FERNANDA PEÑALOZA

Fernanda Peñaloza es investigadora y docente de estudios latinoamericanos en la Universidad de Sydney. Cuenta con varias publicacione sobre relatos de viaje, la tradición estética y el discurso antropológico, especialmente con relación a la Patagonia argentina en el siglo XIX. Actualmente trabaja en una monografía sobre las relaciones chileno-argentinas en el contexto de la construcción de la frontera sur. Otros proyectos suyos incluyen la inmigración latinoamericana en Sydney y la conceptualización de los saberes indígenas en Chile y Argentina. Tras graduarse como Licenciada en Ciencias de la Comunicación en la UBA, cursó una maestría en teoría crítica y estudios culturales en la Universidad de Exeter, Inglaterra y completó en la misma institución su doctorado sobre viajeros británicos en Patagonia. Durante cuatro años formó parte del departmento de estudios latinoamericanos y del Centro de Estudios Culturales Latinomaericanos en la Universidad de Manchester. Actualmente coordina SURCLA (Sydney University Research Community for Latin America), una red de investigación y de difusión académica cuyos objetivos son ampliar el programa de estudios latinoamericanos en la Universidad de Sydney, crear vínculos con la comunidad latinoamericana residente en Australia y establecer un foro permanente sur-sur entre ese país y América Latina.


 

 

“Las crónicas de Asencio Abeijón conforman uno de los primeros y más logrados intentos por trazar un mapa narrativo patagónico desde ´adentro’, en oposición a la mirada desde afuera de la tradición literaria de los viajeros” remarca un estudio realizado en la universidad de Sydney.

Abeijón

Cuando el viajero se convirtió en carrero

A lo largo de la tradición ensayística argentina abundan expresiones de admiración por las descripciones que hicieron los viajeros ingleses del hábitat del gaucho, sus costumbres, y la vastedad de la pampa. La cita más célebre proviene, inevitablemente, de Jorge Luis Borges: “Percibir o no los matices criollos es quizá baladí, pero el hecho es que de todos los extranjeros (sin excluir por cierto a los españoles) nadie los percibe como el inglés” (cit.140 Martínez Estrada). Coincidiendo con esta opinión, En muerte y transfiguración de Martín Fierro (1948), Ezequiel Martínez Estrada sostenía: “El escritor y el poeta argentinos no lo han visto, ni sentido...El paisaje del gaucho es topográfico, no pintoresco. Lo considera como lugar: distancias, caminos lomas, bosques, sierras, lagunas” (106).

por Fernanda Peñaloza

Lo que surge de esta cita de Martínez Estrada es la dicotomía lugar/paisaje, habitante/visitante. Este juego de oposiciones binarias resulta un interesante punto de partida para analizar la figura del cronista en la literatura de viajes. Los cronistas más visibles en la tradición de literatura de viaje sobre la Patagonia argentina son, sin lugar a dudas, los dos Robertos: J. Payró con su Australia argentina (1895) y Arlt con su En el país del viento (1934). Hay una tercera figura, claramente menos conocida, que escribió fuera del epicentro literario porteño: Asencio Abeijón. Abeijón nació en 1901 en Tandil pero vivió gran parte de su vida en Comodoro Rivadavia hasta 1991, año en que falleció. Si bien publicó varios libros después de Memorias de un carrero patagónico (1971) éste es el más reconocido en su trayectoria. Sin duda, los dieciséis relatos reunidos en el libro conforman uno de los primeros y más logrados intentos por trazar un mapa narrativo patagónico desde “adentro”, en oposición a la mirada desde “afuera” de la tradición literaria de los viajeros.

En el prólogo de la edición de 1994 de Memorias de un carrero patagónico, Osvaldo Bayer  afirma:

Mi mejor manera de sentirme en esas amadas tierras de la Patagonia argentina y chilena es de vez en cuando leer en voz alta algunos renglones de Abeijón y otros del chileno Coloane [...] Y ya mi querido Joseph Conrad ha empezado a juntar polvo, no lo necesito tan seguido (11).

