A propósito de postales bárbaras, el ultimo trabajo publicado por Marcelo Eckhardt.

Una aproximación a la abjuración de la estética del intersticio

Marcelo Eckhardt

El último libro de Marcelo Eckhardt, Postales Bárbaras sella su estética con el epígrafe: “Soy bárbaro”; la barbarie –así se desprende de/l lo/s texto/s–  no es una situación, tampoco un contexto ni mucho menos un intento de polarización: la barbarie es una decisión estética, es un volver-se intersticial.

por Diego Cacciavillani

Prima facie, podría considerarse a su obra –especialmente la que aquí ponemos como objeto de la crítica– como parte de la proclamada literatura patagónica. La estética de la barbarie en Eckhardt lejos está de la idea romántica de pensar –como un sector no menor de la literatura patagónica– a una zona de clausura o propensión poética de actuar como fuerza centrípeta que aspira, re-nombra y re-apropia escritores y obras.

Esta operación, por momento fútil –la de este sector de la literatura patagónica– ha devenido en ciertas banalizaciones que inferían la creación polarizada de literatura argentina vs. literatura patagónica para permitir el reposicionamiento de ciertos autores de la región.

Pero lejos de una polémica en este asunto –del cual el libro no está ajeno, todo lo contrario, escarbas sobre esta herida–, sí hay que suscribir aquellas cuestiones que hacen al bárbaro-eckhardt. La pregunta no sería ¿qué es ser bárbaro? Sino ¿Cómo se es bárbaro? La respuesta de la primera pregunta desembocaría en una especie de condena situacional cuando en realidad se trata más bien de una afiliación a cierta estética intersticial: “O entenados. Pertenezco sí, a la cultura argentina moderna. No, no pertenezco” (El sur no es mágico, pág. 35).

El intersticio funciona como el núcleo estético de toda la obra: no hay definición, sólo frontera, no hay huella sino discurso, un discurso que se desvanece en el aire como adscribiera Bergman del viejo Marx: “pueden llamarme equis o no me acuerdo” (la zanja, pág. 76). Si la historia de la literatura argentina tiene en sus venas el logocentrismo propio de la Historia, es entonces el intersticio la posibilidad de lateralizar esa Historia, pero no negándola sino re-escribiéndola, desde el margen, desde la orilla, desde el filo inmoral del borde, que tajea el cristal que recubre la historia para que pierda en su devenir aquellos fragmentos de su vientre que caen para luego ser devorados y devueltos en nuevos sentidos.

He aquí su decisión crítica: el intersticio es también una cuña que abre la posibilidad de teorizar ya no desde la periferia o la periferia de la periferia, sino de la Historia (universal), aquella imborrable e impoluta.

El recorrido que realizan los relatos no merece la desatención: se va desde la orilla: “Las ciudades de este desierto son los lugares donde se pueden permanecer, donde todos pueden abandonarse” (El baldío, pág. 11), hasta el centro: “De paso por el país de los porteños, me sorprenden de sus costumbres bárbaras” (El país de los porteños, pág. 112), como un torbellino centrífugo que alcanza con sus tentáculos críticos la misma Latinoamérica abatida y resucitada como así también al viejo continente.

Respecto a este último punto, existen dos grandes ensayos-barbaros sobre Latinoamérica y Europa: el de Neruda y Rimbaud respectivamente.

Del gran poeta chileno, Eckhardt analiza nada más ni nada menos que Canto General, el libro más latinoamericano de Latinoamérica. Aquí Eckhardt vuelve a re-leer a Neruda y también a significarlo: lo secuestra, lo arrastra al intersticio y lo (de)vuelve bárbaro:

 

“No quiso resolver nada, sólo cantar y sumar a sus hermanos destruidos en su canto. Le dolió todo el dolor del pueblo. Vio los signos en las paredes que sólo el pueblo puede descifrar. Fue hermano de todos o fue pueblo. Vio las salas industriales sin hombres o supo que sin hombres no hay desarrollo posible. Tradujo la carta de las aves y se midió anchos de hombros, como se requiere a los poetas actuales. En algún punto de América, cantó a América. Lo echaron de su patria por no escribir más versos románticos. Se llevó una rama de árbol y dos libros sobre la geografía y los pájaros de Chile. Tuvo el dulce privilegio de nombrar a la patria. El no sufrió la estúpida euforia del tirano bailando enardecido una zamba de sangre o de puñal. Nombró a los traidores, los favoritos, a los innombrables en el lodo anónimo”.

