Alvaro Abós analiza su reciente novela kriminal tango. “un crimen es un enigma siempre, sencillamente porque nunca nos acostumbraremos a que un don como la vida pueda ser segado por alguien que pertenece a la misma especie”, asegura.

Entrevista a Álvaro Abós

“No creo en los héroes ni en los antihéroes”

Cada año en la Argentina se publican decenas de policiales. La mayoría tiende a abusar de sus elementos constitutivos como el suspenso, subestimando la paciencia del lector. Otros atiborran sus páginas con una prosa fáctica, plagada de detalles minúsculos, casi siempre circunstanciales que se adhieren –equívocamente– con el fin de potenciar el supuesto grado de verosimilitud de la narración. Kriminal tango, de Álvaro Abós, (Alfaguara) opera de modo distinto. En esta novela el inspector de Homicidios Juan Muñecas debe hallar al culpable por el asesinato del contador Claudio Levisnki, cuyo cadáver apareció calcinado dentro de un ataúd de nogal cerca de los muelles del puerto de Buenos Aires. Según los peritos, el contador había sido quemado vivo. A pesar de haberse perpetrado el crimen en plena luz del día, no hubo testigos. ¿Venganza mafiosa, oscuros intereses financieros, algún pliegue inconfesable en la vida de la víctima?

por Augusto Munaro

Con esas pistas mínimas Álvaro Abós inicia la odisea de reconstruir los hechos que tuvieron su brutal desenlace aquel mediodía del 19 de mayo. Con la pericia de un forense, Muñecas analiza junto a su colaborador directo Valentín Magro cada parte de este irresoluble rompecabezas cuya pieza faltante es el mayor secreto del muerto: su misterioso asesino. Así es como ingresan a los bajos fondos de una Buenos Aires desquiciada por una realidad ominosa con el fin de encontrar al culpable. El libro por momentos se convierte en una perspicaz radiografía de una sociedad sitiada por la impunidad. A través de una prosa despojada, al ritmo descarnado de los hechos, su autor confirma como lo ha venido haciendo desde Restos humanos (1991), El simulacro (1995), El crimen de Clorinda Sarracán (2004) y Cinco balas para Augusto Vandor (2006): legar una interpretación del mundo interrogando a la humanidad a través del crimen. Sin omitir su impacto, su alcance, y su significado social y político.

 

La estructura narrativa de Kriminal tango, cuyo centro es el crimen, responde al género policial. A su vez explora los complejos mecanismos de la corrupción, el poder, la violencia y la impunidad. ¿Podría referirse a los elementos que conforman la matriz de su novela y el modo en que éstos se interrelacionan?

• Kriminal tangonarra la investigación de un crimen cometido en la ciudad de Buenos Aires, en la época actual. Sus protagonistas son  la víctima, sus relaciones, diversos policías y otros personajes que se mueven en variados ambientes ciudadanos. La corrupción y la impunidad del crimen son situaciones presentes en la vida de la ciudad. Todos los días leemos sobre ellas en los diarios, charlamos sobre ellas en el café y en la peluquería. Por lo tanto, corrupción, violencia, impunidad, integran el clímax de Buenos Aires. Como tales, se colaron en la novela, sin que el autor se diera mucha cuenta.

 

¿Se sitúa más próxima a un policial negro o de enigma? Por momentos los límites tienden a desdibujarse, siendo ambos a la vez.

• No me conforman esas calificaciones, que estuvieron tan presentes en el “revival” que, en los años sesenta, vivió el género policial. Por ejemplo, ¿qué quiere decir “policial negro”? Si es policial, es negro. Si una novela narra un crimen cuya autoría no se conoce, es natural que haya un “enigma”. Quizás sea más útil hablar de “narrativa criminal”. O bien, lisa y llanamente, de novelas que narran crímenes.

 

¿En qué difiere entonces la literatura policial de la criminal?

