Raúl Artola/Poesía Inédita

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[teclados]

 

Perfil

El que mira percutir al hombre
su teclado
no sabe nada.
Ve los movimientos de los dedos
y los brazos
la espalda algo encorvada
anteojos que resbalan
por la pendiente de la nariz
algún sudor.
El que mira controla su reloj
y el tiempo pasa
igual que siempre
hasta un poco más lentamente.
El hombre que percute las teclas
no advierte la figura
que forma
ni le importan el sudor
o el cansancio.
Su tiempo no existe
en los términos corrientes.
El hombre que teclea sin cesar
no sabe nada más
que lo que hace
debe hacerse.
Y termina feliz su jornada
nunca satisfecho.

 

Sorpresa

A la noche

al terminar de comer
repasamos la mesa
queda todo limpio.

 

Por la mañana

siempre aparecen
miguitas
que no habíamos visto.

 

Jornada completa

Los hijos de mis vecinos
gritan como gallinazos roncos
en el momento del sacrificio.
No se entiende bien
si los castigan mucho
o buscan compasión
de la madre o de algún comedido.
Al mediodía
la escena se interrumpe
bruscamente.
Dos timbrazos de bicicleta
anuncian el regreso del padre
y la mujer abandona su rudo oficio
de educar
para tirar con urgencia
algo de carne a la plancha.
La calma llega a la casa
con miradas torvas
y órdenes tajantes.
La sagrada siesta
del hombre
prolonga las horas de sosiego.
Después todo vuelve
a la normalidad.
Los chicos juegan
afuera, entre pelotazos
y envidias, piedras
e insultos
y la madre se dulcifica
al llamarlos
porque está cansada.
Cae la noche
se repiten los timbrazos
y el sueño devuelve fuerzas
para la batalla
de mañana.

 

Alto en el surco

Tuvo que ser así.
Tomé la sartén
por el mango
y se lo dije:
Me gustás mucho
y me parece
que te quiero.
Y ella, sin inmutarse,
respondió:
Yo también, tonto,
si no, ¿por qué
te creés que estoy acá
desde hace ocho años?
A mí solamente
me salió:
Claro, tenés razón,
no lo había pensado.
Y seguimos cosechando
los tomates.
Los pibes ayudaban,
tan chiquitos.

 

Dao rojo fuego

Uno mira el cuadro
se conmueve, lo comenta
y dice: esta mujer es feliz
no pueden faltarle hombre,
mujer, vecinos, hijos
que la amen.
Uno mira el cuadro
y le dan ganas de llorar
por uno mismo.
Después nos enteramos
que la autora ha pasado
malos tiempos:
estuvo internada
toma barbitúricos
y nadie la cuida.

 

Ensueño

De pronto la vi
a miles de kilómetros
doblada
con las rodillas
en sus pechos
gozada y gozosa
bella e inquieta
a miles de kilómetros
con un pañuelo
en la boca la vi
para que sus padres
no la escucharan
gemir.

 

Fabla viril

Pasolini me ha hecho leer y yo lo quiero
como al padre que nos señalaba la página perfecta
los canales venecianos y el capitel corintio
la belleza de la rama de glicinas
que cae sobre el muro y evocamos
una mañana neblinosa al ir a clase
sin saber la lección
las manos ateridas y los pies mudos
sobre las baldosas húmedas, desparejas.
Me hace leer Pasolini esa página
y yo le agradezco en silencio
acompañado por su sombra
y su mirada de padre que no quiso ser patrón
pero voló por olímpicas alturas.
Me contagia un ensalmo envolvente
para soportar el recuerdo
de aquellas mañanas impiadosas
y los atardeceres turbios
de regreso a la casa del amor arrinconado.
Y Pasolini no estaba todavía
para decirme: muchacho,
esto pasará, ya tendrás
tus horas de sueño y de vigilia ensoñada,
aguanta el invierno de la infancia,
yo te miro y a mi modo te cuido.
Y aunque no lo dijera aún
yo oía su voz en otras bocas,
en el aire adverso
se abría un canal amistoso
con el piano que me devolvía
una paz ignorada,
rescoldo que siento en mi pecho
tantos años después.

[…]
*

Les dijo: miren lo que cambia y lo que permanece; lo que se repite y lo que se desvanece. Luego miren lo que tiene color y lo deslucido. Observen también lo que se mueve y lo que está quieto; después lo que se come y lo que no sirve para alimentarse; finalmente, atiendan a lo que es bello, porque lo bello es siempre bueno. Y no tienen necesidad de saber nada más. Dicho esto, se retiró a morir.

