Hoy se escribe en el sur de argentina y chile un corpus cada vez mas extendido de poesía mapuche. autores como  elicura chiuailap, adriana pinda, graciela huinao, leonel lienlap, paulo huirimilla, pebe manquepillan o liliana ancalao, inscriben sus producciones  poéticas de doble registro mapuzungun / español, a un lado y a otro de las pronteras nacionales, resquebrajando el viejo mapa lingüístico y cultural de la región que sólo hablaba en español. estas poéticas son parte de un entramado mas amplio de identidades y cosmovisiones en lucha ante los estados y sus políticas monoculturales.

Alejandra Ferrada, Libro Objeto.

“Ambientalistas de Temuco, Puerto Aysén o Esquel resisten proyectos mineros
contaminantes, se entremezclan con las comunidades mapuches que resisten los desalojos de los Bennetton en el oeste del Chubut. Heavy metals de orígenes paisanos reivindican a sus abuelos indios; vuelven a camaruquear con camperas de los Sex Pistols”.

Alejandra Ferrada, Libro Objeto.

 


 

La poesía mapuche se sostiene en íntima relación con la oralidad ancestral y con  las propias tradiciones rituales y artísticas del mapuzungun como los epeu, las nitram, los il, y otras manifestaciones, incluso chamánicas.

Poesía mapuche y fronteras culturales

La producción de los poetas mapuche tiene entre sus rasgos distintivos el uso del doble registro mapuzungún - español, como manifestación de con- tacto o mestizaje entre lenguas y culturas. Aún así, la poesía mapuche se sostiene en ín- tima relación con la oralidad ancestral y con  las propias tradiciones rituales y artísticas del mapu- zungun como los epeu, las nütram, los ül, y otras manifestaciones, incluso chamánicas. Otro rasgo a tener en cuenta es la constante reelaboración de la memoria crítica del doble etnocidio, primero per- petrado por la Conquista Española y luego por los estados nacionales en las llamadas “Conquista del Desierto” en Argentina y “Pacificación de la Arau- canía” en Chile.

por Jorge Spíndola

Mapurbes: Un mundo no idéntico en sí

Esta poesía es un emergente literario con una vo- luntad de ser y decir que cuestiona desde las mis- mas fronteras culturales y políticas a los sistemas literarios nacionales monolingües, a sus cánones y a sus configuraciones tan eurocéntricas, construi- das en la centralidad de sus metrópolis (Santiago- Buenos Aires).
La poesía mapuche actual, en sí misma, consti- tuye una superación de todas las experiencias ante- riores de la llamada  poesía indigenista; no se trata aquí de buenos discursos “sobre” el otro (en el sen- tido tradicional de una voz que enuncia y auspicia la diversidad cultural desde una centralidad huma- nística y etnocéntrica), sino de discursos que se cons- truyen “desde” el interior de su misma complejidad cultural, “desde” sus conflictivos contactos, conta- minaciones, préstamos y pérdidas. (La transforma- ción de una lengua ágrafa como el mapuzungun en lengua escrita, tomando los signos del español, ya constituye de por sí una especulación trágica y ne- cesaria para la amenazada pervivencia idiomática y cultural por parte del pueblo mapuche).
La poeta y machi (chamán) Adriana Pinda, asume esa contradicción como situación que posibilitala enunciación de un pasado- presente de su cultu- ra, reescrita ya no en términos de una esencia histórica, sino como “reconstrucción de un mundo no idéntico en sí“:

“Si la pérdida de la lengua es una tragedia, en
el sentido grecolatino, si toda nuestra historia es una tragedia, aún cuando nada es lineal ni la línea, aún cuando el concepto de tragedia debiera revisarse, en cuanto el derrumbe de un mundo probablemente no es un hecho abrupto sino dialéctico; por ende, caer-levantar, caer-levantar… La tragedia no sería sino un proceso de vida y muerte al mismo tiempo y en los tiempos y espacios diversos en los cuales se gesta nuestro vivir; nuestra tragedia entonces ha permitido la reconstrucción de un mundo no idéntico en sí“.(Adriana Pinda. “Por qué escribo”).