• Trato de responderme yo mismo a esa pregunta desde que, obedeciendo a una obsesión –la obsesión es siempre la madre de una empresa tan absorbente como escribir una novela– empecé a redactar Kriminal tango. Justamente, haber elegido a un policía como protagonista, es quizás una tentativa –en todo caso inconsciente, pues al escribir narrativa yo no busco demostrar teorías sino simplemente, narrar– de restituir el “policial” a un “policía”.

 

¿Por qué cree que el crimen es uno de los grandes núcleos de la narrativa?

• Porque desde la Biblia (“Caín mató a Abel”) hasta la tragedia griega (Edipo) el crimen ha sido narrado una y otra vez como una experiencia perturbadora –quizás la más radicalmente perturbadora-de la naturaleza humana. Es, junto al amor, la situación básica en el Dante, en Shakespeare y en toda la literatura desde entonces.

 

La novela tiene a Buenos Aires como escenario de un crimen. Sus barrios, calles, así como también circunstancias absolutamente reales referidas de forma explícita como en una crónica. ¿Siempre le preocupó mantener el nivel de verosimilitud de la historia?

• La verosimilitud de la historia no sólo me preocupó siempre, en realidad es lo que más me preocupó, o quizás lo único que me preocupó. Por verosimilitud entiendo que la historia, o mejor dicho la narración de la historia, “funcione”, es decir que crezca, que avance. Una lectura fina demostraría que traicioné detalles de la realidad –calles, lugares, épocas- en función de esa verosimilitud y de ese funcionamiento interno. Lectores que advertirán esos detalles no faltarán. Algunos por cierto me lo harán saber, como ya me ha pasado en otros libros –ficciones o no ficciones- que tienen por escenario el laberinto de  la ciudad. Buscar los errores en los que incurre un escritor es un deporte que nadie deja de practicar. Lo sé porque yo mismo lo practico.

 

Tengo entendido que el asesinato fue parcialmente tomado de una crónica ocurrida en 1992. ¿De qué modo tomó el tema y lo transformó para poder ficcionalizarlo?

• Primero lo investigué como hubiera hecho para escribir una historia de “no ficción”. Cuando decidí transformar ese material en una ficción, traté de olvidarme de toda esa información. Para evitar tentaciones, hasta destruí los documentos (fotocopias, apuntes, etc) que había acumulado.

 

También el tango atraviesa el libro de modo muy particular. Juan Muñecas, además de ser oficial inspector de Homicidios, es un aficionado del violín. ¿Incorporó esa idea para otorgarle mayor dimensión psicológica al personaje?

• No. Simplemente, cuando se me ocurrió el personaje, se me ocurrió “con tango incorporado”. Me nacen los personajes de una novela, con todos sus “ingredientes”.  Tenía que apellidarse Muñecas, tenía que ocupar una oficina vieja  en el Departamento de Policía, tenía que vivir en la calle Cuenca, tenía que tocar el violín en un reducto tanguero del barrio de San Cristóbal como manera de aguantar su horrible trabajo… En la novela, el tango no es una intrusión deliberada sino un elemento del clima porteño. A mi juicio, el tango
“respira” hoy por todos los poros de  la ciudad. Es como la humedad, la frustración o las puteadas.

 

¿Podría considerarse a Juan Muñecas un antihéroe?

• No sé. Cada lector lo calificará según le parezca. No creo en los héroes. Por lo tanto, tampoco en los antihéroes. Todos somos héroes en algún minuto de cada día, y antihéroes en otro.


Algunos capítulos -como aquellos referidos al modo de vida que llevaba la víctima, el contador Levinski, entre reuniones de directorio, audiencias y citaciones judiciales- por la precisión que han sido narrados, revelan su pasada experiencia como abogado laborista. ¿Cuán relevante considera su primera profesión en relación  a su obra narrativa?

• En otros libros, incluso en alguna novela como Cinco balas para Augusto Vandor, mi experiencia sobre la vida sindical me sirvió para ambientar la acción. En el caso de Kriminal tango, no creo que ello haya sucedido, pues el contador Levinski no se ocupa específicamente de temas laborales sino más bien de “emprolijar” negocios sucios mediante balances truchos. De todos modos, nada de eso sirve a la hora de escribir ficción. Decía Flaubert que cualquier mujercita puede escribir una novela sobre la vida militar: le basta pasar por la entrada de un cuartel y mirar hacia dentro.

