Raúl Mansilla /
Nota biográfica

Raul Mansilla nació en Comodoro Rivadavia, Chubut, Patagonia Argentina, en 1959. Publicó los siguientes libros:
Mariaísmo, Universidad Nacional del Comahue, Neuquén, 1984
De la Construcción de Mitos y Otros Sucesos, Fondo Nacional de las Artes y Municipalidad de Puerto Madryn, Chubut, 1988
Las Estaciones de la Sed, Último Reino, Buenos Aires, 1992
El Héroe del Líquido, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1999
No era un viajero inglés, Libros Celebrios (ed. artesanal), Neuquén, 2004
Ojos Rojos, Libros Celebrios (ed. artesanal), Neuquén, 2005

Dirigió el sitio web http://escritorespatagonicos.8m.com, pionero en la difusión de escritores del sur argentino y chileno.
Vive actualmente en la provincia del Neuquén, Argentina.


 

El viaje largo de mansilla comenzó temprano. Pasó sus años de infancia y adolescencia en comodoro, y en los `80 aterrizó en Neuquén. Su vida fue un tumulto de rutas, desde brasil a paraguay. A lo mejor se cruzó con Mariani, ese estoico loco beat, en alguna playa carioca. El poeta errante dialoga con confines y muestra su poesía inédita.

La ruta líquida de Raúl Mansilla

2003. O 2004, temprano. Fuimos con Blasco y González a la terminal porque llegaba Mansilla. El frío de Junín de los Andes facilitó el encuentro. Aún no sabíamos nada.
Raúl venía triste por el fin de algo que aún le vibraba en las manos. Nosotros pudimos distraerlo sin querer, naturalmente.
Pronto nos hicimos amigos; eso no se elige, no se puede prever.

por Tomás Watkins

Volvimos a Neuquén. Empezamos a vernos con frecuencia. Una tarde Mansilla trajo el libro “Celebriedad”, de Edwin Madrid, en el que se bebe una cerveza tras otra mientras asaltan los recuerdos y el presente. Decidimos adoptar en plural el título, aún sin saber qué haríamos después. Celebriedades surge así, de las reuniones poéticas y fraternales, del compartir las noches y las copas, al viejo viejo estilo.

Comenzaron los viajes. A bordo de Celebriedades, Mansilla, Blasco, González, Sabatini, Villarreal, Carrasco, Betesh y yo visitamos, en distintos momentos y con diferentes ensambles, Comodoro Rivadavia, Puerto Madryn, Esquel, La Pampa, Zapala, San Martín de los Andes, San Patricio del Chañar, Villa Regina, de nuevo Junín de los Andes pero ya en banda, Aluminé, General Roca (Fisque Menuco), Bariloche, Lago Puelo. También Pucón y Villarrica, en Chile. Participamos, como grupo, de al menos quince encuentros de escritores. Ofrecimos lecturas y actividades en escuelas y presentamos recitales en centros culturales y teatros.  También, claro, hubo invitaciones que preferimos rechazar.

Entre viaje y viaje armamos una editorial casera llamada Libros Celebrios, cuya colección “El barco ebrio” cuenta con libros de todos los integrantes del grupo de aquellos tiempos y también de las poetas Valeria Resenite, María Eugenia Cavallín y Carina Nosenzo. En 2005 le sumamos música al espectáculo poético, lo que otorgaría su forma definitiva y quedaría plasmado en varias decenas de grabaciones caseras en las que música y poesía se mezclan con humor. Llegamos a editar caseramente un CD con una selección de las mejores grabaciones. Algunos pocos tienen un ejemplar de ese disco.

Pero el viaje largo de Mansilla había comenzado de muy chico. A comienzos de los `80 aterrizó en Neuquén siguiendo el rastro de sus padres. Su juventud fue un tumulto sobre rutas y calles disímiles. A lo mejor se cruzó con Mariani, ese estoico loco beat maravilloso, en alguna playa brasileña.