Esa tragedia que permite “la reconstrucción de un mundo no idéntico en sí“, ya no culmina, no se detiene en el relato de la Conquista, ni en los etnocidios de los estados nacionales en los siglos xIx y xx. El ahora es un presente vivido como tragedia, vida y muerte al mismo tiempo, que posibilita la reescritura de este mundo conflictivo y en conflicto, con- sigo mismo y con el mundo cultural dominante (y por eso molesta tanto a los ideólogos del “buen salvaje” como Casamiquela y sus discípulos).
Este presente contaminado de español —  mapuzungun  prorrumpe con su memoria-presencia, in- vade como un agua que se filtra entre los pliegues del relato histórico que detenía los pasados.
Aquí hay una nueva etnicidad en conflicto, “un proceso de vida y muerte al mismo tiempo y en los tiempos y espacios diversos en los cuales se gesta nuestro vivir”, como dice Adriana Pinda. Esta diferencia cultural ya no habla desde Un territorio ni Un tiempo único de representación de Lo mapuche, porque su ruralidad se ha vuelto urbana durante los desplazamientos y las migraciones compulsivas del siglo xx.
Tiempos y espacios se han trastocado durante generaciones de desplazamiento forzoso. Creencias ancestrales de la gente de la tierra perviven ahora en las periferias de las ciudades. Rogativas del conurbano en casas de cartón. Mapurbes del Neuquén mezclados con los Sin techo, son ahora los sin te- cho. Ambientalistas de Temuco, Puerto Aysén o Esquel resisten proyectos mineros contaminantes, se entremezclan con las comunidades mapuches que resisten los desalojos de los Bennetton en el oeste del Chubut. Heavy metals de orígenes paisanos reivindican a sus abuelos indios; vuelven a camaruquear con camperas de los Sex Pistols. Un albañil borracho baila la danza sagrada del ñandú, danza su choike purrún, cae y se levanta en un baldío de Trelew, en las canciones de La Chuza.
Mestizaje trágico de hombres y mujeres, de espacios y tiempos, han generado este mundo mapuche ya “no idéntico en sí“; una actividad de diferencia cultural que no cuaja (como diría Rulfo): hace metástasis con otras identidades silenciadas, vigila- das; “somos los desconocidos de siempre vieja“, dice el graffiti en un suburbio patagónico. “Rolingas chaleros“, “chilotes de mierda“, “chatos“, “rotos“, “indios resentidos“, “negros cuarteteros a morir“; identidades rururbanas conflictivas que son vistas desde el ojo único del poder como una transformación monstruosa que no cuajó en el modelo civilizado del “crisol de razas”.

 

Hibridez, mestizajes, oralituras

La idea trágica de mestizaje de tiempos y espacios de la poeta Adriana Pinda propone asumir esta realidad cultural contaminada como una posibilidad de ser y decir de los sujetos del desplazamiento. ¿Las poéticas mapuches contemporáneas, podrán ser un continente posible para esa realidad fragmentaria, no única?  ¿Una doliente y sutil operación de lenguaje impuro que inscriba su memoria y presencia en el otro?
La transfiguración de manifestaciones artísticas de la lengua ancestral (como los ül) en “poesía”, es parte de esa articulación ambulante y ambivalente de mestizajes; una nueva reescritura de lo propio, ya no como unidad, sino como presencia que habita en esta realidad partida. Usos ancestrales, como el lenguaje curativo de los y las machi se entremezclan ahora con la noción occidental de poesía; y a la vez  implican un corrimiento de eso “poético occidental” hacia ámbitos de uso sagrado exclusivos de la antigua lengua mapuzungun.
La propia Adriana Pinda reescribe en “escritura huinca” sus estados de trance de los sentidos; su lenguaje oral y físico, creado para la sanación de cuerpos-espíritus enfermos, extraviados y sufrientes, se subvierte ahora en poesía:

Se le había ido el espíritu, dicen
Le hicimos fuego con luna llena en su ruka,
sus brazos no querían mapuche por eso la pena,
pero se rindió con foyé mientras cantábamos.
Trutruka, pvfvlka, trompe antiguo con raulí
1  para enamorarla.
Un muchacho pedía por su regreso,
porque la liberáramos de los perros negros.
Ya no quería ser secuestrada la muchacha
1 en otro mundo,
pero su corazón estaba partido en dos.
Por eso la pena y los piojos blancos.
Pedimos a la mamita le sobara la partidura
allí donde moría.
Vinieron entonces buenos olores,
tierra de Treng-Treng llenó sus manos,
volvía el espíritu de chiquilla enferma
porque la madre fue por él.
“Tuve que ir a buscarlo por donde se perdió”.
(“Sanación”- Adriana Pinda)

Lo que ahora leemos como “poema” ha sido (también) ceremonia de éxtasis de una machi, len- guaje de sanación hacia el interior de la antigua comunidad, parte del machitun para unir un corazón partido en dos; porque en este mundo de desplazamientos forzados, hay una espiritualidad partida que el poema - lenguaje de la machi puede unir o entretejer.
El machitun contiene esa ceremonia poética oral como parte de otras mixturas materiales muy tiernas para traer de regreso al espíritu: la  luna sobre la ruka (casa), la sobadura sobre lo roto, el fuego, la música de los instrumentos antiguos: “trutruka, pvfvlka, trompe antiguo con raulí para enamorar- la”. Un lenguaje de éxtasis sobre el cuerpo/ espíritu hasta espantar los “perros negros” e invocar los “buenos olores, la tierra de Treng-Treng Vilú”, aquella serpiente de la tierra que arqueó su lomo para salvar a los antiguos mapuches en el gran diluvio universal provocado por Kai Kai Vilú, la serpiente del agua.
La poesía mapuche contemporánea, emerge como un arte fronterizo, desplazado;  se construye desde su oralidad antigua, ahora transformada en escritura que pugna por inscribirse en el mapa poético de Argentina y Chile. Dice el poeta Bernardo Colipan: “El tiempo azul de la memoria, ese que circula por debajo de la tierra, arrastrando los susurros de los antepasados y que traen recados de un sueño azul, es el soporte donde descansa la poesía mapuche actual”.

 

¿Acomodar o comprender?

Me pregunto qué hará nuestra crítica literaria nacional, tan argentina, central, rioplatense, frente a este emergente poético anómalo a sus ojos de video tape. Qué haremos desde nuestros pequeños campos literarios regionales y patagónicos, donde pastan paisajismos, nacionalismos o viajeros extraña- dos ante “el vacío”.
Me pregunto qué harán los escencialistas de unos y otros relatos congelados: tanto los que postulan la restitución de una cosmovisión intocable del pasa- do mapuche, como los defensores de los relatos nacionales de Argentina o Chile, o los humanistas multiculturales que colocan en la “otredad” de las diversidades culturales a las manifestaciones activas de los “pueblos originarios”.
Algunos trabajos de “interpretación” ya intentan acomodar estas experiencias poéticas dentro de los anaqueles de las literaturas nacionales en cate- gorías como “Poesía etnocultural”, “Etnoliteratura”, “Nuevas literaturas indígenas”; o suelen ser restringidas al ámbito de las “Literaturas regionales”.
Ante el apresuramiento crítico por rotular, aquietar, emplazar lo desplazado; estas poéticas de cruce y mestizaje de lenguas van bordeando las líneas de frontera; habitan espacios de tensiones lingüísticas, culturales y sociales donde florecen particularidades y diferencias activas que cuestionan los estatutos del silencio.

*Una versión del presente trabajo fue presentado en las Jornadas Nacionales de Ciencias Sociales; Universidad Nacional de la Patagonia, Sede Trelew, en noviembre de 2008

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines N° 20 Julio de 2009

•Por Jorge Spíndola
Especial para Confines - El extremo Sur

Ilustraciónes: Alejandra Ferrada

 

Julio/Agosto de 2009
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