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Poesía inédita y lúcidas reflexiones sobre la escritura de uno de los grandes poetas del sur. El escritor afincado en Viedma apunta que “no es posible ser poeta todo el tiempo; vivir en estado de poesía es un ideal precioso y arrogante que nuestra cuota de romanticismo acarició alguna vez. Hoy creo que el proyecto consiste en estar dispuesto, abierto y alerta para que la poesía me habite cada tanto”

Raúl Artola

“Darle sentido a la fugacidad y atisbar otro mundo”

La obra de Artola ha sido incluida en distintas antologías, entre ellas Poesía y cuento patagónicos, editada por la Fundación Banco Provincia del Neuquén y la Subsecretaría de Cultura de Neuquén (1993), Abrazo austral. Poesía del sur de la Argentina y Chile, colección “Desde la Gente” del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Buenos Aires, 2000, y en Nueve monedas para el barquero, Verulamium Press, St. Albans, Inglaterra, 2005.

por redacción de EES

Su permanente tarea como editor y difusor se ha visto reflejada en la antología consultada y comentada Poesía/Río Negro (volumen I), en la que Artola incluyó a 23 autores de esa provincia y que publicó el Fondo Editorial Rionegrino (2007). Actualmente, está en proceso de edición el segundo volumen de esa obra, en la que presenta a otros 21 poetas jóvenes rionegrinos.
Coordina talleres literarios desde 1995 y dirige la revista-libro “El Camarote – Arte y cultura desde la Patagonia”, que lleva publicados quince números desde 2004 y es una de las publicaciones culturales más destacadas de los últimos años, convertida ya en una referencia sobre la producción literaria de la Patagonia.
Tras citar a Juan Carlos Moisés –el extraordinario poeta de Sarmiento dice que “la mirada del niño cría los ojos del poeta que será”, Artola reafirma que su proyecto “consiste en estar dispuesto, abierto y alerta como para que la poesía me habite cada tanto y me use de medio para expresar, captar una brizna de realidad –íntima o exterior, siempre propia- y convertirla en ese objeto nuevo que es el poema. Una mirilla para atisbar un mundo otro, una forma de conocimiento (y de autoconocimiento) que suele darse, también, como don de profecía”. Damos aquí, en un juego de espejos, la reflexión del poeta sobre su propia práctica y los resultados –impecables- de esa percepción, reflejados en su poesía inédita.

RAÚL ARTOLA

Raúl Artola (Las Flores, provincia de Buenos Aires, 1947) es uno de los poetas más relevantes de la escena argentina de las últimas décadas. Escritor, periodista y docente, reside en Viedma (Río Negro) desde mediados de los años ’70, y ejerce un indudable magisterio e influencia desde la generosidad y el apoyo a los jóvenes creadores. Dentro de su obra poética destacan Antes que nada (Fondo Editorial Rionegrino-EUDEBA, 1987, premiado por la Secretaría de Cultura de la Nación; Aguas de socorro (Último Reino, 1993) y Croquis de un tatami (premiado y publicado por Madres de Plaza de Mayo, 2002). En narrativa publicó El candidato y otros cuentos (Secretaría de Cultura del Chubut, 2006, premiado por el XXIII Encuentro de Escritores Patagónicos de Puerto Madryn).
Confines presenta en esta edición una selección de textos aún inéditos de su libro [teclados], que se publicará en Buenos Aires en 2010, y una impecable reflexión suya acerca de los ritmos de la creación, las manías y ritos del poeta-narrador y la lucha con el lenguaje, siempre inasible, y las herramientas de la percepción y el conocimiento.
Por otra parte, Editorial Espacio Hudson y El Extremo Sur anuncian para el próximo año la publicación de La periferia es nuestro centro. Apuntes sobre política, cultura, territorios y experiencias, una compilación de la obra periodística de Artola.

 