 

II


Le caigo un sábado a la noche. La excusa es esta nota y una pelea de boxeo en el Madison. Es rara la condición de estos nuevos encuentros: Raúl ya no puede beber, su hígado no ataja nada. Dieta forzada de arroz y jugos naturales. Empiezo por el principio: las huellas de los viajes.

 

La residencia en San Pablo fue muy significativa en tu vida.

Sí. Yo tenía diecinueve, hace poco había salido de la colimba (estuve más de un año y medio), y unos amigos me dicen –che, ¿vamos a Brasil? Así que nos fuimos. A dedo. Yo tenía un buen trabajo en ese entonces: me había enganchado en un canal local de televisión, el Canal 9, vi el aviso en el diario y me mandé, ¿viste?, una nueva experiencia. Un día faltó el switcher –el director de salida al aire– y me mandaron a mí. Estaba laburando lo más bien y estos chabones me dicen que nos vayamos. Así que renuncié. Pedí que me arreglaran las cuentas y nos fuimos.
En total éramos cuatro, más uno que esperaba allá. Llegamos tres. Era 1980. Lennon había muerto unos meses antes. Allá, en el estadio Morumbí, estaba tocando Queen. Yo me tomaba el colectivo hasta Embú, la Tierra de las Artes, y pasaba por abajo del estadio. Se caía a pedazos. Yo no pude entrar, me quería matar.
San Pablo es peligroso. Creo que es el lugar donde tuve más miedo en mi vida. Lo escribí en un poema: espalda con espalda/vamos por la ciudad/desconocida/por el miedo”, algo así, no me acuerdo bien (risas). Apenas llegamos a la ciudad nos quisieron robar. Un argentino, mirá vos… por suerte, nos avisaron y pudimos zafar. ¡No querías ir ni al baño!
Estuve en Río de Janeiro también, parando en barrios de obreros. Son ciudades grandes donde entonces pasaba de todo. Supongo que ahora también deben pasar. Y en Curitiba, en Porto Alegre, más al sur. En ese otro viaje cruzamos por Uruguay, por Pelotas. Ahí, la frontera es una calle.
Todos esos viajes marcaron mi vida. Todos a dedo. También anduve por Paraguay, Uruguay y Misiones. Calculá que empecé a viajar a los quince. Por aquellos tiempos leía a los clásicos del siglo de oro español. Llevaba varios libros en la mochila. Estuve tres años yendo y viniendo, hasta que me puse a buscar a mis viejos. No sabía dónde estaban, les perdí el rastro por tanto viaje.

 

Siempre viajaste. Ahora lo seguís haciendo.

Sí. Por ejemplo, desde el 2005 hasta ahora no paso quince días sin viajar, sea o haya sido por capacitación laboral, por la mutual en la que trabajo, antes por el Plan de Reparación o por algún encuentro al que me invitaran. Nunca dejé de viajar por el sur.

 

¿Cómo empezaste a interesarte por la literatura?

Bueno, yo pasé toda mi infancia y parte de la adolescencia en Comodoro Rivadavia. Recurro siempre a esos paisajes. Casi siempre aparecen en mis libros el mar, la distancia. La música también fue importante en mi alimentación. Pude escuchar buena música de muy pendejo, cosa rara en el sur de aquellos tiempos.
Mi infancia fue dura, y tuve experiencias que me impulsaron a los libros. Viví en una especie de villa miseria, donde mi viejo trabajaba como carpintero y mi vieja despostaba pescado. A veces mis viejos se quedaban sin laburo o estaban tomando la fábrica en las que trabajaban y yo les llevaba la comida.
Por todo eso, por venir de una familia de trabajadores, yo también comencé a trabajar desde muy chico. Me acuerdo de que a los once trabajaba en hornos de ladrillo. Era como estar en el infierno.

 

Decías que tuviste experiencias que te llevaron a los libros. ¿Cómo conseguías los ejemplares?

Escribo hace mucho pero fundamentalmente me reconozco como lector. Leo desde chico, a pesar de que no teníamos biblioteca en casa. Conseguía libros en las bibliotecas públicas. También trabajé en una papelera prensando cartón, y ahí había muchos libros que se vendían por kilo. Conseguí muy buenos títulos. Tenía trece años.

