Sobre los autores

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JUANA CASTRO /
CÓRDOBA

• Juana Castro, Nacida en Villanueva de Córdoba, comarca Los Pedroches, en 1945, reside en Córdoba desde 1972.   Maestra de profesión y especialista en Educación Infantil. Colaboradora en prensa con artículos de opinión y crítica literaria, ha coordinado actividades culturales y de tema de mujer. Casada con el narrador Pedro Tébar, madre de 3 hijos y abuela de un primer nieto. Ha publicado alrededor de una docena de libros de poesía, desde Cóncava mujer (1978) hasta Los cuerpos oscuros (2005). Otros títulos son Del dolor y las alas (1982), Narcisia (1986), Fisterra (1992), No temerás (1994), Del color de los ríos (2000), El extranjero (2001) o Arte de cetrería (1989), Premio Juan Ramón Jiménez y finalista del Premio Nacional de Poesía. Existen también las antologías Alada mía (1995), Memoria della luce (1996), Pañuelos del aire (2004),  Calice (2001) y La extranjera (Puerta del Mar, Diputación de Málaga 2006). En prosa Valium 5 para una naranjada (1990). Otros premios recibidos son “Carmen Conde”, “San Juan de la Cruz”, “Jaén” (2005), “Carmen de Burgos” –éste de artículos periodísticos-, o “Meridiana”, del Instituto Andaluz de la Mujer. Es medalla de oro de Andalucía 2007. Su obra está traducida parcial- mente al inglés, francés, checo, polaco, neerlandés, catalán, chino, y más extensa- mente al italiano. Es miembro correspondiente de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba. Forma parte del Colectivo de Poetas Cordobesas y del grupo “Mujeres y Letras”. Ha colaborado en libros colectivos y está incluida en varias antologías españolas y extranjeras. La hispanista Sharon Keefe Ugalde coordinó el volumen titulado Sujeto femenino y palabra poética (2002) dedicado a su obra. En 1995 se presentó en la universidad de Córdoba una tesis doctoral sobre su poesía, de la que se ha publicado una parte titulada Temática y pensamiento en la poesía de Juana Castro (Encarna Garzón García, Universidad de Córdoba 2005). Unos versos suyos se encuentran en un azulejo del Palacio de Viana (Patio de la Cancela), en Córdoba.

 

DIONISIA GARCÍA /
MURCIA

• Dionisia García (Fuente-Álamo de Albacete, 1929) es autora de varios libros de poemas, entre los cuales destacan Mnemosine (Rialp, 1981), Diario abierto (Trieste,
1989), Lugares de paso (Renacimiento, 1999), El engaño de los días (Tusquets, 2006) y, más recientemente, L’albero (El árbol) (Levante Editori, 2007) en edición bilingüe italiano-española. Además de la poesía ha cultivado otros géneros, incluyendo el cuento, el aforismo y comentarios críticos sobre escritores clásicos y contemporáneos. Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas e incluidos en antologías y revistas. La autora ha ofrecido lecturas de sus poemas y conferencias en varias ciudades de España. Así mismo, ha participado en encuentros de poetas en Europa y Amé- rica. Es miembro correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo (Málaga). En el año 2000, la Universidad de Murcia instituyó un premio de poesía que lleva su nombre.

 

RAMÓN IRIGOYEN /
MADRID

• Ramón Irigoyen, Pamplona, 1942, reside en Madrid. Es autor de los poemarios Amor en carne muerta (1972), Versos de entretiempo (1979), Cielos e inviernos (1979), Los abanicos del caudillo (1982). Como narrador es autor de varios libros. Traductor del griego ha traducido entre otros a Horacio, Catulo, Marcial, Eurípides, Odiseas Elitis y Constantino Kavafis.
En 2007 To Cafenío ton Ideón (Salamina, Grecia) le otorgó el Premio al Valor Ético por el conjunto de su obra. Actualmente colabora en los diarios: El País, La Voz de Galicia, Diario de León, Diario de Navarra, Ideal de Granada, Ideal de Jaén, Ideal de Almería y Heraldo de Aragón, y en la revista La Clave.

