Daniel Guebel se explaya sobre su nueva novela: el caso Voynich, que se ocupa de un misterioso pergamino ilustrado escrito probablemente en el siglo XVI y del que se desconoce el autor.

Las peripecias de un enigma

Entrevista a Daniel Guebel sobre su novela, El caso Voynich

A través de una historia de cifrados y descifrados incesantes, el prolífico escritor argentino Daniel Guebel acaba de publicar el caso Voynich (eterna cadencia editora), un libro que se ocupa del misterioso pergamino ilustrado de 240 páginas, de contenidos desconocidos, escrito probablemente en el siglo XVI por un autor anónimo en un alfabeto no identificado y un idioma incomprensible, el denominado voynichés. Allí indaga sobre las posibilidades combinatorias de la escritura, así como también la autoría como sistema interrogativo. Un texto que entrecruza dos géneros, la novela y el ensayo, para elaborar con un aliento excesivo, las cambiantes perspectivas de la literatura.

por Augusto Munaro

Desde 1969, en la Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos de la Universidad de Yale, figura catalogado como el ítem MS 408, el Manuscrito Voynich, un misterioso pergamino ilustrado de 240 páginas, de contenidos desconocidos, escrito probablemente en el siglo XVI por un autor anónimo en un alfabeto no identificado y un idioma incomprensible, el denominado voynichés.
El texto cifrado, que carece de signos de puntuación, escrito de izquierda a derecha (por lo que ha de leerse, seguramente, de forma igual), consta de seis secciones –herbario, astronómica, biológica, cosmológica, farmacéutica y recetas-. Debido a su disímil contenido, decenas de especialistas –a través de quinientos años de intrincada historia por su desciframiento y una copiosa genealogía de propietarios-, cuestionaron (y siguen cuestionando) la naturaleza del libro. ¿Se trata de un manuscrito cuyo propósito intenta servir únicamente como una farmacopea?, ¿o acaso sea un tratado alquímico de proyección mística?. Tampoco se debería desdeñar ni omitir la posibilidad –para los más escépticos-, que se trate simplemente de un fraude moderno. Mientras tanto los argumentos proliferan, dado que han alimentado demasiadas teorías acerca del origen del libro, su contenido, y los posibles fines para los que fue concebido. La única certeza inamovible continúa siendo su ilegibilidad, suerte de catalizador de interpretaciones infinitas.
A través de una historia de cifrados y descifrados incesantes, el prolífico escritor argentino Daniel Guebel acaba de publicar El caso Voynich (Eterna Cadencia Editora), un libro que se ocupa de los intersticios del dilema. Indaga en un texto lúcido, más allá del posible (e inagotable) significado del Manuscrito; las posibilidades combinatorias de la escritura, así como también la autoría como sistema interrogativo. Un texto que entrecruza dos géneros, la novela y el ensayo; para elaborar con un aliento excesivo, las cambiantes perspectivas de la literatura.

 

¿Qué lo motivó a escribir sobre un antiguo libro de contenidos desconocidos, y en un idioma no identificado, como resulta el Manuscrito Voynich?

• Lo que me resulta extraño es que a ningún escritor de los que conozco se le haya ocurrido antes. Es evidente que mis colegas no conocían el asunto. De hecho, me senté a escribir El caso Voynich apenas me enteré de la existencia del manuscrito. No podía imaginar un asunto más fascinante. En el siglo XVI, una persona (o muchas) idea una lengua artificial y con ella escribe un libro del que no divulga su clave ni su propósito, ya sea místico, esotérico, profético, religioso, político, lingüístico, alquímico, botánico, político, metafísico, vampírico o extraterrestre; el manuscrito comienza a producir enigmas, efectos: un sistema arborescente de interpretaciones respecto de su sentido y alcances. A lo largo de los siglos, el manuscrito es perdido, encontrado, traficado, leído, incomprendido, atribuido a filósofos, alquimistas, rabinos, reyes, espías, farsantes y falsificadores. Por él mueren y matan a lo largo de las centurias. Además, en un universo plagado de personas que creen que el arte de escribir se reduce a contar un cuento (no desdeño esa posibilidad, no me parece la única), un asunto en apariencia tan extravagante me permitía trabajar cuestiones algo distintas: el sentido, la interpretación, la acumulación, el extravío, el frenesí, la demencia, las combinaciones de palabras, el trance, la autoría. Literatura pura.

 

¿Según su opinión, en qué se diferencia El caso Voynich del resto de su obra?, ¿cómo sitúa esta novela en relación a sus textos anteriores?

