Ha muerto
Ángelamente

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pasan tréboles locos lirios lámparas
pensativos oréganos desnudos
yo me tengo que ir y no me vienes
en tu infiélido carro de diamantes
esqueletos de peces y guanacos
yo te quiero besar enmuertamente
calcañares mugientes sacros clítoris
calcinados calzones y no llegas
yo te quiero besar crucificada
pasan culos fastuosos yo te extraño
coxis bellas orejas escarlatas
y me tengo que ir ángelamente!


Juan Carlos Bustriazo Ortiz

 

El gran poeta murió el 1° de junio en la pampa, donde había nacido en 1929. El aura de inaccesibilidad, rareza o misterio que acompañó largamente a su obra comienza a ser reemplazado por la admiración y el reconocimiento.

Bustriazo Ortiz ha muerto

Bustriazo Ortiz ha muerto. Deja sin revelar el enigma de su mirada profunda, intensa, irónica y pura a la vez, y una obra impar, que no admite comparación con ninguno de sus contemporáneos. Quienes lo conocimos vimos parte de su aura, su magnetismo, sus ojos que abarcaban otros mundos aunque estaban en éste. Él sufría intensamente ante el recuerdo de cada amigo muerto. Ahora él es el muerto que recordamos con congoja mientras nos aferramos a su poesía sin fin.

por Cristian Aliaga & Andrés Cursaro

Bustriazo ha viajado por el fondo de la región pampeana: puestos, estafetas, campos perdidos de la civilización, obradores de Vialidad y boliches–como el legendario “Temple del Diablo”– han sido su país natal. Baqueano de caminos, parajes y rastrilladas, autodidacta y erudito, nómade en su territorio, siempre en los márgenes, desde sus tiempos de telegrafista en Puelches, como trovador errante, prendado de peñas folclóricas, bares, peñas, extramuros, mujeres de la vida. Él mismo invocaba al “Ghenpín” (hechicero) al comienzo de uno de sus libros: “ordénoles hacer la Magia!”, dice, imperativo. Y la Magia se hacía.

En 1988, mi primera reacción ante la obra de Bustriazo fue el desconcierto. No frente a la altura de su poesía, sino al comprobar que la obra permanecía extrañamente confinada,  fuera del alcance de su propio autor y también de sus potenciales lectores. El diario La Arena lo decía sin vueltas en 1968: “escándalo es que una obra que a la fecha totaliza más de 17 volúmenes de poesía –en 2010 son más de 60– permanezca casi inédita, al menos en su cuerpo mayor y trascendente. Escándalo y vergüenza sólo explicables a la luz –a la sombra– del mezquino esquema de ‘trenzas’ y prevenciones extra-artísticas que caracterizan en nuestro país tanto a la conducción oficial de la cultura, como a la política editorial de los grandes sellos”.
Sólo había leído “Unca bermeja” en la edición de la Universidad de La Pampa cuando establecí contacto con Bustriazo Ortiz en 1988, a través de Juan José María Alvarez. Intercambiamos correspondencia con Bustriazo desde entonces, y recibí de sus manos “Elegías de la piedra que canta”, “Aura del estilo”, “Los poemas puelches” y “Quetrales”. La búsqueda de los numerosos textos inéditos mencionados por Bustriazo en su correspondencia, y detallados por él mismo con leves variaciones en las últimas páginas de sus manuscritos y folios resultó muy difícil. Me impresionó la noticia de que el poeta carecía de los originales de gran parte de sus propias obras.
Debo al poeta Miguel de la Cruz el conocimiento de una parte esencial de la obra “secreta” de Bustriazo Ortiz, en particular aquellos libros que escribió entre 1971 y 1977, y constituyen a mi juicio el período más extraordinario de su producción.  En 1997, con la ayuda invalorable de de la Cruz, obtuve varias de las obras inéditas del maestro, mecanografiadas en un papel para copias que ya no se manufactura.

El trabajo de Sergio De Matteo, director de la revista “Museo Salvaje” de La Pampa, ha resultado fundamental para abrir el círculo en torno de Bustriazo Ortiz. Junto a él y el poeta Andrés Cursaro hemos relevado archivos, documentos y testimonios acerca del “Flamenco Bustriz”, como solían llamarlo sus antiguos amigos. 

El diálogo personal sostenido en los últimos años con Bustriazo Ortiz y con su esposa Lidia Hernández, las visitas periódicas a su casa y las jornadas Canto Quetral organizada en su homenaje nos permitieron elaborar proyectos de edición, presentaciones y lecturas del poeta –como las que realizó en Santa Rosa y Neuquén con la coordinación de Cursaro y De Matteo, y en Rosario merced a la generosidad de Osvaldo Aguirre– después de décadas de silencio público en La Pampa.

