El verso nos sitúa; no así las pautas, los prejuicios, las expectativas de los otros. El verso es un proyecto de autonomía. Reorganiza, y las cosas nacen, muestran su valor. Tal deriva, para sostenerse, es un ejercicio de resistencia, a fin de no dejarnos comer por la máquina en que vivimos.

Resistencia

Ensayo de Roberto Echavarren

Hay un flanco corporal, de musculaturas, circulaciones, tensiones y distensiones; el momento está hecho de eso, además de las circunstancias, que no son sólo asignificantes, sino materiales formados y tecnologías, más el lugar y la función que ocupamos en esa realidad no sólo real, sino también simbólica. A un nivel, el momento está construido, realizado, definido por el habla, por el verso, por su “definición mejor” (Lezama Lima). El momento realizado en el verso redefine las circunstancias de lo real, las vive, las inventa, nacen – “eso no se explica, eso nace” (Marina Tsvetáeva) -.

por Roberto Echavarren

 

 

 

El verso nos sitúa. No nos sitúan “ellos”, vale decir las pautas, los prejuicios, las expectativas de los otros. El verso es un proyecto de autonomía. El verso reorganiza, y las cosas nacen, muestran su valor, en esta nueva vivencia, en esta nueva distribución. Tal deriva, para sostenerse, es un ejercicio de resistencia a fin de no dejarnos comer por la máquina en que vivimos. Si nos atrapa, atrapa nuestros cuerpos, nuestras vivencias, y nos despacha rápido; toma lo mejor de nosotros y lo pone al servicio de un empleo, de una tarea que insume todas nuestras energías, pero no nos deja experimentar aventuras de gusto y de crítica, las dos virtudes del siglo de las luces: el gusto, para Kant, orienta el juego libre de las facultades, y las luces (Aufklärung) implican autonomía, juicio moral, crítica del conocimiento, de las concepciones. Es el Viva la libertá! cantado en el Don Juan de Mozart. No servir a un amo: io non voglio piú servir, de Leporello y el Barbero. No estar subordinado, no aceptar la sumisión.

ROBERTO ECHAVARREN

Roberto Echavarren es uruguayo. Estudió filosofía en la Universidad Goethe, de Frankfurt am Main, y se doctoró en letras en la Universidad de París VIII. Fue docente en las Universidades de Montevideo, Londres y Nueva York; y en el Instituto Rojas (Universidad de Buenos Aires). Sus últimos libros de poemas son Performance (compilado por Adrián Cangi), Casino Atlántico y Centralasia. Entre sus novelas publicadas están Ave roc y El diablo en el pelo, y entre sus libros de ensayo destacan El espacio de la verdad: Felisberto Hernández; Montaje y alteridad del sujeto: Manuel Puig; Margen de ficción: poéticas de la narrativa hispanoamericana; Arte andrógino: estilo versus moda (Premio del Ministerio de Cultura de Uruguay) y Fuera de género: criaturas de la invención erótica. Es compilador –junto con José Kozer– y prologuista
-junto a Néstor Perlongher– de Medusario, muestra de poesía latinoamericana. Participa de la Red internacional de Poéticas de Resistencia, en cuyo último simposio, realizado entre el 16 y el 17 de abril en Santiago de  Compostela (España), presentó esta ponencia. 

 

Utopías imaginadas y realizadas

•El siglo XIX imaginó utopías y el siglo XX realizó algunas. La idea era que la historia importaba más que la libertad, y que el estado (o la humanidad) importaba más que el individuo, por lo menos en el período de “dictadura del proletariado”. Esto caracteriza al siglo XX más que las democracias parlamentarias, o tanto como ellas. Es una crisis del modelo del estado y del estado de la legalidad.
Más allá de los modelos cosificados del compromiso político que no tienen en cuenta las garantías de la persona, en un ámbito de violencia y de ilegalidad apoyado por una supuesta vaga utopía – no se sabe si es más escalofriante la violencia o la utopía, señala Hannah Arendt (en La promesa de la política) – la micropolítica, cuya práctica y noción se configuró en los sesenta - el término es de Michel Foucault - multiplica las formas de la resistencia y las vuelve autónomas con respecto a un líder, a un partido. Negros, indios, mujeres, queers, raza, preferencia erótica, figuras del estilo, de la música, estilos de vida, vida de drogas, se autonomizaron. En dos frentes a la vez: vivir no de acuerdo a totalizaciones, sino de acuerdo a tendencias particulares, y luchar por derechos.
Ya lo sabemos; la iglesia y las iglesias perdieron poderes sobre el gobierno y sobre la sociedad – el Papa es una enana blanca - (salvo en algunos países islámicos, como Irán, que ejecuta a los homosexuales). La censura dura anterior a los sesenta, en nombre de la moral y de las buenas costumbres, se transformó en censura blanda. En vez de la regulación de las costumbres a cargo de la policía y de los jueces, la censura de los medios se hace en nombre de la opinión prevalente (heterosexismo) y el “buen gusto”; relega las manifestaciones inconvenientes a canales minoritarios.