 

CHANTAL MAILLARD /
MÁLAGA – BARCELONA

• Chantal Maillard,  Bruselas 1951, de nacionalidad española desde 1971.
Poeta y doctora en filosofía pura, se especializó en filosofía india en la Universidad de Benarés. Hasta 2001 fue profesora de estética y teoría de las artes en la Univesidad de Málaga. Galardonada con el Premio Nacional de Literatura (2004) con el poemario Matar a Platón. Es colaboradora habitual del diario El País y autora de numerosos ensayos y libros de poesía. Sus obras más recientes son Husos. Notas al margen (2006) e Hilos (2007) Premio Nacional de la Crítica en 2007.

 

KEPA MURÚA /
PAÍS VASCO

• Kepa Murúa (1962). Autor de una dignidad inusitada, por el recato que se impone y el escrúpulo con el que escribe, su obra es una de las grandes aventuras poéticas del presente.
Autor de los libros de poesía Abstemio de honores, Cavando la tierra con tus sueños, Siempre conté diez y nunca apareciste, Un lugar por nosotros, Cardiolemas, Las manos en alto, Poemas del caminante, Cantos del dios oscuro y No es nada, ha publicado asimismo libros de ensayo como La poesía y tú, La poesía si es que existe y Del interés del arte por otras cosas, así como varios libros de artista, entre los que destacan, Cuando cierras los ojos, Flysch e Itxina.

 

ALBERTO TUGUES /
BARCELONA

• Alberto Tugues (Barcelona, 1947), ha publicado los libros de poemas en prosa y cuentos, Guía urbana de perplejos (Ed. Arts del Llibre, 1989), El archivo del copista (Ed. Arts del Llibre, 1990), Distritos postales para ausentes (Col. El Bardo, 1998), Historias breves de este mundo (Ed. Random House Mondadori, 2002), Lugar de perdición y El espía del ramo marchito y El caso de una sangre derramada(Ed. Em- boscall, 2006, 2007, 2008). Miembro fundador de las revistas  «Asimetría», «Hora de Poesía» y «Poesía 080 Barcelona», actualmente coordina las lecturas de Encuen- tros 080 (Acec, Ateneu de Barcelona).


 

Seis destacados autores de distintas regiones del país, seleccionados por la poeta  concha garcía. El extremo sur presenta en argentina una muestra de la mejor poesía que se escribe en la península  ibérica.

Geografía poética de España

Los contemporáneos

Esta selección de seis poetas españoles obedece a dos criterios: que los autores no pertenezcan a una misma generación y en segundo lugar que procedan de diversos lugares de España - dada la singularidad geográfica de nuestro país  en el que hay diecisiete comunidades autónomas, en algunos casos, con una lengua propia como Galicia, País Vasco, Cataluña, Comunidad Valenciana o Islas Baleares-. Me he ceñido a poetas que escriben en lengua española. Pero lo más importante es que son poetas que me gustan, en los que no marco una línea o tendencia, sino que cada uno como voces que no se adhieren a una sola tradición, propagan su música desde la singularidad de la misma. La poesía española contemporánea es variada y bebe de tradiciones distintas, presentar un mapa completo sería un trabajo arduo que excedería la intención de este trabajo.