 

El poeta adictivo

Notas y breves antologías publicadas desde mediados de los años ’90 en Comodoro Rivadavia y Buenos Aires avivaron el interés por esta obra fascinante y desconocida. 
La recepción de la poesía de Bustriazo Ortiz opera en círculos concéntricos. De mano en mano, fotocopias pasan entre estudiantes, folkloristas, escritores que peregrinan a Santa Rosa, cineastas, blogueros, pintores y gentes de toda laya, cruzan sitios en la web, ejercen magnetismo poético de uno en uno. BO es adictivo, la sustancia única es esa obra inclasificable de la que él mismo no hablaba.

Bustriazo no puede ser tomado meramente como curiosidad; o símbolo de abandono u olvido. Tampoco como un caso de mera excentricidad, aunque encarnó con precisión a quienes son capaces de desarrollar obras de inmenso valor a espaldas de cualquier “centro” consagratorio, urbano o dador de prestigio. No puede rozarlo ningún sentimiento cercano al abandono, porque su apuesta como creador estuvo dotada de lucidez y dignidad conmovedoras: su magnetismo es irresistible, y fue ejercido desde el silencio.

Ha sido el Poeta, excluido por partida múltiple, un recalcitrante calcáreo, negado a cualquier sinsentido del color local o distracción que lo aleje de su pura materia. No toleró relaciones que lo separen de su lenguaje, que fue su genio.  El Recalcitrante perpetuo, ojo de lente con ángulo de 360 grados, distorsionado pero exacto. En su caso no hablaría de  ninguna renuncia ni resignación, sino de una fidelidad que nos sacude ahora doblemente en el momento de su muerte.

 

Himnos a la Noche

Singular y compleja es la tentativa poética de Bustriazo Ortiz.  Los suyos son “himnos a la noche”, eróticos y trágicos, de sensualidad exacerbada, cantos a la existencia intensa de quien bordea un saber ancestral, cargado de símbolos que lo obligan a “nombrar de nuevo”, a descubrir neologismos que expresen aquello que las palabras en uso no logran describir.
Apeló a un mundo ancestral, intemporal, “abrió” su lenguaje a una poética de múltiples registros. Precisión verbal, riqueza de imágenes inesperadas y un ritmo encantatorio lo caracterizan. Seleccionó elementos legendarios, en un montaje de inteligencia y espíritu ritual, y reveló un lenguaje desde un mundo "otro" surgido de su apropiación simbólica del universo pampeano. La creación de una saga original, pampeano-universal, que va del clasicismo a la ruptura, lo distingue con brillo único de lo escrito en el país.
Su creatividad ha sido extrema. En su obra, el habla criolla se funde con la tradición poética española, pero en esa síntesis la supera. De otra rastrillada le vienen las maneras del gaucho no asimilado a ninguna esclavitud, los modos rituales del Ghempín (hechicero) que tiene el poder de la piedra y el presagio. Con naturalidad recurre a un lenguaje de impronta elegíaca y exhibe una técnica sutilísima de acentuaciones y ritmos.

 

Bustriazo en Santa Rosa

La última vez que vi al poeta, en un mediodía de Santa Rosa, el sol vertical recortaba su silueta. En su casa de la calle Stieben, el poeta leía en voz alta viejas cartas y poemas escritos por él, pero recién recuperados luego de largos años. “Esto lo escribí yo”, exclamaba. Su mueca era de dolor, de dolor y fastidio. De dolor y alivio, e iluminación.

La congoja es una de las marcas del carácter de Bustriazo Ortiz. Integrábamos un mínimo auditorio –con Sergio De Matteo, Cursaaro y unos pocos amigos más. Bustriazo leía –con una voz profunda que parecía quebrarse hasta agonizar y luego reiniciar un ritmo encantatorio–. Sin detenerse, un texto y luego otro, la realidad era otra. Nombraba con dolor a personajes presentes en los poemas, y sufría la recordada muerte de los amigos, como si una tragedia estuviera sucediendo en ese mediodía apacible de La Pampa. Ahora el muerto que recordamos con congoja es el mismo Bustriazo.

Bustriazo Ortiz no buscó jamás la soledad, aunque el riesgo de la soledad sólo puede medirse por la altura de su inmensa tentativa. El aura de inaccesibilidad, rareza o misterio que acompañó largamente a Bustriazo Ortiz comienza a ser reemplazado por la admiración que provoca el conocimiento de su impecable obra poética. Ha sufrido una doble exclusión, sin embargo, a él puede aplicarse lo dicho por Muschg: “los poetas no sólo han creado la cultura, sino que una y otra vez la aniquilaron, cuando les pareció poco vital”. Su obra pertenece a un fondo común de la humanidad. Desde un sitio u otro, nos sigue hablando.