 

¿Cómo te relacionaste con el medio, con los demás escritores y colegas?

Yo siempre estuve vinculado a grupos literarios. Colaboré en la conformación de varios de ellos: el Centro de Escritores Patagónicos, la revista Coirón (y el grupo del mismo nombre), el grupo Poesía en Trámite, estuve en un grupo llamado Perverso, en la Casa de la Poesía en Neuquén, y después estuve y estoy con el grupo Celebriedades. Siempre trabajé de forma colectiva.

 

¿Cómo te parás ante tu propia escritura?

Mi primer libro, Mariaísmo, lo publiqué a los veinticinco, fue uno de los primeros que sacó la Universidad del Comahue post-dictadura. Ya no me propongo escribir algo conceptual, como alguna vez lo hice. Por ejemplo, Las estaciones de la sed (1992) me llevó tres años de trabajo. Ahora lo que hago son textos relacionados con momentos particulares, a situaciones en las que me encuentro, mediante una forma de escritura no secuencial sin hilo aparente, no concreta ni objetiva. Pero también hago textos objetivos que van y vienen sobre un discurso que podría llamar sicótico, ¿no? Sin pie ni cabeza. Aunque el lector puede, luego, encontrarle sentido.
Tengo una escritura bastante fragmentaria. Capaz que empiezo con una idea y termino en cualquier otra cosa. Me dejo llevar por el texto. No soy de los que creen que la idea debe superar al texto, sino al revés: cuando esto sucede se nota, y yo trato de eliminar esos poemas.
Pienso que hay que evitar la excesiva corrección porque se pierde la parte espontánea del proceso; si bien en una etapa me gustaba escribir de forma automática, ya no creo en eso pero tampoco en el exceso de podado. Dejo los textos varios meses sin leer. Después los agarro y los leo. Tiro mucho. A los que no están tan mal les hago alguna corrección, no muchas, y los espero. Eso es lo que yo hago.
Ah, y me importa mucho la imagen. Ahora escribo textos de más largo aliento, y tengo especial cuidado en lo musical y con las imágenes. A pesar de que trabajo sobre estructuras de verso libre, siempre tengo presente lo musical.

 

¿Por qué pensás que Graciela Cros tituló uno de sus últimos libros “Mansilla”?

“Mansilla” es, para Graciela Cros, una especie de apellido paradigmático de por acá, del sur patagónico-chileno. Eso. Lo cierto es que también surgieron algunas cosas a partir de unos mails que nos mandamos. Graciela es una persona muy generosa, sobre todo con los escritores más jóvenes, y una poeta admirable.

 

Algunos publican seguido aunque engrosen un sitio prescindible de la biblioteca. ¿Vos qué pensás de eso, del acto de publicar?

Publicar es otra cosa. Escribir es algo vital, algo que lo supera todo. Publicar tiene más que ver con un contexto determinado. Yo publiqué dos libros en los ’80 y dos en los ’90. No lo hago, de modo oficial, desde el ’99. Pero tampoco me preocupo ni me desvivo. Volví a publicar de forma artesanal en 2005 con Celebriedades y fue una buena experiencia. Hasta les hacíamos lomos a los libros. Mis libros anteriores siempre fueron bancados por algún premio, afortunadamente. No pagué por ninguno de ellos.


¿Qué es para vos Celebriedades?

Una experiencia más que interesante. Primero, porque jugaba con el sentido mismo de la palabra. Celebriedad, ebriedad, estar en ebriedad y celebración ante el mundo normal, se podría decir. Después, porque conocí a muy buenos poetas, gente ávida no sólo de literatura sino también de las demás artes.
Algo particular del grupo es cierta postura estética: si bien ninguno escribe parecido a otro, compartíamos ciertas formas de concebir la vida: con humor, ironía, la espontaneidad del gag que surgía cuando nos juntábamos y también en los recitales, y cuando le tomábamos el pelo a las presentaciones de libros, y la incorporación de lo musical, riéndonos de nosotros mismos porque salvo uno o dos ninguno es músico.