Introducción y selección de Concha Garcia

Los poetas seleccionados son Dionisia García, nacida en la provincia de Albacete (1929) pero ubicada desde joven en la ciudad de Murcia donde la Universidad ha establecido un premio poético con su nombre. Es una de las voces más importantes dentro de su generación en la que destaca una poesía que se ocupa de lo cotidiano otorgándole una trascendencia ética y moral.  Albert Tugues (Barcelona, 1947), de cuya obra destaca una ternura que pone en relieve un mundo onírico del que destaca la soledad de un ser humano habitante de una gran ciudad en cuyas calles y apartamentos discurren anécdotas donde se desenvuelve la mayoría de las sensaciones de este peculiar poeta.  Ramón Irigoyen (Pamplona, 1942), es uno de los escritores más mordaces del panorama literario actual. Prosista y excelente traductor de clásicos y modernos griegos, su poemario Los abanicos del caudillo, publicado en los años ochenta, en pleno despertar post-dictadura, marcó un punto de ironía anticlerical e irreverente necesario tanto entonces como hoy. Juana Castro (Villanueva de Córdoba, 1944) es una de las poetas referentes en la literatura escrita por mujeres en nuestro país, sus poemarios reflejan  la preocupación por recuperar un espacio donde lo vital y la experiencia femenina dan cuenta de un recorrido emocional que revisa los mitos desde un lirismo que marca el ritmo de la tradición más genuina del sur de España, a base de imágenes metafóricas y un ritmo regular que resalta la emoción porque su poesía está rozando la frontera de la oralidad. Chantal Maillard (Bruselas, 1951) vive entre la ciudad andaluza de Málaga y la mestiza-catalana Barcelona, doctora en filosofía pura, ha pasado largas temporadas en Benarés donde se especializó en filosofía y religiones indias, formando un itinerario a través de sus estudios sobre estética india, o sobre la metáfora en la que se perfila  una obra que engarza entre los diarios filosóficos y la poesía,  proporcionando una lectura de la devastación con una exquisita mano que desbroza lo inútil y deja en lo esencial una estela de dolor en la que reconocerse no es difícil. Su poemario Matar a Platón ganó el premio Nacional de Poesía en el año 2004,  y con el último, Hilos ha sido galardonada con el premio de la crítica este año de 2008. Es una de las poetas más admiradas en España por un amplio sector, algo bastante extraño porque la poesía es cada vez más minoritaria. Así, la obra de un poeta de culto como la del vasco Kepa Murúa (1962), un solitario que imprime personalidad en el fraccionado campo de la poesía española cuando se ha nacido en una comunidad lingüística con lengua propia. Kepa Murúa es además un riguroso editor que cuida la colección de poesía (Bassarai) introduciendo, sobre todo, a poetas en lengua francesa, y es absolutamente leal a mantener una ética de los valores humanos en una poesía escrita en primera persona.
Espero poder continuar mostrando otras series de poetas españoles contemporáneos de otras tendencias o tradiciones.

 

Selección de poemas

▼Secciones

 

Juana Castro

 

JUANA CASTRO /
CÓRDOBA

 

Océanos

Con ellos oigo el mar.
Oigo el mar y visito los huecos
de la sombra en sus labios.
(Pero no sé si tienen labios).
Son grandes y son lentos como dos
proboscidios. Se caen
cada día cien veces de su tierna rodilla
zamba. Yo les doy
de beber, les unto
de pomada y de aceite
la piel roja del coxis
y a las doce los pongo en el balcón.
Habla y habla y habla el uno sin parar
una lengua de trapo
y de esponja
y de agua,
mientras el otro –la otra–
se atora con su propia campanilla.
Y el mar entra y sale,
va desde su cuarto a la cocina,
y a mí me humedece
de color gris acero las muñecas.
Cuando brota la luna
yo rehago dos nidos con bufandas
y leche y baberolas
y me siento a escuchar.
Y el mar bate despacio
–muy
despacio–
en sus vientres de tierra.

 

Calle Cruz de Ventura

Hace ya tanto tiempo que andamos entre coches...
Déjame, hija mía, que descorra los miedos y la niebla.
Llevamos ya dos horas
perdidos en la acera
de no sé qué avenida, preguntando
en porteros donde nadie conoce a nuestra hija.
El ascensor no estaba, y otra vez
nos cambiaron el cuadro de los números.
Tu padre, cinco pisos, mis piernas, los jardines,
mil comercios...
Había una carrera, porque estaban los guardias.
Y la música loca, tanta gente,
y el cristal embobado de las casas sin nombre.
–Traéis cemento detrás de las orejas.
Y arañados los pies de rascacielos.
Ayer, el autobús de las espinas blancas
(¿o fue hoy?)
nos llevó a la deriva
por vueltas y revueltas
de hormigón y de luces.
Y de pronto, en un brillo
del oscuro café, una mirada, esa malicia
inteligente y cómplice del agua
(del agua de los ríos que van a dar al mar):
la casa, el pueblo.
Nosotros, ya, Ventura 14.