(Neruda, pág. 62)

 

La misma operación hace con Rimbaud, en el otro gran ensayo que tiene el libro, de quien recupera su linaje bárbaro:

 

“No hace falta el arte o la filosofía central para saber que se está acá sin poder ir hacia acá. De nuevo: Rimbaud borra el puente de esa Europa última (eufórica de sus posibilidades de su progreso ilimitado) con la Colonia frente a la Gran Riqueza, vale decir con la barbarie propiamente dicha y hecha: ¡nosotros!”

(El bárbaro Rimbaud, pág. 74)

 

La barbarie –ahora crítica– invade los confine de Europa y América, pero no sin descubrir entre sus fragmentos –que se reparten en los demás relatos que contiene el libro– en una lectura sutil de la literatura argentina, vista desde la lateralidad bárbara del intersticio, desde la mueca atroz de su impavidez: la barbarie también –como lo hiciera la Historia (Logocéntrica)– puede universalizarse tal como imaginaba el propio Borges.

Existen sólo tres autores argentinos nombrados en todo el libro, dos de ellos casi como fantasmas que pretenden adentrarse sin invitación ni bienvenida: el primero –al que ni siquiera se nombra sino a su personaje más representativo– es Fierro, protagonista fundamental de la escisión de la literatura del siglo XIX que marcara la dicotomía centro periferia de la literatura venidera: “Comienza en una frontera imprecisa, azarosa, como la corazonada de Fierro cuando vuelve de las tolderías” (Viajar al sur, pág. 54). Pero es el mismísimo Borges, el escritor más importante de la literatura argentina quien aparece en seis oportunidades, todas ellas participando de la operación borgeana de leer la universalidad desde lo particular o, dicho de otra forma, de leer la literatura universal desde el impreciso intersticio de una ciudad sureña como Trelew:

 

“Pasillos: Trelew posee como venas, pasillos que muestran una ciudad lateral, interior, pasillos donde miles de historias se han tejido y de las que sólo sobreviven los ecos de pasos en alguna memoria que aún espera, inconsciente, el regreso de aquella persona que se fue o nunca más volvió. Otro laberinto”.

(Derroteros, pág. 40).

 

Y así como Borges agarra la posta de Hernández, será el propio Juan José Saer quien haga lo mismo de Borges. Eckhardt teje las telarañas de la literatura argentina del siglo XIX, XX y el devenir del presente siglo en una fuga analítica que suma los tres exponentes que vertebran la epistemología literaria argentina, por lo menos desde la visión lateral de la barbarie.

Es cierto que los espacios condicionan la barbarie, pero también es cierto que ser bárbaro es una decisión, estética, política: “Las ciudades de este desierto son los lugares donde se pueden permanecer, donde todos pueden abandonarse” (El baldío, pág. 11).

Este libro de Marcelo Eckhardt logra convertir la experiencia de la barbarie como una nueva forma multiplicadora de los sentidos rígidos y petrificados de la historia universal. Y no es sino con la literatura con quien encuentra la posibilidad de devorar y sacrificar –como lo hicieran los antropófagos del extraordinario relato Uno a Cero, pág. 83– para re-significar (también, reconstruir) esa historia que se encargó de dejar afuera en su relato hostil pedazos carcomidos de su propio cuerpo. Él, el bárbaro, lo sabe: no hay Historia en la barbarie, sólo un desempolvar viejos ecos que rebotan en la memoria de nuestros muertos.

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines
N°24 Febrero de 2010

•Por Diego Cacciavillani

Especial para Confines - El extremo Sur

 

Febrero/Marzo de 2010
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