 

¿Tendríamos que haber hecho más cosas con el grupo?

Yo pienso que sí. Este grupo en particular, de todos en los que estuve, me gustó de entrada, porque cada uno desaparecía sin desaparecer, de algún modo, como ente individual. Bueno, es que la poesía está alimentada en su faz negativa por esta cosa del poeta solo, muy personal, que poco tiene de colectivo. Eso en el grupo no existía. Se enriquecía la propia individualidad, en todo caso.
Rescato el afán de todos por no querer figurar, por no acaparar el protagonismo, teníamos una relación bastante horizontal para resolver el día. Algo negativo, pero creo que también es parte de su riqueza, es que fuimos muy enquilombados, no teníamos control sobre el sentido de rutina de trabajo, ¿no? Nos poníamos a laburar de acuerdo con las fechas de las presentaciones en los encuentros y bares, era más bien caótica la cosa. Caótica y divertida. La pasábamos muy bien. Y nos hicimos amigos, muy buenos amigos en una amistad que perdura en el tiempo, como decía, con puntos de vistas similares y difíciles de encontrar.
Otra característica de Celebriedades es que, a pesar de las diferencias de edades –yo soy mayor que la mayoría, mientras que Miguel Sabatini es más grande que yo–, no tuvimos ningún problema en la unión generacional, cosa que en otros tiempos no ocurría.

 

¿Qué viajes recordás con el grupo?

Todos los viajes fueron maravillosos, conocimos lugares increíbles como Pucón, por ejemplo. En Chile tuvimos problemas para presentar el espectáculo debido a que ese año (2003) se había lanzado una fuerte campaña sobre prevención del alcoholismo, ¡y caímos nosotros! La cuestión es que no pudimos hacer el espectáculo en algunos lugares –en un bar tuvimos que suspender porque se estaba poniendo pesado el clima, nos querían sacar la bandera y laMujer Azul– porque, además del alcohol, hablábamos de drogas y sexo.

 

Contá cómo es lo de la bandera y la Mujer Azul.

Sí, teníamos una “mujer azul”, como la del libro de Madrid. Mi vieja la quemó pensando que era una brujería… Resulta que eran nuestros dos objetos de fetiche (risas). Un día, en Puerto Madryn, alguien nos regala un muñeco que se había encontrado tirado en un basural. Era horrible, parecía de vudú, de paño azul, flaco. Como de Tim Burton. La cuestión es que lo adoptamos. Después, vos Tomás tenías una camiseta que en Junín de los Andes bautizamos como la bandera en un rito de iniciación celebria. En ese momento bautizamos al poeta chileno Felipe Aranda: mientras entonábamos algunos versos de “Aurora” –qué limados–, el iniciado le arrojaba tinto a la camiseta. Fue la bandera a partir de ese momento. Además, esto está filmado: el video puede verse en YouTube.
Una vez llevé nuestros trapos (como una hinchada de fútbol) a la casa de mi vieja, mezclados sin querer con la ropa sucia. A los dos días la fui –yo no tenía lavarropas– y mi vieja me entrega, bah, primero me caga a pedos porque yo había tenido problemas con el alcohol, había estado mal, y mi vieja me dijo –¡Vos no podés tomar más, cómo venís con esa camiseta manchada de vino! ¡Tenés que haberte agarrado tremenda borrachera!–, cosas así. Le tiró lavandina, quedó casi blanca. A pesar de que las manchas todavía se notaban, nos quedamos sin bandera.
La muñeca estaba al fondo de la bolsa. Cuando la da vuelta para lavar la ropa, queda arriba del todo. Mi vieja se asusta, es del campo ella y por eso bastante supersticiosa. Agarra una escoba y la separa, sin tocarla; con la punta la lleva hasta un rincón donde quemaba hojas y diarios. La prendió fuego. Ese fue el final de nuestra mujer azul.
Hicimos muchas cosas divertidas –algunas que no se pueden contar– que podrían haber terminado mal, pero que, dentro de todo, terminaron bastante bien.
Pienso que nuestra propuesta era muy interesante para el público, todos la pasábamos muy bien. Y los lugares donde nos presentábamos se llenaban. Un teatro en Comodoro Rivadavia, lleno. En Chile lo mismo, y en La Pampa. También hubo alguna vez en la que éramos más arriba del escenario que público presente.