 

Los cuerpos oscuros

Para el trazo del miedo he viajado hasta el norte.
Me he sentado en la hierba
y he puesto en pie la música
del estilete blanco.
Ya no tengo mentiras.
Vuestros cuerpos oscuros se desangran sin verme,
y me alejo y no os miro
porque aquí no hay sepulcro,
ni ronquido ni escara
que me lleven temblando
al país de las dunas.
Que el hilo azul del sauce
se destrence en el agua
y el carmín de los patos
haga fuego en el agrio
resplandor de la orina.
Ya el canal tiene frío
y amanece en las nubes
y pongo en vuestros ojos
carcomidos de espanto
este aroma de lilas resonando en la niebla.
La culpa, el filo, el mango.
Mis dos pájaros negros.
(Sólo la mirla canta).

 

Espejos

Baja la loba al llano, y muerde las ventanas.
No con dientes las muerde, sino con sus pupilas
agrandadas y hambrientas.
Con envidia las mira, a las ventanas,
sus lámparas, sus sombras
ocultas y encendidas.
Porque ella vaga sola, sin lugar y con frío,
y allí, tras los cristales,
se agazapa ese algo
que aún no sabe qué es,
pero que late y vive.
Baja la loba al río y mira arriba,
y aúlla a las ventanas
que brillan como soles
y taladran la noche
tan triste de la vida.
¿Quién ama? ¿Cuántos comen?
¿Cómo será la silla?
Lame la loba el suelo, y lame las ventanas
encendidas de luz,
y sus pupilas rojas
son un livor de frío.

 

Era una vez

Por el camino de los alambres caía la luna llena.
La luna llena caía en las encinas
y ella andaba sola con su gato Toribio.
La ciudad estaba lejos y el pueblo estaba lejos,
y ella iba en el campo
sola y sola en la sombra de la noche de marzo.
Esto era un cortijo, y una mujer, y un gato,
y la luna brillando sola sola en el sueño.
–Cuando seas mayor recorrerás el mundo.
Cuando yo sea mayor.
Por eso llego ahora al cortijo y me siento
en la noche de marzo más sola que la una,
y sé que tengo sueño, y sé que ya he vivido,
y el silencio se escucha como cae la luna
en el camino largo de alambres y de polvo.
–No eres más que una niña.
Tú eres una niña fantasiosa que duerme,
porque quiere dormirse de pie como los gatos.
Era marzo y la noche, y había una mujer
sola sola viniendo
de la mano de un gato que llamaba Toribio.
Yo ya no la conozco.
Sólo sé que la veo
cerrando las ventanas
como quien cierra un libro
perfecto y acabado, y hablándole a su gato
como al tonto Toribio.
Sola sola en la noche silenciosa de marzo.
Ella siempre reía.
Ella duerme en un campo
que es otro y es el mismo.
Ella tiende su cuerpo, y su gato Toribio
se adormece en silencio.
Y está la luna llena dando luz al cortijo.
(De Los cuerpos oscuros, Hiperión 2005)

 

El vicio solitario

Dos reales costaba aquel ensueño.
Dos reales de pan sin chocolate
y el joven viejo hidalgo
armado caballero en sus dos sábanas.
Apaga ya la luz tengo un examen
se llama Dulcinea no se llama Aldonza.
Leer tanto leer
se seca la sesera
le vamos a meter fuego a los libros.
Y el ama y la sobrina
le dan para beber de su jarabe
las letras se la comen
reposo y aire sano y todo a la candela.
Don Quijote delira es que no duerme
al alba la encontramos
exhausta y con las gafas
malheridas de frío
cristales en sus manos
la sangre en las muñecas.
Y los libros ardiendo
ayer y hoy y siempre
hay un loco que aguza
los ojos de la noche
la locura que sabe
descuadernar las páginas el viento
las trenzas se la comen
atarle las dos manos
y que escriba si puede.
(Inédito en libro)

 

Dionisia García

 

DIONISIA GARCÍA /
MURCIA

 