En cierto sentido, siguiendo las palabras de Bayer y ampliando los alcances de la dicotomía lugar/paisaje de Martínez Estrada, podemos entender a las crónicas de Abeijón como una narrativa que simultáneamente borra y reproduce las huellas de la tradición decimonónica de la literatura de viaje, intentado, en el proceso, imprimir sus propias marcas retóricas.
Fue el propio Bayer quien introdujo a Bruce Chatwin al mundo de Abeijón. Si bien, de acuerdo con lo que afirma Nicholas Shakespeare en su biografía del célebre periodista inglés éste apenas balbuceaba castellano, al parecer, leyó la obra de Abeijón y afirmó en In Patagonia (1977): “All along the Southern Andes you hear stories of the bandoleros norteamericanos. I have taken this one from the second volume of Memorias de un carrero patagónico” (1). A esa confesión, fabulada o no, le sigue la historia de Butch Cassidy y su esquivo encuentro con la ley. Esta apropiación que hace Chatwin de Abeijón es pocas veces recordada e ilustra, elocuentemente, que el tráfico de influencias literarias sigue siendo pensado en el eje norte-sur, pocas veces a la inversa. Sin embargo, la influencia de Abeijón en Chatwin, es indudable y se nota en esa fragmentada visión de instantáneas de Polaroid en la que personajes e historias se entrecruzan fugazmente. En cierto modo, se puede leer In Patagonia como la versión extranjerizante y extranjerizada de los habitantes de la Patagonia. Mientras que en Chatwin prevalecen imágenes de europeos convertidos en “salvajes” por las misteriosas leyes de la vida patagónica o “salvajes” extinguidos por la brutalidad del evolucionismo, en las crónicas de Abeijón abundan personajes patagónicos algo más creíbles, menos monstrousos, más humanos. Tal es el caso de los tumbiadores y chulenguiadores, mezcla de criminales, pioneros y buscavidas. A través de estos personajes, Abeijón relata capítulos fundamentales de la accidentada historia patagónica: el descrubrimiento de pozos de petróleo ensanchando los bolsillos de muchos en forma casi milagrosa, los vuelos en avioneta prometiendo una tajada de modernidad a las estepas, el caos institucional y político en el que las víctimas y los victimarios se confunden, los incendios devastadores imposibles de controlar, y los errantes trabajadores rurales y cazadores furtivos que se las ingenian para sacar algo de donde ya no hay. En esta Patagonia, en la de Abeijón, también, como en el remake de Chatwin,  abundan immigrantes españoles y estancieros que hablan con acento alemán o inglés, pero en estas crónicas, no se priviligia una historia sobre otras, todas convergen en una trama multidimensional, cuyo único enlace es el cruel encanto de una tierra ingrata, casi cruel, pero imposible de abandonar.

 

La geografía de Abeijón

Con respecto a cómo Abeijón construye la geografía patagónica, Jay Logan afirma que el autor “reinterprets Patagonian historical and geographical reality by basing his texts on the vindication of Patagonian silences” (66). Esto es en lo que realmente resulta interesante pensar: esta “mirada desde adentro” que correspondería a la del habitante preocupado por el devenir cotidiano que tanto critica Martínez Estrada. En la tradición decimonónica en la que los viajeros ingleses son verdaderos protagonistas, la Patagonia aparece despojada de referencias históricas, políticas, económicas y sociales, y se transforma en un gran vacío, un territorio de mitos y fabulaciones que sirve para explorar las posibilidades narrativas de  un espectador que, viajando por un territorio que lo conmueve profundamente, explora más que nada a sí mismo. El mito del fin del mundo, de un paisaje que no pertenece a nadie, alimentado por la “desinteresada” contemplación estética del paisaje en la literatura de viajes, excede el campo discursivo y tuvo consecuencias históricas y políticas que justificaron violentos procesos de exclusión que dejaron fuera del proyecto Estado-nación a los pueblos originarios, una deuda histórica que no aún no está saldada.
En una mezcla de imaginario y fantasía, de inconmensurabilidad y lejanía,  las voces de los viajeros y exploradores británicos –Robert FitzRoy, Charles Darwin, George Mustres, Florence Dixie- se entregaron a la Patagonia para contemplar, sobre todo, a su propio “yo” avasallado por lo sublime. En la lista se puede incluir tanto a la galesa-patagónica Eluned Morgan como al anglo-argentino Guillermo Enrique Hudson, pero también a Perito Moreno que, con admiración casi vergonzosa, procuró imitar a sus héroes FiztRoy y Darwin y por lo tanto él también coqueteó con la experiencia kantiana de lo sublime y la autoafirmación de un yo que triunfa heroicamente tras darle pelea a un paisaje que parece infinito. En estos textos la viajera o el viajero es un sujeto estupefacto, suspendido en lo sublime de un territorio que se niega a ser poseído, que sólo puede ser contemplado en perpetuo estado de asombro.  Sin urbe, sin civilización, sin modernidad, Patagonia se erige en estos textos como la metáfora más perfecta de lo sublime. Moreno, a diferencia de sus predecesores, domina a lo sublime con su deber patriota que, en un complejo juego retórico, le permite poseer lo inalcanzable.
En este sentido, los relatos de Asencio Abeijón implican una redirección en la representación de la Patagonia que sólo puede verse en la mal llamada literatura regional.  La estrategia discursiva del autor de Memorias está basada en una inversión de voces: el “Otro” ignorado en los relatos de viajes se transforma en narrador. Esta herejía discursiva no sólo implica que el “Otro” se posiciona como narrador, si no que además se apropia de las convenciones del género literario para revertirlas. La mirada de Abeijón sobre el paisaje patagónico es una mirada anti-sublime en la que la aridez de las mesetas se puebla de estancieros, carreros, peones, criminales y tumbiadores que no contemplan el paisaje, si no que sufren el lugar.