 

III

Generalmente el oficio literario es más proclive al voyeurismo que al exhibicionismo. Por eso hay textos que son postergación de uno mismo, ejercicios que funcionan a medias y que muestran un oficio de cuerpo ausente; hay muchos que son ego barato, mera confesión, la tinta cara de oficinistas que se piensan héroes. Otros, en cambio, son ir al hueso prontamente. De eso hablamos en esta nota. Porque hay algo necesario en poetas como Raúl Mansilla. Pienso en Celan, Dylan, Carver, Dalton, Char y otros grandes exhibicionistas. Informales en serio, cuya luz es parida sin cáscara. En este sentido, la poesía debe ser sangre y artificio. La material textual, el cuerpo del lenguaje sin sangre es un cuenco que guarda invenciones estériles y plausibles, jueguitos de palabras sin sustento ni sustancia.
La poesía de Mansilla sangra porque está hecha con fragmentos de cosas cortantes. La carcaza poética tiene huellas rastreables en el cuerpo mismo del poeta.

Todo dicho. Raúl me dice que se me va a complicar para desgrabar la entrevista, por todas las cosas que decimos que nos hacen reír y que resulta inconveniente transcribir. Es cierto, fue complicado. Nada sencillo tomar distancia cuando estás involucrado. Mientras suena Wakeman, Raúl se confiesa: “tengo más amigos que enemigos, y eso es mucho decir en este ambiente carnicero”.

La ruta se estira una sola desde siempre, predilección por el margen y gambetear las ferias vanidosas tan mentadas con sus ránkings.
El amigo Mansilla, patagónico sideral con el hígado noqueado a esta altura del combate, ahí está, ahí sigue, sobre el ritmo de los días, guardia en alto.

 

Selección de poemas

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Un lugar donde caerse muerto

a Silvia Martínez

Podés caer tranquilo en este lugar arrugado, lleno de tierra, patio trasero de las arañas que no pasan la escoba hace meses.
A pocos metros, en la casa grande, no tan grande como en las películas, gime de dolor tu madre. La vida sigue estando ahí y el común lugar del pájaro cantando es la representación del mismo pájaro que canta hace doce mil años para tomar conciencia de que hasta que no se pare el corazón la cosa sigue: dele que te dele sobre el árbol.

Este pozo extraño es tu último lugar, donde podés caerte muerto, tranquilo en la gloria de las dos banderas argentinas que cruzan la vieja foto con los escritores famosos de la feria y la península valdés que señala al torturador que todavía sonríe atado a la sombra de sus perseguidores.

La roldana en el techo sostiene el peso de la historia en el abrigo del que fue rey en la foto, con las chicas, los amigos sonrientes, el globo terráqueo girando alrededor de la
botella de whisky de tres litros que trajo la vieja de la casa del patrón.
Quedan unos perfumes, desodorantes, jabones de otra vida, las fotos de Sergio Lavetti vivo muy vivo, cosas que no sirven pero que están como almanaques del pasado y libros, muchos libros quemándose en las pestañas del niño que prensa el cartón y separa la paja del trigo de los que saltan cantando que son las chicas del Folies Bergere.

Un lugar donde caerse muerto en el martes del calendario occidental y cristiano, el que te tocó, por defecto, el fondo de todos tus días, ladrillo más ladrillo techos multiplicados geométricamente en los ojos de las pelotas de fútbol del domingo donde el club de tus amores no era solo un club, lejos, lejos porque es martes y es el único lugar que tenés para caer el muerto que sos mientras vas por el agua mineral de la vieja y los fideos que come, tu viejo, ya sin dientes.

Tenés donde caerte muerto ahora mientras tu madre muere y te duele que el techo no esté más alto ni la morfina alcance para vencer el dolor de la verdadera compañera de tus días.