EL ÁRBOL

Atrás el esplendor de los palacios,
las cúpulas a contra sol doradas,
el escenario de la calle
donde sólo separa un pie de tierra
de persona a persona.
¿Qué me llevó a juntar alientos,
a tomar arroz y carne con las manos,
y dulces densos de miel y pasas?
Extraña luz guiaba la aventura,
sin alivio de lenguaje.
Asia se siente, dicen. Yo buscaba.
Aconteció cuando mengua la luz,
con ella la jornada. Vi de repente un mundo:
sobre tierras extensas y amarillas,
un árbol solo.
La mirada se alojó en la belleza,
y tal aparición en mí pervive
con los campos pajizos de Anatolia.
[De Lugares de Paso, Renacimiento, Sevilla, 1999]

 

VIEJO TEATRO

Su cara de barraca
era la referencia de la fiesta;
albergue y alegría bajo potentes focos
donde los bailarines surgían sin edad.
Nave adaptada para cinematógrafo,
con caminos de luz sobre nuestras cabezas.
Recordada la sala, el escenario
y ensayo de comedias dirigidas
por el flautista Cosme,
sonriente desde su rostro oval.
El lugar transformado
en oscuro almacén de cereales,
con ventanas en continuo vaivén
y paso a golondrinas.
Busco el cofre que guardaba los trajes
vestidos en escena.
El guardián nada sabe.
En su mirada nueva habla mi desvarío,
y sin embargo soy aquellas cosas,
con las de ahora mismo,
que pasarán también a parecer locura.
[De Lugares de Paso, Renacimiento, Sevilla, 1999]

 

INFAMIAS

Escondido temblaba, casi en llanto.
Parecía de tierra, con labios de granada.
No más de doce años sostenía su cuerpo
de tímido muchacho.
Desde angosta abertura vigilaba.
Ante sus ojos fijos un erial implacable.
Le dolían los pies y el alma toda;
las horas entre el miedo.
Explosiones irrumpen, el humo se hace denso,
y ruidos culebrean entre la escasa yerba.
El vigilante acecha, va levantando el arma,
ya en alto se entretiene ante un ave que cruza.
Vuelve de nuevo, alerta, se reprocha.
El silencio se impone y propicia sosiego.
Como entre sueños llega
el aroma dormido de la casa,
abrigo familiar con escasez y holgura.
Seguía recordando…,
y oyó que alguien andaba a sus espaldas.
Apenas tuvo tiempo del asombro:
una mueca anunciaba el dolor del costado.
Aguasangre en el pecho. Se orinó en la agonía.
Su rostro de terror al fin sereno.
[De El engaño de los días, Tusquets Editores, Barcelona, 2006]

 

APUNTES DE AYER

Lenta la madrugada y vivas las estrellas;
pasos apresurados se perciben
en las calles dormidas. Sólo las aguadoras
que han dejado sus lechos prontamente,
dobladas van por la pesada carga,
y a la noche despiden en silencio.
En el camino cierto, deseosas,
pasan los callejones que llevan a la fuente,
su cercano sonido las alegra,
y festejan en ella las indecisas luces.
Se entretienen en juegos las jóvenes mujeres,
y aproximan los labios al venero.
Hace olvidar el agua algunas inclemencias
que la noche añadiera a su dolor,
a su pasar en una cama oscura
donde el amor no tuvo nacimiento.
El regreso se impone y apaga los impulsos.
Callan las aguadoras al encenderse el día.
Ladeadas y lentas ya no ríen.
Sus redondas caderas de muchachas
son el mullido apoyo de los cántaros.
El agua ya es un peso sin promesa.
[De El engaño de los días, Tusquets Editores, Barcelona, 2006]

 

BÚSQUEDA DE UNAS HUELLAS

Guardaba huecos vanos una parte del tronco,
aquella más cercana al humo de la tierra.
El hombre a su cuidado quiso ver las carencias
como propio reflejo de su ya larga vida.
Detenido en el huerto, con éstas y otras cosas,
un rayo de sol fuerte abrillantaba el árbol,
y se sintió orgulloso por su trabajo fiel.
A la felicidad se unían aflicciones
de orfandades y ausencias con los ecos del luto.
Llegó el luciente mayo, y este hombre de Dios
cogería su hato para partir muy lejos.
No era buen viajero. Odiaba las esperas,
el danzar en el aire... Y los padecimientos
que conllevan los viajes, hasta los más gozosos.
Pero quería ver de dónde su progenie
para entenderse más siendo distinto.
Pidieron su apellido y datos personales;
el don de la paciencia como bien necesario
(cuando se sale al mundo que es también de los otros).
Y le reconocieron por su mirada glauca,
por cuanto los isleños tienen de fulgurante.
Al llegar a buen puerto, al cielo daba gracias
en la tierra tan viva, que besó con respeto.
Y disfrutó con júbilo su hallada identidad.
También vio un Caravaggio en San Giovanni.
¿Qué más puede pedir un mal viajero?
Malta, 1993
[De L’albero (El árbol), Levante Editori, Bari, 2007]