 

Discriminaciones sin fin

•Caso de Uruguay: un grupo queer (Ovejas Negras) lanzó una campaña contra la discriminación: foto de un beso entre personas del mismo sexo; esos avisos pagos fueron rechazados por los canales privados de TV (no los estatales). Discriminaron una campaña contra la discriminación. Hay una “distracción” y un relegamiento de ciertos mensajes, sean porno, sean pulsionales, sean intelectuales, sean minoritarios, sean considerados “difíciles” de absorber. Es otro (nuevo) régimen de censura. El interés general se ha disuelto en una miríada de intereses particularizados, a su vez proscritos – por censura blanda – de los medios masivos de comunicación, de las editoriales que se creen obligadas a publicar best sellers y narrativas mediocres.
Ni utopía ni distopía, la micropolítica ejercita el poder de cada cuerpo.
El espacio poético es un espacio de resistencia a unos medios que no necesitan a la poesía.
La comunicación entre los poetas es un entre-dos, una comunidad poética, política en el sentido que Hanna Arendt da a esa práctica a partir de los griegos, la discusión, la toma concertada de decisiones en el ámbito público, aparición de libros, publicaciones, intercambio de pareceres, lecturas, intervenciones, crítica, performances. Es un tejido de relaciones. La poesía crea un ámbito público de registros y traducciones de la experiencia corporal; un terreno problemático, donde nada es (necesariamente) presupuesto.
Los versos muestran el flujo de intensidades ligadas a una memoria del cuerpo. No un yo, mucho menos una identidad. La intuición búdica de la insustancialidad del yo nos permite atender al flujo con memoria que pasa por encima o por debajo de los puentes; migraciones, recorridos, avizoramientos de un mapa, fronteras, horizontes.
El poema nos dispensa de hablar como se espera, como se entiende. Esto no implica un divorcio con respecto a la lengua hablada. Un poema que recorte expresiones coloquiales, las yuxtaponga, potencie su fuerza expresiva, trabaja con la lengua pero no se reduce a un coloquialismo chato. Siempre hay un oído que se forma oyendo la lengua hablada, pero un sentido del montaje, de la abreviatura, del detalle, de la entonación, de la síntesis, una inteligencia crítica de ritmos y medidas crea el acorde entre imagen y música, cuando la una motiva a la otra (el eje de la imagen se proyecta sobre el eje de la música o viceversa, produciendo la combinatoria autónoma del poema). El poeta no es tanto un sujeto creador (mucho menos un yo identitario), sino un montajista, un bricoleur.
En ese ámbito se expresa una sensibilidad, que no existe en un vacío sino articulada por las tendencias de un cuerpo histórico, vale decir inserto en un contexto. Explorar las singularidades del eros en el campo de la escritura nos vuelve resistentes a las opiniones y las prácticas recibidas, aceptables o convenientes.

 

Matrices de violencia

•Violencia de género es pegarle a una mujer. Pero también es violencia la matriz de género en sí, que nos oprime a todos, obligándonos a ajustarnos a las expectativas prevalecientes. Nos pasamos la vida tratando de adaptarnos a lo que se espera de nosotros, que seamos un verdadero hombre o una verdadera mujer. Se nos exige imagen y comportamiento acordes al heterosexismo dominante para construir un yo identitario.
Nos pasamos la vida ensayando roles de verdaderos varones o verdaderas mujeres. Un desvío resulta objeto de chistes, bromas, agresiones físicas. Frente a las censuras en la escuela, en el hogar, en el trabajo, en las áreas de circulación, un queer puede elegir bajar el perfil, reprimir eso que lo hace diferente y dudoso, o al contrario abrazarlo como el instrumento de su realización. Puede optar por hacer de su rareza una realización singular del estilo, como pretendían Oscar Wilde y Michel Foucault. Hacer de la propia vida una obra de arte es una operación de resistencia. La libertad exige coraje. Concierne a un cuerpo histórico. Lo lleva, de Stonewall en adelante, a conquistar un espacio no sólo privado, de guetto, sino público, culminando en la más pública de las ceremonias, el casamiento. No el casamiento obligatorio, por supuesto, sino la igualdad de derechos y protección de la ley más allá de la configuración de los genitales.
A través de mi poesía y escritura he intentado desconstruir el género como matriz de opresión.
Más allá de los valores cristianos de Occidente, más allá del crimen teológico de la sodomía (establecido por San Pablo), el trastrocamiento de los valores tradicionales se apoya, para mí, en vínculos sutiles con otras culturas. Investigo huellas, sospechas acerca de grupos no occidentales apartados en el tiempo o en el espacio. Y encuentro ecos en otra parte, en otra cultura, en otra vida.