• Me parece que mis libros se sitúan en dos “coordenadas”: hay libros que continúan otros libros anteriores, explorando algunas cuestiones ya tratadas – del mismo modo en que la pintura moderna trabaja más el proceso de transformaciones de una serie que la realización de un cuadro en particular-, y libros que se proponen como un corte respecto de esa serie, y que apuestan a indagar en la ilusión de que un autor puede escribir libros diversos, tan diferentes entre sí que lo que llamamos su “marca estilística”, lo reconocible, desaparece, y sólo queda la evidencia de autoría determinada por la firma. Esa es una perspectiva interesante: escribir y preguntarme quién está escribiendo eso que terminará llevando mi apellido. Cuando empecé, tenía la sensación de un destino extraordinario: cada uno de mis libros inauguraba algo, una perspectiva inédita. Cada obra, un mundo. De todos modos, para achicar un poco la vanidad, y como el tiempo pasa y nos vamos volviendo mañosos, también esos cortes terminan produciendo series, y El caso Voynich podría acabar siendo una versión de mi vieja novela Los elementales.

 

¿Una reescritura?

• Más bien, una nueva aventura sobre cómo la especie humana se encarniza en construir sentidos sobre aquellas cosas que parecen no tenerlo.

 

¿Hizo algún estudio de campo, antes de lanzarse de lleno a la realización del libro?, ¿qué tipos de fuentes consultó? ¿Qué influencia tuvo Internet en su escritura?

• No hice otra cosa que leer, durante un par de días o una semana, todo lo que encontré al respecto en Internet, y después me lancé lleno o vacío a escribir. No sabía bien qué estaba haciendo, lo que es muy estimulante. El libro se escribía a medida que leía, y lo que leía aumentaba o eliminaba partes. Al mismo tiempo, por el sistema de lecturas que permite Internet, se me armaba un mapa de referencias laterales, derivas, nuevas versiones. También leí un par de ensayos de corte académico, y algunos de ellos están consignados en las notas al pie. En realidad, yo no trabajé tanto con el saber acerca del asunto, sino con los huecos de ignorancia que me permitía llenar con mis propias hipótesis e investigaciones. Así, cuando me encontré con  esos ensayos que parecían decirlo casi todo, mi trabajo ya estaba hecho y lo existente no me afectaba. Por supuesto, cualquier persona a la que le interese el tema puede asomarse también a la obra clásica de los voynichólogos: El manuscrito Voynich: un elegante enigma, de Mary D’Imperio (en inglés)

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El libro cuenta con notas al pie, algo inusual en su obra. ¿Las incorporó únicamente con la intención de agudizar el carácter conjetural del  texto?

• En realidad, me gusta poner notas al pie, pero en general las elimino. En este caso las dejé, porque parte del propósito del libro es producir la impresión de un infinito de consideraciones; algo abrumador, excesivo. Claro que de manera sinóptica, mi modo favorito de señalar lo interminable. Así como el asunto derivaba siempre para mi en una nueva especulación, quería que el lector se preguntara donde aparecía el límite de la conjetura. En el fondo, quería trabajar contra toda idea de economía, gastar la lectura, abrumar, agotar, extenuar. Por suerte no vivo de los lectores.

 

¿Cuál es la relación entre el Manuscrito Voynich y la obra de Xul Solar?

• Desde que principios del siglo XII a la abadesa Hildegarda Von Bingen decidió componer su Lingua Ignota –¡y hay que ver lo parecidos que son esos caracteres imaginarios a los del alfabeto voynichés!-, cientos de personas se aplicaron a escribir en lenguas artificiales, ya fuera para construir un idioma que resuma todos los idiomas y habilitar el paso de la humanidad a una especie de lengua universal que nos permita comunicarnos sin problemas, ya para fundar una estenografía indescifrable para los de afuera –que son de palo. Xul Solar inventó una panlengua, se supone que con el primer propósito; el autor del Voynich parece ejemplificar perfectamente la segunda elección.

 

Ud dice en el libro, que cada obra produce una clase de autor distinto. Algo que parece adscribirse a su obra narrativa.

• Sí. Y lo digo para guiar a mis lectores por la selva oscura de mis escritos. Para que sepan que, si a veces no puedo plenamente, por lo menos siempre intento mostrar las piruetas de esa transformación, y también sus entretelones.

 

¿Por eso le agradan los libros donde se nota que el autor puede ser o parecerse a cualquiera?

