
Las grabaciones, “halladas en  las  noches herejes de Santa Rosa, La Pampa,” fueron cedidas por  el autor al poeta Andrés Cursaro, quien realizó la producción y edición del  disco para Espacio Hudson.
Entre los poemas registrados por  Bustriazo Ortiz se encuentran textos de los libros “Aura del estilo”, publicado en 1970; de “Quetrales. Cantos del  añorante”, de 1961, publicado en 1991; del “Libro  del  Ghenpín”, de 1977, publicado en 2005; de “Aires de cobre y sal”, de 1954-1963, todavía inédito; de “Elejías de la piedra que canta”, de 1969; “Unca bermeja”, publicado en 1984; y de “Caja amarilla”, de 1973-1974, también inédito. Además, se incluyeron ocho poemas desconocidos que no  pudieron ser ubicados en los libros escritos por el gran poeta pampeano. La publicación de “Hereje, bebedor de la noche” se  presenta a modo de adelanto de la  antología poética “Herejía bermeja” que Ediciones En Danza  publicará en breve.
El Extremo Sur presenta algunos de los textos inéditos que integran el CD.
“Y aquí  estoy  yo, pensoso  y descendiente...”

 

Andaba yo por la noche

Andaba yo por la noche la boca en nostalgia y brasa la boca sin boca vivo es
un decir socarrada andaba yo por la noche olor a Toay en el alma en mi alma digo
ese ruido que llevo adentro y es agua andaba yo por la noche la noche que pierde
o salva cuando entre médanos negros blanqueó un boliche fantasma andaba yo por
la noche la noche que besa y pasa a tranco y tranco y a penca y con el agua por
ánima andaba yo por la noche olor a Toay a oscurada entre los médanos negros
y un ruido ruido del agua un vino Juan? una yesca? un humo de hierva santa?
ya van tres lunas que estoy gastando esta mesa parda solito de yesca en yesca la
frente de niebla larga los ojos de estar callados en la andadura de mi alma un vino
una yesca Juan? el humo deshilacha!

 

Y anduve por el monte (*)

Y anduve por el monte lejos de fieros ruidos de hervideríos agrios anduve de
en sí mismos monte color del humo de leñasal tañido boca del monte anduve oh
fuego piquillino rescoldo brasa fina luz para el asadito piche pella rosada soleando
sorprendido de enjundia zulupera y escudo quemadito niña de monte anduve y
monte te lo escribo monte para mis hambres y monte para el vino en su oscurosa
bota de pez y vientre herido

 

Yo estoy siempre de piedra

Yo estoy siempre de piedra verdosa y bermejita y en mí se caen sus ojos se
aduermen sus cenizas no sé si me recuerdas yo anduve por tus días pozo para el
tabaco quemado y brasa fría yo no salí de manos del hombre niña niña fue dios el
que me hizo de furias primitivas pétalos de volcanes corolas durecidas y el que me
trajo anduvo lejoso en las orillas de un río colorado neuquenches mismahuidas sus
ojos no me pesan oh! niña sus cenizas!

 

Cuánto hace que no majo

Cuánto hace que no majo que hiero mis papeles para escribirte madre el ruido
de mis sienes qué cosas de mi frente y qué de qué mujeres en mi clavel enjuto mis
vinos que te duelen? como cien piedras hace como diez mil caldenes que no te
escribe mi alma mi cáscara enyesqueres qué sabe de tu hijo de sal de aluneceres?
te acuerdas de su ombligo te gimen sus ayeres sintiendo tajalmente su lloro por
tu vientre? y estás en la cocina ruidor de ruidos fieles tan cerca de mi pieza de
adivinar oh eres? qué sabes de mi niebla de mi humo de este temple del diablo que
me empenca qué sabes de mis muertes qué sabes de mis idas de mis venidas yeles
qué sabes de mi arrope de su cuajor batiente? y estás y tan cerquita te saben mis
paredes tan bien sabes mis hambres me guardas sopas mieles y ya en mi lecho me
hallo para que me deshuesen para que me hables niña para que madre llegues para
no sé oh! niña qué madre qué sonriente

 