 

Imágenes y tabúes

•La manera en que está construida la imagen del hombre o de la mujer en otras culturas nos lleva a nosotros, con ojos occidentales, a ver en esa imagen una rotura de tabúes (los hombres no puede llevar el pelo largo, no pueden usar pendientes, no pueden usar ciertas telas o colores o cortes de ropa o estilos que no se consideren “varoniles”). No intento decir que esas otras culturas estén liberadas de la opresión de género, sino que las imágenes que producen relativizan las nuestras, hacen posible imaginar lo que parecía inimaginable o imposible de acuerdo a las esencias de género que heredamos. O sea que la liberación es una grieta intercultural, la transculturación una deriva que ensancha el panorama de nuestras posibles vivencias y realizaciones. Eso que vislumbramos puede incluso ser un espejismo, una equivocación fecunda, un modo de disparar nuestra fantasía y nuestra conducta.
En la novela Ave roc me interesé sobre todo por el indio americano, tanto su historia como su presente, en particular en California y el norte de México. Los dos ejes de la novela son el festival de los indios gabrielinos y la busca del peyote.
La literatura no refleja la realidad: la atraviesa como un bólido constante, con velocidad propia. Es un reordenamiento. Lo que ha sido tachado resurge por virtud fantasmagórica del eros que reinventa. Reinventa las imágenes y estilos de vida que se habían ido perdiendo a lo largo del camino de la especie y de las culturas. Me aparto de cualquier teleología para explorar una arqueología de desviaciones. 
Evocar otro eros en sus festividades, evocar ritos de consumo del peyote, implica desgarrar el telón para mostrar no sólo el tratamiento de los indios por parte de los colonos europeos a lo largo de siglos de conquista y aniquilamiento, sino el punto de vista de los indios, un atisbo a su comprensión de las cosas. Admiramos tanto su coraje en el combate como su resistencia civil. Admiramos también su pasmosa capacidad para reinventarse. En efecto: desde el fin del siglo diecinueve los indios americanos inventaron la nueva religión del peyote, a fin de recuperar la intensidad religiosa de sus prácticas y danzas prohibidas por el blanco en aras de la evangelización.

 

Mestizajes y prójimos

•Ésta es una línea del mestizaje americano. Los escritores próximos a mi tarea son Néstor Perlongher que se ocupó de los prostitutos negros de Sao Paulo, y Pedro Lemebel que se ocupa de los villeros de Chile, de las culturas “bajas” interraciales. Este mestizaje concreto va de la piel al habla. Es una sensibilidad volcada en escritura. El estilo de vida del autor y y el estilo de su escritura trafican un cruce de razas, el estudio, la comprensión de otra moral, otro uso del cuerpo.
En El diablo en el pelo (mi segunda novela), intenté crear un eros charrúa, la tribu extinta, exterminada por el primer presidente de Uruguay (1830). Se perdió una etnia y una lengua. El protagonista mestizo de mi novela sale de un medio uruguayo que mantiene esos factores en sordina, aunque presentes hasta cierto punto; un mestizaje rural y barrial donde detecto restos, huellas, fantasías de una cultura vasalla, de una cultura paralela, otro orden de posibilidades para las relaciones entre las personas.
Éste es también el mundo de la prostitución masculina y del espíritu adolescente. En esta novela, como en el ensayo Arte andrógino: estilo versus moda, llevo a cabo una investigación de los estilos de la juventud, estilos que surgen de abajo en contraposición a la pirámide jerárquica de la moda.
En esta línea quisiera mencionar mi última novela, Yo era una brasa (Montevideo, 2009). Tomo la figura de una cantante negra de Uruguay, Lágrima Ríos, a quien el libro está dedicado, y trabajo sobre una serie de testimonios de personas negras que han sido entrevistadas a fin de narrar sus historias de vida. Mi protagonista resulta un agregado o conglomerado de las migajas de una vida negra, los datos esparcidos acerca de la vida civil de estos antiguos esclavos, el ingrediente mestizo africano que da tono, empuje, oído, realizaciones a la música, a la danza, al diseño, tradicionales o no.
Son formas de resistencia, de escucha alternativa. Es una cuestión ética y estética: abrir y asegurar el espacio de una mediación diferente, un aire soterrado. Un rescate, una memoria (de una etnia aplastada), y una materia, esos cuerpos y las imágenes que segregan la piel africana o indígena.
Mi poema Centralasia es una versión en verso libre de una travesía por el Tibet. Absorbe y discute tanto las proposiciones budistas como su práctica, experimenta episodios de cacería, marchas exigidas, visiones arquitectónicas y tectónicas, un encuentro amoroso del viajero con un arreador de caballos que combate en las guerrillas contra los chinos; el eros tibetano se despliega en la conjura entre ficción y realidad, adivinación y cuerpo, una vivencia del amor entre territorios y tradiciones, entre lo posible de la cercanía y lo imposible de la distancia. El imposible crece, transculturado; encuentra una vía de realización en el poema. 