• Exacto. Más allá del gusto o el disgusto particular que me provocan los libros de autores que conciben una sola matriz para su escritura, aquellos que se complacen en mostrarse reconocibles a la primera frase leída, pienso que el sueño verdadero de un escritor podría ser el de alcanzar la más completa impersonalidad, una verdadera esquizofrenia literaria que le permitiría firmar todos los estilos que ocupan los estantes de su biblioteca. En esa contigüidad rumorosa en que se encontrarían sus libros, cada uno de ellos justificaría parte de su sentido en el contacto con los otros, en los órdenes de lectura. A ese escritor ideal habría que regalarle un lector ideal, capaz de andar acomodando los libros, estableciendo sus relaciones, del modo en que mi abuelo Ernesto mezclaba suavemente sobre la mesa las fichas de marfíl de su juego de dominó. .

 

¿La escritura es un desvío de la realidad, o un complemento de la misma?

• Cualquier persona que se dedica a la literatura con esa devota insistencia que antes sólo existía en el interior de los monasterios, sabe que allí encuentra la realidad en su estadio más brillante, en tanto que en la vida diaria se encuentra con eso que llamamos lo real y que parece una confabulación de obstáculos, un camino de piedras construido por una legión de fantasmas extremadamente deficientes.

 

Lo que recuerda a Marcel Proust. Pero también a Felisberto Hernández, Cervantes, Montaigne, Hawthorne, Berceo y Sade; quienes escribieron buena parte de sus obras estando prácticamente encerrados, aislados del mundo. ¿De contar con más tiempo, escribiría con más asiduidad y mejor?

• Es la propia obra la que termina dictando sus condiciones: el encierro, los ratos de ocio, los horarios. En mi caso, no veo manera de forzar los momentos de esterilidad; en esos momentos, el encierro no me ayuda. Además, en Argentina, las prisiones no son para seguridad y protección de los presos, sino para castigo y humillación. A mi me alcanza con lo que tengo.

 

En una reciente entrevista, Ud. afirmó que lo más relevante de un relato no es su continuidad (su estructura narrativa), sino su “procedimiento”. ¿Por qué?, ¿narrar es puro procedimiento?

• ¿Dije eso? Me equivocaba. Simplemente, creo que las posibilidades de evolución de la historia son menores que las formas en que un escritor puede tratarla, de modo de hacer algo particular con ese relato. En general se tiende a suponer que cuando un autor piensa sobre todo en el procedimiento –y habría que ver qué es eso para cada quien-, elige una perspectiva aristocrática o formalista. Pero en realidad es a la inversa. El artista que da por hecho que simplifica sus operaciones estéticas para darle al público lo que este merece o le gusta, en realidad está ejerciendo un acto de violencia intelectual: el de suponer que domina o maneja el gusto ajeno, las apetencias de las masas. Exagerando, esa forma del populismo literario no es más que hitlerismo ilustrado. Y Hitler no era tan bruto. Una demostración práctica de que el gusto de las masas, por el contrario, elige formas sofisticadas (aunque vengan contenidas en envases simples), es que los recursos narrativos de las películas que atraen más espectadores son conocidos por estos de antemano. Lo que los espectadores van a averiguar es cómo el chico pobre conoce a la chica rica y cómo hace para casarse con ella.

 

¿Continúa trabajando en su novela inédita El absoluto?

• ¡Por suerte la terminé!

 

¿Por qué cree que ha sido el libro qué más le costó escribir? Tengo entendido que hace al menos diez años que venía desarrollando su escritura.

• Seis, sólo seis años. ¿Por qué? Bueno, de alguna manera, creo que ese libro es el resumen de todas las apuestas estéticas, el Lerú-Guebel. Es una novela dividida en cinco partes, cinco biografías contadas por una voz que va cambiando en cada biografía…como si la contara otra persona. Cada parte arrastra el eco de libros anteriores; al mismo tiempo, en su totalidad, el libro es una progresión ascendente hacia una de las constantes de mi literatura, que es el enfrentamiento entre una voluntad singular que pretende una transformación de las coordenadas de lo existente (el mundo, la política, el Universo entero), y sólo consigue resultados catastróficos. A la vez, creo que es un libro completamente distinto de los otros que escribí. Y tardé tanto porque cada parte me costó muchísimo trabajo, al final de cada biografía yo quedaba agotado, y para descansar me sentaba a escribir otro libro. U otros. Entre publicados e inéditos, mientras escribí El Absoluto escribí también Aniquilación, Derrumbe, Ella, Los padres de Scherezade, Mis escritores muertos, La carne de Evita y El caso Voynich.

 

¿Planea publicarla próximamente?

• Ni idea.

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines
N°24 Febrero de 2010

•Por Augusto Munaro
Buenos Aires

Especial para Confines - El extremo Sur

 

 

Febrero/Marzo de 2010
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