 

 

Ahogado estoy, ahogado melodioso

POR ANDRÉS CURSARO

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“ya no respiro, ya no respiro/ ahogado estoy ahogado melodioso/ las aguas de mi amor son esta agua/ terribles del morir acá lejoso”.

 

Es la madrugada del miércoles, el día siguiente. Horas atrás una llamada perfora como daga el mediodía de Rada Tilly. “Falleció el poeta, el Flamenco Bustriz murió”, balbucea Sergio De Matteo a mil doscientos kilómetros de distancia y yo lo escucho, y siento el filo de la daga perforándonos a los dos. Así es la muerte –pienso ahora-: un filo que te descose la cabeza, te serrucha el banquito donde habías apoyado las sentaderas. Juan Carlos Bustriazo Ortiz murió.
“Se murió el maestro”, repite Bruno, mi hijo, mientras recorre las fotos aquellas donde aparecen los dos frente a una computadora mirando las imágenes de la noche anterior, la de la presentación de “Herejía bermeja” en la sala que lleva su nombre en Santa Rosa y que el Flamenco pisaría por segunda vez ese día.
“Hasta en Clarín ahora escriben sobre él”, mastica Bruno.
“Para Andrés, mi amigo que recuerdo con fidelidad y alegría, dedícole este libro mío, en este día gris de Santa Rosa de Toay, domingo 6 de julio de 2008”, dibujó Juan Carlos aquella tarde en su casa de la calle Stieben, con un mate cebado por “Chiquita” junto a sus libros inéditos recién recuperados, apilados cronológicamente y aún hoy sin publicar. También aquí, hoy, Penca Bustriazo, el día fue gris. El libro tuyo vuelve a abrirse, a recorrerse página a página. Traen ellas, ahora, aquí, esta madrugada, tus poemas. Y vienen esas páginas como imágenes, también dagas: muestran ellas, ahora, en esta madrugada, también gris, recuerdos, brillos de tu mirada pícara, socarrona, triste, ausente. Esas caminatas, paso corto pero rápido y decidido, por calles de Santa Rosa, Neuquén o Rosario.

“Enloquecyó Abraham Garay, muy amygo. /Quemó su casa. A su mujer y a su hyja/ las degolló. Reýa, rýa, rýa./ Reýa Abraham. Reýa. Al fyn el vyno/ fue su palabra negra, su adyvyno./ Tuvyeron que matarlo. Rey, reýa”.

Sobre fines de la década del ’80 llegó a la Universidad Nacional de la Patagonia, en Comodoro Rivadavia, “Unca bermeja”. Descubrí el libro sobre un escritorio: “cáeme la luna de las derrotas/ rómpeme el aire las muchachas/ que tengo en las pérfidas sienes/ en la derecha costa mirla”; “puedes venirme como una perra/ a deshilacharme las miradas/ tan cuidadosa como la muerte”. Ese conjunto de poemas me convirtieron en el cuerpo de un pescador desprevenido fulminado por un rayo. Después el poeta Cristian Aliaga me hablaría del “gaucho universal” y su breve obra editada comenzó a ser motivo de búsqueda.
Así, en archivos públicos, hemerotecas o bibliotecas de amigos aparecieron, primero, “Elegías de la piedra que canta” con su huesosita que se iba y “Las Yescas. Canciones del enterrado” y, luego, “Las pinturas”, “Libro del Ghenpín” y la maravillosa “Caja amarilla”. Con ellos venían noticias que referían a internaciones en psiquiátricos, a un desalojo, a la obra ausente, a destinos erráticos. Hasta ese momento Bustriazo era un hombre alto, corpulento, de cara filosa y ruda en una vieja fotografía en blanco y negro. Hasta que en diciembre de 2004, luego de participar en las primeras jornadas Canto Quetral organizadas por De Matteo, nos recibió en su casa junto a su esposa Lidia. Allí estaba el poeta extramuros observándonos desde su estatura media, extendiendo su mano pequeña, alzando la voz para leer sus poemas y, a la vez, susurrando en lamentos los nombres de sus amigos muertos. “Yo no tengo poemas míos ni libros tampoco”, dijo aquella tarde de vino tinto y helado de crema, bajo el sol clavando como alfiler.
A partir de ese momento iniciamos un diálogo que se extendió durante cinco años, interrumpido por la distancia y el silencio, pero retomado en largas visitas a su casa y viajes compartidos.
Así, al año siguiente, llegó la propuesta de hacer una lectura en Neuquén. “Sabés? Hacía 25 años que no salía de La Pampa”, me contaría después. Allí, desde el escenario principal del Museo Nacional de Bellas Artes, Bustriazo Ortiz se reencontraría con viejos conocidos y sería aquella la primera vez que lo escucharía públicamente reclamar la restitución de sus 70 libros inéditos.
Ya en 2006, durante la segunda edición de la jornada Canto Quetral, Juan Carlos profundizaría su reclamo y nos autorizaría a continuar la producción editorial de su antología poética (“Herejía bermeja”, publicada por Ediciones En Danza en 2008).
Pero antes de esa publicación, compartimos otra aventura zurcida a los bordes de las amenazas de un juicio y posterior destierro en islas de piratas. Fue la producción y luego la presentación de “Hereje, bebedor de la noche”, el disco compacto que contiene 29 lecturas suyas en diferentes épocas. Algunas de esas grabaciones me fueron encomendadas para llevarlas a su casa y otras se sumarían luego desde el archivo de su querida amiga Teresita Poussif. El bar “Ángeles”, el 15 de diciembre de 2007, se estremeció con la voz del poeta leyendo emocionado sus textos luego de haber escuchado canciones con sus letras interpretadas por Guillermina Gavazza. (“Parece que cantara yo cuando leo”, decía cada vez que escuchábamos el disco).
A la presentación de la “Herejía” le siguió el homenaje realizado a su obra en el Festival Internacional de Poesía de Rosario, en 2008. Allí Bustriazo leyó en dos jornadas consecutivas. El recuerdo de esos días compartidos mezcla la conmoción que provocaron sus lecturas y con la imagen del poeta, cara al viento, estaqueado a la proa, navegando el Paraná hablando de Juanele y su “monumental” obra poética.