 

NOTICIAS

Las avenidas gimen presas de desconcierto.
Es doloroso y triste cruzarlas sin testigos
que alegres saludaban en su anchura.
Ha llegado la noche, todo es noche.
Escasea el albor de las promesas;
y ni siquiera el agua es reluciente
(aquella que bebiste hace seis años).
El aire ya no alberga más palomas,
sólo las negras alas de los cuervos
y las aves rapaces que buscan los despojos.
Vive lo malogrado. ¿Seremos los culpables?
Los del Norte llegaron con su plata
para comprar la tierra que pastaba el ganado.
Eran campos de luz, con la variada fauna.
Se llevaron, también, los olores primeros
de las noches australes; las manos embotadas
de tanto amar la tierra y su secreto.
Un lago, y su belleza,º entraba entre las cuentas.
Son los dueños ahora de cuanto fue de todos.
Se han llevado ilusiones, sólo por cuatro cuartos.
(Buenos Aires, 1997)
[Inédito]

 

Ramón Irigoyen

 

RAMÓN IRIGOYEN /
MADRID

 

ARTE POÉTICA

Every poem an epitaph
T.S. ELIOT
Un poema si no es una pedrada
- y en la sien –
es un fiambre de palabras muertas
si no es una pedrada que partiendo
de una honda certera
se incrusta en una sien
y ya hay un muerto.

 

PASE DE UBRES TOREANDO SENOS

Yo nunca supe nada y supe todo
todo lo que hay de humano en unos ojos
cuando aplauden de pena las pestañas
todo lo que hay de fiesta triste en los pañuelos
cuando piden la oreja de la tarde
por la muerte del sol acribillado
de banderillas de oro en el poniente
y siguiendo con tedios tauromáquicos
diré cómo me agobia de pitones
esta vida de hastío hasta las astas
resuelta siempre
en una nada plúrima de muerte
a plazo corto y al contado cierto.

 

FOSFENOS Y CERILLAS

Podrán no ser hermosos mis poemas
pero lo eres tú y me basta.
He ido tras ti por todos los caminos,
como de cerro en cerro el cazador
jadeante persigue a una bandada
de alocadas perdices,
suaves de carnes prietas y rosadas,
y no ve el brinco ciego del chortal
ni repara en que pisa hierbas niñas
y no oye el bullicio de los pájaros
ni se fija en la gracia del lagarto
con facha de gitano mujeriego,
sino que él corre en pos de su presa
y, hasta que no la alcanza, ya no vive,
porque su amor, su gloria y su alegría
cifró en una perdiz de ojos de garza.
Te busqué en todas partes, amor mío.
Te he buscado en los ríos y en los campos
y en pueblos que no existen en la tierra.
Muchas veces miré hasta en la basura.
Pregunté por ti en todas las puertas
y al fin me dio esperanzas un viejito
que me mandó mirar en el tabaco.
Meses y meses destripé cigarros,
en mi furia auñé miles de filtros
y cuando ya te daba por perdida
me sonreíste dulce desde un fósforo.
Por eso ahora canto a las cerillas,
sólo quiero cerillas en mi casa,
sólo cerillas cenaré contigo
y dormiremos juntos, vida mía,
en la cajita llena de palitos.

 

LO QUE DIJO DE LA NOVIA
UNO DE SUS SOLTEROS

Y fue el amor labor de joyería.
Hundidos en la grasa del placer
fundimos todo el oro de la tierra.
Como relojes locos nos quisimos
la noche entera en un abrazo luminoso.
Se nos alegraron las gargantas de pelos.
Jamás unas axilas han tenido tanto sabor a sábado.
Hubiera podido cenarme su ropa.
Sus pendientes, bizcochos.
Nobody, not even the rain, has such small hands.
Y nuestros cuerpos, zafiro derretido.