 

Lejos de la sublimación

El territorio narrativo de Abeijón le da la espalda a la contemplación estética: el paisaje no es sublime. Para los personajes de Memorias, las características topográficas de la Patagonia son un obstáculo y los hombres y mujeres que viven en él no lo disfrutan mediante las embriagadoras dosis de dolor/placer que evoca lo sublime, simplemente, lo padecen. Por ejemplo, en el relato titulado “Viajando de cara al vetarrón”, Abeijón describe cómo los habitantes se las deben ingeniar para sobrevivir a los fuertes vientos patagónicos:

Siempre, como acompasados por el bramido, se suceden los ruidos más diversos: golpeteo continuo de los látigos colgados de los elevados pescantes de las chatas; rodar de tachos vacíos de un lado a otro; repiqueteo de millones de granos de arena al estrellarse contra todos los objetos, empujados con furia por el viento, semejando una fuerte granizada. Algunos alcanzan a tomar café con tierra y comer un bocado de asado medio frío, casi crudo, cuya arena les hace rechinar los dientes, y se apresuran a recoger sus cosas para colocarlas sobre los carros. (58 - 59).

El viento parece venir del mismísimo Infierno, sin embargo nada interrumpe la jornada, los carros siguen su camino. No hay tiempo para la meditación, ni la contemplación: los viajeros deben volver al camino que el viento desdibuja sin clemencia.  En este breve relato, Abeijón dramatiza los efectos de una naturaleza todopoderosa, amenazante pero que no invita a la contemplación estética y en consecuencia, no es sublime. La representación de la Patagonia se “humaniza” porque Abeijón expresa, con los prejuicios de género que corresponden a su época, un alto grado de empatía y compasión por quienes sufren los castigos del viento:

En esas noches de pesadillas que se prolongan por días o por semanas seguidas, solo los muy habituados duermen casi normalmente. En las mujeres el ventarrón produce efectos nocivos. Una gran depresión de ánimo, con crisis nerviosas, e histéricas y nostalgia de pagos y familias, con convulsión de llanto que tratan de evitar. Y más de un hombre novicio se tapa la cabeza con las pilchas, para verter lágrimas acobardado por la continuidad del viento (65).

La Patagonia es un territorio en el que no sólo el viento se desata sin control, sino también las leyes. Creando una imagen anárquica, Abeijón parece afirmar que toda clase de criminales disfrutan del privilegio de vivir de acuerdo a sus propias reglas en un territorio escasamente poblado, en el que ley con mayúscula no significa nada. Abeijón describe a los criminales diciendo que son: Un producto de la mezcla del aventurero de la conquista con el indio bravío del desierto (124). De esta breve alusión a los pueblos originarios, observamos que Memorias, al igual que los relatos decimonónicos británicos peca de las trampas de entender la diferencia cultural en términos de inferioridad, por eso en esta frase los pueblos originarios son sinónimo de barbarie. Sin embargo, lo que diferencia a Abeijón del resto, es que también son bárbaros los aventureros porque ellos son los conquistadores, los que toman posesión sin pedir permiso. De este modo Abeijón subvierte el discurso colonialista hegemónico al invertir la clásica oposición binaria civilización / barbarie. En Abeijón el aventurero, es decir el civilizado, se vuelve bárbaro. El autor transgrede las fronteras narrativas impuestas por la tradición que lo precede explorando nuevas posibilidades de representación que tiene, en cierto sentido, una afiliación con la irreverente mirada de Lucio V. Mansilla en Excursión a los indios Ranqueles.
Las crónicas de viaje del carrero-escritor-periodista constituyen una experiencia exploratoria, una búsqueda de posibilidades hacia  y desde el interior de una Patagonia poblada de anécdotas y personajes singulares. De Memorias, emerge un retrato nostálgico de una Patagonia, dibujada con sentimiento a veces patríotico, otra veces crítico. Sin pretensiones de habitante metropolitano, Abeijón procura dar espacio discursivo a los que resisten los embates del viento, a los que quedan después del paso fugaz del viajero, a los que se encuentran al margen del estado y sufren las incumplidas promesas de modernidad.

 

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines
N°29 Julio de 2010

•Por Fernanda Peñaloza
Sidney, Australia

Especial para Confines - El extremo Sur

 

 

Julio/Agosto de 2010
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