 

Conciencia globalizada

•Un aspecto de la era global es que globaliza nuestra conciencia.
Lo que sucede en Tibet no es ajeno a otras zonas del mundo. La ocupación China de ese territorio, la destrucción física de la gente y la cultura, idioma, edificios, vestimenta, tejidos, de un país que no tenía ejército a la manera de Costa Rica, continúa en medio de revueltas esporádicas de una resistencia moral más que combatiente, ya que poco puede hacer contra el ejército chino y la economía instalada allí por el poder dominante. La resistencia tibetana es por la mayor parte un fenómeno internacional de conectividad, una conciencia mediática planetaria.
La campaña maoísta que se llamó revolución cultural destruyó 6.000 templos y monasterios, vale decir prácticamente todos. Sólo unos pocos fueron reconstruidos recientemente por los propios monjes. Los chinos organizaron quemas públicas de libros, como las quemas nazis de los treinta, con la diferencia de que los libros tibetanos son ejemplares únicos irrecuperables (las quemas se pueden ver en youtube).
Algo posiblemente inmortal, para todos los tiempos, fue en gran parte arrasado, junto con la autonomía de la cultura viviente. Por un lado pérdida de vidas (un millón de un país de seis millones), por otro destrucción de imagen. La imagen del techo del mundo.
Rebasando la visión provinciana, rebasando las ideologías del nacionalismo, nuestro territorio es cada vez más la tierra en conjunto. Nuestras preocupaciones, nuestros problemas, nuestros recursos, son los de cualquiera en este mundo ya no tan vasto. Una tecnología sin patria suprime el espacio o acorta el tiempo de traslado. Las noticias nos enfrentan a una tierra única y vulnerable, una madre nutritiva que debemos cuidar en vez de depredar, un lunar ínfimo en el espacio, el único navío para atravesarlo.

 

Cómo sobrevivir

•Hay lugares más contenciosos que otros. Hay urgencias, crisis financiera, calentamiento global, bolsones de problemas interconectados. Y fronteras, regímenes, hambre, enfermedad, guerra, diplomacia.
Nuestra sensibilidad es terráquea. El terruño, el solar, la comunidad de enclave y de lengua, son sin duda los factores decisivos para nuestra sobrevivencia, y posiblemente para nuestra realización. Pero los recursos de la red, las bibliotecas, las enciclopedias, los archivos de imágenes, nos alimentan. No se trata de la Biblioteca de Babel; cada recorrido, orientado por el azar, es motivado, personalizado, oblicuo. Acarrea vivencias, participación, saludo, diálogo, empatía, proyectos compartidos.
Nuestra sensibilidad moral crece a medida de estos desarrollos. Nos informamos, nos sensibilizamos. Nos alimenta una corriente continua y alterna. 
A fuer de tocarse con los codos, las culturas (civilizations) ¿se uniformizan? Me parece que se enriquecen mutuamente y se abren a la tolerancia.
Nos hemos acercado, pero tomaría un tiempo llegarse a conocer. Quizá fuera necesario convivir para llegar a un cabal conocimiento. Pero aunque los espacios sean diferentes y separados, las fotos del celular y el chat de cada mañana entre Singapur y Chile, pongamos por caso, son intervenciones en nuestra convivencia y parte de ella. 