“¡Basta ya, soñadores, bohemios, líricos! Que otra suerte sea dada. Romped los cántaros insomnes de la Locura o de la Muerte. Que ‘el golpe de dados’ del poeta Mallarmé sea la Salud, la vida humana en este Tiempo”.

Este es un testimonio parido a la vela de la soledad de una muerte -esta muerte-, en una madrugada fría del sur del mundo, a mil doscientos kilómetros de una sala velatoria vacía. No creo ser capaz ahora de escribir nada nuevo sobre la obra de Juan Carlos Bustriazo Ortiz. Repito con ese otro gaucho del universo, Francisco Madariaga: “no soy ni la sombra de un crítico”. Apenas un lector deslumbrado y conmovido por una poética sin igual. Sin embargo, sostengo una vez más que es el poeta argentino más grande del último siglo; que otra cosa sería lo que hoy llamamos canon de la poesía latinoamericana si sus libros se hubiesen conocido a medida que fueron escritos.
Bustriazo fue un adelantado, un poeta de sensibilidad extrema, lacerado por la intensidad de las vivencias; un hombre que no se dejó encerrar en la prisión del lenguaje: lo destruyó para crear otro que le permitiera expresar lo que quería. Sus textos son descarnados documentos de intimidad cruzados con una estética revolucionaria y ritmo encantatorio, invocación chamánica que viaja por la luz, hasta que al final se convierten en el eco de un pueblo.

“pasa bustriazo el viejo con el joven/ bustriazo azul de serle el sentimiento/ la flor la luz el agua en el momento/ de la enjutez del vago pensamiento/ la sangre infiel bustriazo el joven el viejo”.

Le brilla el esqueleto a Bustriazo en esta madrugada. Pasa con su linterna, Corbata y Enriquito Fernández Mendía, y lo saludan los roqueros Palo Pandolfo y Gabo Ferro; pasa con Niebla, pelo suelto y recogido, y se levantan los poetas, críticos y periodistas Eduardo Milán (Uruguay), Ben Bollig (Inglaterra), Hernán Bravo Varela (México), Marisa Negri (Buenos Aires), Ariadne Costa Da Mata (Brasil); pasa con chicuelas con ombligos rubios, y le gritan Saúl Santesteban desde aquel bandoneón sin memoria de linotipo y su compañero de vida Edgar Morisoli.
¿Alguien sabe adónde van los poetas cuando mueren? Diría que Bustriazo no fue a ningún lado, está regresando de su interminable recorrido por los bordes del universo para quedarse en el lugar desde donde partió. Allí, con su gente en Santa Rosa de Toay, su obra ilumina a la humanidad.

Rada Tilly, madrugada del 2 de junio de 2010.

 

(*) Una versión de este artículo fue publicado en diario La Arena (Santa Rosa, La
Pampa) el pasado 6 de junio.

 

 

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines
N°27 Mayo de 2010

•Por Cristian Aliaga y Andrés Cursaro

Especial para Confines - El extremo Sur

 

 

Mayo/Junio de 2010
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