Hernán Bravo Varela
Nota biográfica

Nació en rosario (1941), pero deambuló por distintas provincias a bordo de oficios disímiles como empleado telefónico o corrector de pruebas en el diario la razón. entre otras, es autor de las novelas su turno para morir (1976), aventuras de un novelista atonal (1982), la hija de kheops (1989), la mujer en la muralla (1990) y el jardín de las máquinas parlantes (1993) aunque antes de publicar su primer libro alberto laiseca ya estaba trabajando en lo que se convertiría en su obra mítica: los Soria (1988), una monumental saga de más de 1.400 páginas que “reflexiona sobre el poder absoluto y la posibilidad de organizarlo de un modo más humanizado”.


 

La obra de los poetas Di Giorgio, Luis Hernández, Juan Carlos Bustriazo Ortiz, Raúl Gómez Jattin y Abigail Bohórquez, cinco poetas unidos en un lucido ensayo del poeta mexicano Hernán Bravo Varela.

Cinco detalles de la orilla literaria

Desorillar el ámbito de acción

El poeta y ensayista Hernán Bravo Varela (ciudad de México, 1979) presenta y reflexiona con provocativa lucidez sobre el no lugar que los poetas Marosa Di Giorgio, Luis Hernández, Juan Carlos Bustriazo Ortiz, Raúl Gómez Jattin y Abigail Bohórquez construyeron sobre las tensiones de la literatura occidental a partir de sus obras. En los orillados (finalista del premio nacional de ensayo José Vansconsellos 2007 y editado por pérgola), el autor profundiza con erudición “sobre un asunto –la orilla o el margen literario- y sobre cinco poetas caracterizados por una no siempre injusta oscuridad”, sostiene Álvaro Uribe. Y bravo Varela acota: “la siguiente nómina de poetas ‘orillados’ es una sola mano levantada entre muchas, una quíntuple excepción”.

por Eduardo Milán

Los cinco son “apenas detalles del mapa de la orilla literaria en nuestra lengua. Pero dicho mapa es una imposibilidad. como América a los ojos de Martín Waldseemüller, primer cartógrafo del continente que incluyó su nombre en 1507, la falta de definición y nitidez en el trazo de sus límites es absoluta” en esta edición, confines presenta el prólogo a los orillados de Eduardo milán, poeta uruguayo radicado en México, con la misma esperanza que llevó a bravo Varela a trabajar en este proyecto: promover “la reubicación de sus inquilinos en tierra firme” y a “preservar el deslumbrante patrimonio de sus escrituras”.

 

1

Ojalá “los orillados” fueran un conjunto humano que se enfrenta a un río. Y que cae en él. Una cierta positividad se manifestaría de pronto, sin largas. Pero habría que inventar inmediatamente una razón, trazar una trama, hacer historia o cuento. Luego salvarles la vida. Y secarlos. Secarlos uno a uno como se seca a un gato. Nada más positivo que un río: anuncia siempre una transformación, un cambio de aguas de lugar. Va.
Hernán Bravo Varela prefirió la vuelta larga, una manera de vadear el río hasta ausentarlo. Queda el vado, el descampado, una intemperie social que da origen a un no- lugar que es un lugar para quien nada tiene, ni siquiera lugar. Las dos primera sílabas de “origen” continúan en “orilla” pero hasta ahí. Límite ambiguo, la orilla es como la frontera: uno no sabe si comienza o si termina.  Más problemático es tener origen en la orilla, haber nacido en la frontera. Fuera de texto, vean la frontera de México con Estados Unidos.
Bravo Varela hace un recorrido de identificación –mapeo, levantamiento de terreno del último tramo teórico y práctico de la literatura occidental a grandes trazos, trozos sintagmáticos, pedazos de razonamiento sabidos y por saber (que para más no da), debidamente hilvanados con una destreza literaria ya frecuente en un escritor como él–: es el preámbulo a la situación de cinco escritores latinoamericanos cuyo lugar es un evidente “afuera” (la terminología es de Maurice Blanchot, y su uso, relativo al lugar del poeta, de Hölderlin, precisamente). Siguiendo esta señal se diría que ese espacio, mitopoético por excelencia, es el verdadero lugar del poeta. O sea que Marosa di Giorgio, Luis Hernández, Raúl Gómez Jattin, Juan Carlos Bustriazo Ortiz y Abigael Bohórquez están en su lugar. Todos los demás, los que están adentro del lugar social, están  realmente fuera del suyo propio, caídos verdaderos del mito y entrados en la historia de la literatura. Esta paradoja de un tiempo literario paradójico –el arte terminó pero no terminó; la literatura no existe, pero la liberaría está llena de literatura; la poesía, afirmación por designio, marcha con un no adelante (todo lo cual, además, no importa: como ya lo sabía Antonio Machado, “el arte es largo y además no importa”) – sólo interesa a los directamente involucrados. O sea, a los poetas o críticos o teóricos de la literatura y del arte. Pero lo que sí importa – aunque no importe, aunque no traiga para acá algo del otro lado de la frontera pasando por la ley– es ese margen de maniobra; más que una orilla un orilleo, un ir hasta la orilla y regresar y volver a aproximarse. Ese espacio que se crea es más verosímil que el bordeo constante de un abismo que no es un abismo, sino un juego: el juego del caer que no cae.
De ahí que parece una oscilación en el carácter de la escritura de Bravo Varela (que no es tal), ese aparente retroceso ante una inminente toma de partido que no produce y luego se retrae como un signo interrogante) y ante la explicación que fundamenta una mirada a la expectativa: la del entendimiento de una problemática –el arte de la poesía en esta contemporaneidad–   que solo los de razón ligera simplifican.