 

Horizontes expandidos

•Para alguien, como yo, adolescente en los sesenta, expandir mi horizonte era una prioridad cabal para sobrevivir. Me encontraba prisionero de un hogar cristiano en un orden civil que se estaba derrumbando por la violencia de la guerrilla y del ejército.
Europa en el 68 me dio el hálito de libertad que necesitaba, resultado del viaje y la coyuntura histórica. Mayo francés, revuelta estudiantil en Frankfurt, comunas queer del Gay Liberation Front, post estructuralismo: fue mi iniciación exótica.
El internacionalismo o el trasvasamiento de culturas era mal visto por la izquierda nacionalista latinoamericana. Todavía en los ochenta el rock era considerado por parte de la izquierda como un mensaje cifrado del presidente Reagan. 
Entre fines del diecinueve y principios del veinte los poetas modernistas hispanoamericanos manifestaron una conciencia de lo exótico.
El poeta Julián del Casal invocaba la nieve desde su isla del Caribe; e invocaba a una supuesta “cubana-japonesa”, aunando exotismo y mestizaje. Lo local y lo lejano. Una raza y la otra. En la vena exótica, el uruguayo Julio Herrera y Reissig escribía los Sonetos Vascos. Y Rubén Darío fue acusado de exotismo por el ensayista José Enrique Rodó. 
En las décadas que siguieron a estos poetas se les reprochó haber traicionado los intereses de la patria ocupándose de temas foráneos que nada tenían que ver con ella. Los modernistas, se decía, habitaban una torre de marfil, ignorantes del compromiso y prescindentes de los problemas del entorno. Creo en cambio que eran profetas, indicadores de una cultura abierta, abierta al influjo europeo, sí; pero también iniciados, cada vez más, a una literatura del mundo.
Tras ellos los vanguardistas se obsesionaron por el transporte y la velocidad: Marinetti, Huidobro (“Viaje en paracaídas”).
El exotismo, la velocidad: rasgos morfotemáticos de la poesía de hace cien años.

 

Resistencias y muros

•Podríamos suponer que devenir mundial implica tres vectores: desterritorialización relativa, aceleración de la velocidad, y conexión.
La desterritorialización fue practicada, asumida, por los poetas modernistas. La aceleración de la velocidad por los poetas vanguardistas. Pero lo que es nuestro, propiamente nuestro, es la conexión. La adelantaban la radio, el teléfono y la telegrafía. Esa conectividad compleja de las relaciones económicas, de las comunicaciones y de internet, considera al mundo como lugar único y el referente de cualquiera.
Esto nos plantea problemas y nos da lecciones. Aprendemos las hazañas de la resistencia pacífica (Mahatma Gandhi, Dalai Lama); la capacidad destructiva de la tiranía, tanto como el clamor de la resistencia.
¿Las resistencias pueden derrumbar los muros de Jericó de las opresiones? 
Nos abrimos a un teatro del mundo, no en el sentido que le daba Calderón, sí al desideratum de Kant (La paz perpetua), un afán de justicia global, tribunales de amplia jurisdicción, un fuero juzgo universalizado de la persona a partir de una consideración de las diferencias y la equivalencia de oportunidades.
Y una intervención microscópica de nuestras vidas en las relaciones de poder micropolíticas. No sólo una ética, sino una estética global contamina nuestras vidas, desde el arte culinario hasta la vestimenta hasta los valores. Es lo que tenemos en la punta de los dedos y no deberíamos olvidar, porque ensancha el horizonte, hace visible algo que era nuestro, pero que a partir de nuestra educación o experiencia no podíamos ver por nosotros mismos. 
En nuestras vidas se mezclan lo global y lo local. Cierto modo de hablar, ciertas palabras barriales, ciertos giros y fórmulas que van variando por su cuenta, las condiciones de trabajo, la salud, las circunstancias del rincón que habitamos parecen intransferibles. Pero prefiero acentuar el recorrido más que la identidad (que de todas maneras es una falsificación, una construcción estática), lo extraño más que lo propio, para ver lo propio como extraño. En este sentido pensar es pasar, interrogar un orden, espantarse de que esté ahí, preguntarse qué lo hace posible, procurar recorriendo sus enclaves los trazos de los movimientos que lo formaron y descubrir en esas historias supuestamente de cenizas, cómo pensar, vivir de otro modo.

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines
N° 18 Mayo de 2009

•Por Roberto Echavarren
Montevideo (Uruguay)

Especial para Confines - El extremo Sur

 

 

Mayo/Junio de 2009
2010 © Confines Arte y Cultura de la Patagonia| es una publicación de Editorial Revuelto Magallanes