Cuadragésima Cuarta Palabra

Bardo Juanllanca nunca digas nada
que allá en el Sur cambiaste tu tierna alma
para envejecer virtud con tu palabra
para engendrarle un brujo a la guitarra
un brujo de oro del quitral de agua
o esa mazorca de brujillas blancas
de cabelleras ennochebrunadas
que te preguntan tuánimaytuánima
tuánimajuanjuantuánimaytuánima?
Allá en los Berros fue o allá en Campana
Mahuida o no tal vez en La Ventana
Tan de curá en curá de rayén de ala?
Ríanreían con sus rostros de águila
los brujos dueños de la Salamanca
Fue un viernes pardo cuando escarchillaba
y los matuastos se tornasolaban
pipas de piedra humeaban y en sus matras
las almas presas salsalsalmodiaban
Bardo Juanllanca nunca digas nada
que allá quedó nevándose tu alma
(Hoy, no sé en qué día, y en voz muy baja.)

 

La siesta es una piedra (*)

La siesta es una piedra de corazón saloso de su venilla de oro se escapa ese
palomo que busca su paloma que está de fino lloro y el medanal se anubla se aletazula
qué hondo! el medanal se enrosca ensimismado toro que aduerme sus pezuñas
el medanal quietoso así es la siesta niña! este murmullo cósmico este lejal latido de
mundo soleroso bajo pincel su siesta la niña de sus ojos este ganoso beso de brizna
y algarrobo

 

Agonial uno

Pan de dios de la luna de la música cuasi postrera alimento perdido
pan de tu leche friolenta frente al fuego te mueres esta agonía se
llama vino tuyo se llama osamenta de miel no bajes más a buscarme ni
pasa ré por tus espumas infantil encaranchado niño grande pan entre
bayo de tu cola asustada pan de tus cuerdas tremolantes de tus desquitadoras
hermosísimas conmigo con el que vela las pisadas oh noches
recipientes oh pedúnculos manjares recintos consumados las larvas de
las estrellas las movedoras de los mundos venus palpitanosa en llamaradas
oh mi simiente muerta mis lanzas menguantes y mojadas por retintos
rocíos ni sabe qué el bermejón de mi muy mucha lengua enmohecida
pan del diablo del vientre de tu loquez sonrosada y pan de tu sonrisa
de nuca sobre lo más abajo o contra lo sin cuerpo el cuasi pájaro
de tus divorciaciones de niebla y ambrosía pan del montículo de
tu centro viviente en lo desnudo de tus catástrofes perfumadas musa
mi renegrida pan de lo que me queda hasta las hecatombes de tu flor:
(t., para cristina prado y azucena carrizo.)

 

Agonial dos

Esperas que baje el ángel de los alerones sarmentosos el santo de
cáscaras de los montes overos el ángel de maderas voladoras el santo
pájaro de lomos endoloridos punzados por el sol de cogote azafrano
esperas que se te acurruquen en el oído y te envihuele y te envihuele
con tréboles amarillos esperas que baje el ser de rodillas imantadas
el roedor de las bayas desmoronadas esperas que venga entre zumbidos
verdes el rumoroso comedor de la leña-de-vaca la ganosa hembra del
pecho colorado el ángel de pies comidos las muchachas que ríen en las
tripas esperas al santo de los ponientes el achicharrado pájaro del
corazón esperas al ser que mengua el que bordoneará tristes viudos
vidalitas partidas del ángel violeta para hechizarte la gaucha boca
al santo pájaro de bullonas chauchas el ser que va sembrando como un
oculto matrero ceremonioso solitario los hijos de los caldenes moribundos
ajenados la delación del cuerudo el pistoletazo fragoroso el
aullador ensartamiento la despedida de la vicenta a dónde irás con este
sol más allá de las bendiciones más acá de los juramentos más afuera
del ve ladito más adentro de las lloronas el ángel con el color de
otro aire?
(t., para negrita turnes.)



 

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines
N°3 Setiembre de 2007

•Presentación por Cristian Aliaga
•Entrevista por Andrés Cursaro

Especial para Confines - El extremo Sur

 

Setiembre de 2007
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