 

2

La forma del ensayo de Bravo Varela es interesante: se trata de un descentramiento; mejor aún, del desdoblamiento de algo que se enrolló o, allí llegado, se orilló. Se trata del recorrido que fundamenta el haberse orillado. No hay forma, según ve bien Bravo Varela, de pelear esa paradoja del lugar del poeta o del escritor creador, de otorgarle un sentido único sin incorporar al planteo la paradoja de la constitución de ese lugar de afuera- adentro o, de otro modo, de tratar de ingresar a esos externados a los dominios de un adentro que corre siempre peligro (o corre siempre poder) de cambiarles el signo de su designio profundo. Para explicar la orilla, entonces, hay que desorillar el ámbito de acción. De la orilla hacia atrás es el despliegue. La forma del ensayo se parece a un ordenamiento espacio-temporal de unos bloques textuales que se ocupan de un punto determinante –cada autor– y, al mismo tiempo, recuperan el hijo de un asunto crucial: cómo es que las paradojas son naturalmente asumidas por el lector. Lo cual constituye el tema del libro de Bravo Varela: ¿por qué hay escritores que sobreviven en un margen –su orilla– sin que nada explique radicalmente ese lugar, nada que no suceda con otro? ¿Por qué un sistema literario –el del idioma, el de la lengua, el de la tradición cada día más ambientada, incluso por otrora celosos impulsores de un canon como Harold Bloom– rechaza a unos y tolera a otros? La respuesta quizá no esté (ojalá, de nuevo, sucediera) en la aceptación de una multiplicidad de la escritura acorde con el multiculturalismo de este período crítico global, en el sí a las radicalidades imaginarias a la par que a las continuidades perceptivas clásicas, comprueba de que la representación del mundo literario es de veras plural donde sea que se manifieste. Si esto fuera así, la institución literaria habría saltado por los aires, y no precisamente de alegría: hubiera estallado. Un ejemplo entre cinco: que Marosa di Giorgio Médicis no es Isabel Allende es un dato de hecho no sólo de la naturaleza, sino de un diccionario cualquiera de la literatura latinoamericana. Está más cerca, en la literatura comparada, de Clarice Lispector, una brasileña con quien la uruguaya comparte frontera: esa orilla no la tiene con Allende. Como Lispector, Marosa di Giorgio puso en acción un imaginario literario que requiere de dispositivos lingüísticos acordes a él: ese universo –y el caso de Marosa es ejemplar incluso entre sus pares elegidos por Bravo Varela– no tiene límites, orilla siempre otro borde imaginario. Esos filamentos son resplandores de una superficie acotada sólo en el nivel operativo: la escritura de Marosa desborda la ley de verosimilitud a cada paso, sigue la huella de la literatura hasta integrarla al dominio del sentido con pleno derecho de piso. Hay convivencias, connivencias e intolerancias practicadas como indiferencia: notado es posible en este ámbito, no. La respuesta a esta extraña “tolerancia de convivencia” reside más, mucho me temo, en el hecho de que el asunto literario no interesa a nadie y, ahora sí, ni siquiera a los involucrados. De interesarles sería en los términos de cómo se plantea esto: como práctica de literatura asalariada –lo cual no está mal, siempre y cuando se lo considere un grado (el salarial) de la cuestión, no la totalidad. Sobrevive, claro que sí –muy bien para algunos– como “problema” en la academia o en el aula con ese pudor anti-histórico que últimamente caracteriza a nuestras universidades locales, ávida de “competitividad” con el mercado cerebral estadounidense; como frivolidad – las excepciones están a salvo de la frivolidad, no hay de qué preocuparse– en las publicaciones más o menos masivas, más o menos periódicas, más o menos literarias. Una publicación como la argentina Pensamiento de los confines es una epifanía en un mar de lágrimas –esa lucecita en la tiniebla generalizada. Es que la noción de “confín” extraña una orilla.

 

3

Después de haberse llevado toda el agua a su molino –que es lo que se hace en estos casos, no en el del agua real–, Hernán Bravo Varela se ocupa de cada uno de los autores mencionados en particular. Su capacidad operativa es bien conocida: alterna entre un discurrir de lenguaje autoconsciente relajado, no inflexible, y una profundidad de análisis que descubre (análogamente, en la mayoría de los casos) zonas insólitas que se ajustan a esa especie de friso orillero que busca configurar. El lector ve los bordes de la trama. Y a diferencia de las obras de escritura que cumplen con una norma –la de no ver las líneas de frontera–, aquí lo que se agradece es poder ver y cómo, el entramado de la orilla. Hasta el lector, luego de concluido el libro. Hernán Bravo Varela sostiene esa incógnita, cómo es posible que estos cinco ejemplos de escritura desobediente latinoamericana hayan sido mantenidos por una institución llamada “literatura” es una especie de zona neutral, condicionados a ser alternativa de lectura, una oferta más en el número de preferencias. Un desafío, una denuncia, una puesta al día –haz presente– de lo que nos caracteriza. No como otro: como rostro propio. Y una alegría todavía•

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines
N°24 Febrero de 2010

•Por Eduardo Milán
Distrito Federal, México

Especial para Confines - El extremo Sur

 

 

Febrero/Marzo de 2010
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