Mil palabras sobre el oficio de escribir


•Por Raúl Artola


Tanto en narrativa como en poesía, más que ritos observo ritmos, períodos de trabajo en los que la convocatoria procede de una determinación interior impostergable. A veces esta disposición se origina en un objetivo marcado desde afuera, como por etapas suelen ser los concursos literarios. Tener en el horizonte un compromiso de esa índole obliga a poner en juego los espacios y los tiempos para cumplirlo.
En cuanto a instrumentos y circunstancias, hay pocos elementos constantes: nunca un poema nace en el teclado de la computadora, lo que sí puede ocurrir con un relato; tengo multitud de cuadernos y libretas y lapiceras a la mano en toda la casa, no sólo para apuntar una idea, una imagen, un par de palabras interesantes y abruptas, sino para anotar algo que escucho por la radio, que detecto en una película o que subrayo en los libros que estoy leyendo. Hay una mesa preferida, la de la cocina, cerca del fuego, pequeña y orlada con papeles, donde casi siempre me apoyo para escandir unos versos o borronear párrafos de incierto destino. Ni la hora, ni la luz ni el bullicio eventual me afectan demasiado; si voy a escribir me blindo en una cápsula de absoluta prioridad. Esto, claro, me ha acarreado problemas socio-ambientales y psico-afectivos, que he ido resolviendo con una progresiva y consistente soledad.
Escribo lo que surge de un-estar-atento a palabras -o imágenes destinadas a ser transmutadas en palabras- que aparecen en la conciencia en la riquísima fragilidad del instante. Darle sentido a esa fugacidad, a ese relámpago, eso es para mí la poesía. Con otro volumen y densidad de discurso interior, vale lo mismo para la narrativa, para el nacimiento de un personaje que va a decir algo, a hacer algo. O para dibujar una situación que desembocará en una historia. Siempre cito a E. L. Doctorow: escribir “es como conducir un auto en la noche; es imposible ver más allá de las luces altas, pero se puede hacer todo el viaje de esa manera”. Lo que no quiere decir que no se sepa hacia dónde vamos, pero a menudo al final del camino nos sorprendemos y en algunos casos esa sorpresa es grata. No dimos en el blanco al que habíamos apuntado, pero quizás hicimos centro en un blanco cercano.
Es muy raro que la composición de un poema me demande una investigación; a lo sumo puedo necesitar un dato, la precisión de un nombre o de una fecha. Es más fácil que suceda al revés: el acceso a información nueva me lleva al poema, como cuando vi un documental sobre los nubas de Fungor, en Africa, y a los pocos días escribí un texto inspirado en sus rituales con los cántaros para el agua en la ceremonia fúnebre de un viejo hermano de la comunidad.
En narrativa sí es habitual un trabajo de rastreo, prolongado y minucioso, sobre personajes, hechos y época que voy a necesitar para darle verosimilitud y carnadura a la historia que me propongo contar. Hay ocasiones en que esto lleva varios meses y hasta años, como cuando resulta imprescindible leer un libro agotado y no consigo en ninguna parte un ejemplar de viejas ediciones. Esto me sucedió con “La luna y seis peniques”, de Somerset Maugham; hasta que no se reeditó en castellano no pude continuar con un esbozo de relato. (Vale consignar que esto ocurre en provincias con más frecuencia que en Buenos Aires, donde las fuentes de búsqueda son inagotables).
El método, para mí, comienza con la corrección de los textos, que a veces son casi completas reescrituras, aunque esto es menos común. Este trabajo es el de la verdadera escritura, porque el primer texto es un pre-texto, siempre. Que si no pasa de esa condición habrá sido un intento fallido, tal vez un mero apunte. Es cuando distingo dos momentos. El de la corrección en la primera lectura es un repaso de sobrevuelo, que sirve para emprolijar pero también para formarse una opinión, saber si le podemos dar el “pase” para un futuro trabajo. Allí me queda una impresión mensurable en grados de interés, que me mantendrá más o menos entusiasmado con la idea de retomar el texto. El segundo momento será luego de un tiempo muy variable,  que confirmará o no aquella primera sensación en cuanto a la calidad y posibilidades de crecimiento (no confundir con mayor extensión) del texto. En ese período de fermentación uno cambia y el texto también, pues en la medida en que el contexto cambia, el texto no puede permanecer idéntico. (Recordemos “Pierre Menard, autor del Quijote”, de Borges). Es el momento de imprimir y ensuciar la página, de suprimir y condensar, de ajustar y precisar, de dominar el ego y lo dionisíaco para que venzan el yo y lo apolíneo. Es el momento del aprendizaje con nosotros mismos, de la artesanía, de la lucha con el lenguaje, que es moldeable pero tiene los límites de todo código y trasponerlos implica una decisión de alto riesgo. Riesgo que constituye una empresa de gran envergadura y donde naufragan muchos intentos presuntamente vanguardistas.
Juan Carlos Moisés dice que la mirada del niño cría los ojos del poeta que será (o algo parecido, cito de memoria). Y no puede menos que creerle quien supone haber visto con sus propios ojos y no con miradas de préstamo o alquiler. A esta altura, como dice Gelman, intento ser poeta. No es posible serlo todo el tiempo, vivir en estado de poesía es un ideal precioso y arrogante que nuestra cuota de romanticismo acarició alguna vez. Hoy creo con cierto realismo que el proyecto consiste en estar dispuesto, abierto y alerta como para que la poesía me habite cada tanto y me use de medio para expresar, captar una brizna de realidad –íntima o exterior, siempre propia- y convertirla en ese objeto nuevo que es el poema. Una mirilla para atisbar un mundo otro, una forma de conocimiento (y de autoconocimiento) que suele darse, también, como don de profecía.

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines N° 23 Noviembre de 2009

•Redacción de EES
Comodoro Rivadavia
Especial para Confines - El extremo Sur

 

 

Noviembre de 2009
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