Tres por cuatro es tu concepto de espacio ahora en que crees que te las sabés todas porque aprendiste unidades de medidas cursis y exóticas y leíste vaya a saber que secreto de tal pueblo originario en las cenizas que todavía no sos pero que podés ser si no salís a ver el sol que cae en ngullumapu (*) y tu cabeza posicionada para tal o cual lugar, vaya a saber querido conejo de las indias occidentales y América, querido perdedor victorioso porque tenés donde caer cuando la parca merodea el patio con tu vieja pidiendo sin lágrimas que se la lleven, porque tenés la suerte de poder sacar palabras de la última manga del último Houdini que no tuvo un lugar donde caerse muerto.

(*) Este. Tierra del Este. Pueblo del Este. Chile.

 

La Carpintería

Toda la luz que hay en esta mesa pertenece al recuerdo de tus ojos sobre la botella de plástico retornable aquel verano.
Hablar es difícil, decir es difícil, escribir es difícil.
Esto fue una carpintería, ahora, de noche, las cajas son decenas de ojos de cartón
(o sólo son cajas con nombres cortos y contundentes?)

Saladix, Presto Pronta, Natura, Cocinero, Cif, Bagley, Fargo.

El horizonte quedó siempre ahí
y el plato corta la mesa y la mesa corta el suelo y la ruta come todo lo que hay en mis ojos y mis ojos se comen los ojos de las cajas
con nombres cortos y contundentes.

Ya no se quién vive en mi cuerpo: el espejo de Dorian Gray, Dr. Jekill y Mr. Hyde, el Ying y el Yang. O sólo el hombre que de la casa al trabajo y del trabajo a su casa construyó esa pequeña cruz de madera clavada en la puerta.

Mi padre hizo una cruz de madera para su amigo que murió de cirrosis a los treinta y seis años. Yo era pequeño y vi la secuencia del serrucho del cepillo de la cola.
Hacer esa cruz fue tan difícil como la represa del Chocón.

De ese lugar salieron placares, sillas, sillitas, sillones, mesas, estantes, y el tremendo delirio del delirium tremens en el valle de los carpinteros; Keops, Kefren y Juan Mansilla.

Me voy pala villa a verlo a Mansilla, chiqui chic, chiqui, chic, chiqui, chic chiqui chic.

Y no da, no de para ser maldito, quizás explotando las puntas, los laterales, las chapas de zinc ostrilión, el piso de cemento alisado y las cajas de cartón que me persiguen desde niño.

Este era el paraíso de la madera, acá la viruta era en serio.

Tres por cuatro, cuatro por tres las arañas con sus telas cubren el techo y no dejan crecer mas cajas de cartón sobre la cama. Nadie pierde el tiempo, todos demarcan territorio, mean, son meadas oscilando en el techo con la excusa de atrapar insectos.

Todo precario, en cajas, listo para rajar, tomarse el palo. Las valijas y los bolsos cerca, todo dentro de una caja de cartón. Ellas mandan, ellas vuelven recicladas a morder tu sueño bueno. En cambio nosotros nos vamos escapando de esas cruces de mierda, de ese serrucho, de esa lija, de esa parca con ojos de cartón.

 

Hablar en el estanque

a Juanse

Hablar se está poniendo anticuado.

Yo hago cosas correctas pero mi cabecita va para otro lado,
atenta contra el status quo imperante en la pieza de 3 x 4.

En mi cuerpo se libran batallas que termina perdiendo el que madruga.
Por eso, equivocado, el peso de la tradición no golpea mi puerta.

Cuando estoy de aliado a mi cuerpo miro el techo
contando los días las horas los minutos en que será mi enemigo, nuevamente.

Miro al techo porque hablar se está poniendo viejo.

Se rompió el vaso y estoy descalzo, los vidrios son pequeños espejos donde la culpa se peina en mi cumpleaños.

Quizás nunca supe apretar el botón correcto
Hablar ya es algo en desuso.

Ningún sapo del estanque quiere ser hitler todavía
porque con croar no alcanza.

Hablar se está poniendo anticuado.