 

¿Cuán importantes son los desenlaces en una novela policial?, ¿por qué?

• Tan importantes como en cualquier narración. Ahora bien, ya que concibo al policial como un tipo de narración sustentado en la estructura, el desenlace es crucial porque debe coronar un mecanismo de relojería. 

 

¿Por qué cree que en la literatura nacional han existido detectives privados pero muy pocos policías resolviendo casos?

• Quizás porque siendo nuestra historia social tan agitada, sobre todo durante el siglo XX, la policía fue identificada como una institución represiva no sólo del crimen sino también de cualquier cambio. Luego de un régimen tan autoritario y represivo como el del Proceso 1976-1983, cualquier policía pasó a ser en el imaginario de todos nosotros un represor impresentable. Pensar, por ejemplo, en  un policía con problemas de conciencia es como imaginar a Drácula jugando a las bolitas. A su vez, en la década del sesenta muchos escritores argentinos leyeron a Chandler y por eso abundan los detectives privados en la literatura policial, a pesar de que esa profesión era y es bastante extraña a nuestras costumbres.

 

Parecerá tal vez una obviedad, pero ¿por qué crimen es sinónimo de enigma en este tipo de narrativa?

• Un crimen es un enigma siempre, sencillamente porque nunca nos acostumbraremos a que un don como la vida pueda ser segado por alguien que pertenece a la misma especie.

 

Actualmente, uno de los narradores más importantes y reconocidos del género es el norteamericano James Ellroy. ¿Le agradan sus novelas?

• No, no me gusta Ellroy, porque encuentro su escritura  exageradamente crispada, como si escribiera con un hacha.

 

¿Qué policiales argentinos recomendaría leer?

• La novela policial argentina que más me gusta –ello es relativo, pues mañana cambiaré de gustos- es Rosaura a las diez de Marco Denevi. Una que me gustó mucho es Los tallos amargos de Adolfo Jasca. Dos novelas que leí con interés porque revelan la atracción que el policial ejerce sobre tantos escritores, incluso sobre quienes  no lo practican, fueron La pesquisa de Juan José Saer y The Buenos Aires Affair de Manuel Puig. Ambas fueron experimentos no logrados, pero siempre es bueno acercarse a los fracasos de un gran escritor. De las últimas que leí,  me gustaron Tuya y Las grietas de Jara de Claudia Piñeiro, por la construcción del suspenso.


¿Y Rodolfo J. Walsh?

• Considero a Walsh por encima de todo un ficcionista. Por la concisión dramática de su narrativa y por el manejo de la progresión en la intriga, es un puntal en la narrativa policial (o criminal) argentina, junto a Borges. Por cierto, Walsh usó un policía -el comisario Jiménez- como personaje de sus "Variaciones en rojo". Estos escritores, y muchos más que los seguimos, formamos parte de la literatura negra, o policial o criminal, que viene siendo ya un "género nacional", algo así como la gauchesca del siglo XX (y ahora ya XXI).

 

En un pasaje de su novela, Muñecas le dice a su colega Magro “no olvide que a nosotros nadie nos pide juicios morales sino soluciones”.  ¿Cree que esa aseveración puede en parte definir el tono del libro?

• No tengo la menor idea. No olvide que no leí el libro, sólo lo escribí. Desde ahora, tomaré en cuenta su observación.

 

Por último, ¿existe el crimen perfecto?

• El crimen perfecto es para los asesinos como la novela perfecta para nosotros, los escritores: sabemos que no existe, pero igual la perseguimos, sin descanso.

 

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines
N°25 Marzo de 2010

•Por Augusto Munaro
Buenos Aires

Especial para Confines - El extremo Sur

 

 

Marzo/Abril de 2010
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