 

El espejo

Nunca se sabe llegar a un espejo. El acto reflejo de buscar en la superficie un rostro nos lleva a la consideración de que la lluvia es un espejo que repite nuestras narices con las llaves de bronce, las pizzas, la cocinera sudando, tu pelo rojo en las puntas, los bucles, el big bang.

Es difícil encontrar el espejo de tus zapatos, aquella vieja suela blanca en la lluvia, un viernes, un sábado, cuando tomaron la bastilla, cuando morían los soldados alemanes en la nieve, nunca se sabe llegar a un espejo y encontrar al hombre paciente, esperando, esperándote con las manos llenas.

Son metros, kilómetros, horas para abrir la puerta y encontrar el reflejo que separe las líneas de la mano del reflejo, para uno y otro lado, el reflejo, face to face, el reflejo, las montañas, la cordillera del viento en la nariz. Y tu ansiedad para llegar al espejo, para llegar a la noche así, fuerte,  fuerte como Dios manda y nobleza obliga a ver ese espejo horizontal con dos rostros huyendo del dolor.

 

Cumpleaños en la ruta mil hojas

Amanece y todas las cosas cumplen años, decenas docenas de días son colados por la ventana que salpica lo que luego son tus pecas. En la ciudad todo el mundo va a su propio cumpleaños, a soplar su particular vela escondidos en los baños. Nadie está a salvo de los cumpleaños. Hay que cumplir, cumplir, cumplir.

Cumplir años con la palabra empeñada y preñada de días para las mujeres que están dentro de la torta y que tienen el concepto del hombre con bufanda viniendo del amor al miedo del dolor a las velas al  borde de esa barda que es también la torta que sangra de frutillas.

Cumplir años y volver de todas las fiestas terminadas al chin chin del tao, a la torta por la ruta dos cincuenta y seis, la ruta mil hojas, crema chantilly y más allá los camioneros esperando cumplir con esa carga llamada cumpleaños.

Con el hojaldre, con el hojaldre no se pueden hacer tripas
para el corazón.

 

GRACIELA CROS  *

MANSILLA

Dice labios y las mujeres nos soltamos el pelo,
lo esponjamos con las manos o lo sacudimos
girando la cabeza a un lado y otro
con movimientos rápidos.

Dice ojos verdes y hay un desmayo momentáneo,
generalizado, sin previo aviso
todos perdemos la noción.

Dice ojos rojos y los hombres experimentan
un peso lapidario en el centro del pecho
mientras las mujeres ejercemos
la superstición y el rezo.

Dice coartada, rehén, y todos
nos tambaleamos un poco, perdemos el equilibrio,
nos aferramos al pasado, a barandas y respaldos de sillas.

Dice sur, araucaria, barda, canal, Neuquén,
Roma, Los Ángeles, gramilla, perros,
padres, dentaduras, perros,
mesa del escándalo, campos del Señor,
y los terapeutas no dan abasto,
ponen el cartel de no hay más turnos,
las ojeras les tapan la cara
y sueñan con playas remotas.
Es que el poeta habla del nudo
que nos ata y no se ve
y todos lo sabemos.

Mansilla dice domingo y la melancolía
se derrama sonámbula como petróleo en el mar,
el Titanic vuelve a hundirse y con él nos vamos todos a pique, comprobamos que las profundidades marinas
son cosa de temer, hay oscuridad, desolación y frío.

Pensamos quién vendrá a rescatarnos
de esta caída fatal.
¿Vendrá Mansilla?
¿Vendrá la poesía?

Mansilla dice estepa y las mujeres
giramos como autómatas hasta quedar
de espaldas a la montaña,
achicando los ojos buscamos
la línea del horizonte
pero está perdido
y aunque nos parezca tonto y sentimental
comenzamos a caminar
para encontrarlo.

No es cataclismo ni profecía,
no es devoción ni desmadre de
la naturaleza,
Mansilla es poeta
y como todos los poetas
ignora su poder.

*Del libro Mansilla, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2010.

 

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines
N°26 Abril de 2010

•Por Tomás Watkins
Neuquén

Especial para Confines - El extremo Sur

 

 

Abril/Mayo de 2010
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