 

CONSTANTINO CAVAFIS

Alejandría es un bazar alegre de lujuria
pero también Cavafis tiene que trabajar
veis la desgana con que marcha al Ministerio
pero ya ha terminado la jornada
reparad ahora en sus andares
al volver del trabajo casi trota
y una sonrisa se insinúa en su rostro
el aire es un alivio de jazmines
los muchachos huelen a sol como la tarde sabe a frutas
y el Poeta se acuerda de unos ojos
(mi mu filás ta matia, pu ine jorismós)
de unos ojos amigos de la noche
más azules que el lago Mareotis
ojos maravillosos de muchacho amado en las arenas de un
verano lejano
y al recordarlos siente sed y entra en el café de al lado
y al sentarse en la mesa de todos los días
oye los ruiseñores inmortales de Heráclito
y Calímaco le invita a un zumo de naranja
y el Poeta le habla de los amores grasientos de los burdeles
y ahora hasta el zumbido de las moscas es música
y el Poeta baila borracho hasta la madrugada porque mañana
es fiesta.

 

EN EL CIELO DEL PARAÍSO

Me encanta que hables así
y que tu piel se broncee tan fácil
con cualquier música de barrio.
Por la armonía de tus palmeras
es hoy tan buena mi suerte.
Tu cuerpo es un loco abanico
que se corre y se corre…

 

Chantal Maillard

 

CHANTAL MAILLARD /
MÁLAGA – BARCELONA

 

La buena fortuna

Sobre la cama salta el gato.
Mordisquea mis pies.
Es una suerte, pienso,
después de todo soy afortunada.
Se hicieron hombres mis dos hijos.
Yo no los vi crecer.
Uno de ellos se fue por siempre.
Lo decidió una noche.
La vida le quedaba estrecha y
quiso probarse el aire.
Me acarician los pies al despertar.
¡Qué delicia!

 

AQUÍ

Dime lo que he de hacer. Las palabras
se agolpan. Dime algo, dices, dice
él. A mí, me parece
que no dejo de hablar. No obstante,
cuando lo intento -dime, dice-, oigo
como un gemido, tan sólo un gemido
que arrastra el llanto.
Dime lo que he de hacer. Llévame a
donde me digan lo que he de
hacer. Sus ojos. Tus
ojos -¿tus?- sí,
cálidos ojos-lago, ojos-aquí.
Aquí, como los niños
y los idiotas. Por eso tus ojos,
para quedarme. Para
seguir aquí. Para aguardar
aquí. ¿Aguardar qué? No importa.
Para aguardar.
Ni dentro ni en superficie.
Aquí donde los niños
y los pobres de mente. Un aquí
que se prolonga en tus ojos sus ojos,
para poder quedarme.
Dime lo que he de hacer.
Escribo
porque tal vez no hablo. No
me sueltes.
(En Hilos, 2007)

 

DE PIE

De pie. Boca sellada.
Ojos arriba.
Por el espejo, que refleja. De
lo contrario no hay ojos. Hay
otras cosas.
Las heces, por ejemplo.
Como tercera pierna. La
sensación de escozor, donde la boca.
Sellada.
Leve hormigueo, tensión
en la abertura,
ahora impedida. Por
la memoria. Otras heces,
la memoria. Dañinas.
Sembrar futuro con lo antiguo.
Hacer presente con semillas viejas,
putrefactas. Por eso
boca sellada.
La podredumbre instalándose
en el dentro. No importa.
Las heces: lo más cálido de mí.
(En Hilos, 2007)

 

EL PEZ

Volver a las palabras.
Creer en ellas. Poco. Sólo
un poco. Lo bastante
como para salir a flote y coger aire
y así poder aguantar, luego,
en el fondo.
Volver a las palabras. Con
voluntad de sentido.
Boqueando. Pez en la orilla
común de los creyentes.
Volver. Decir superficie. Escribirla.
No, lector, no deslices
tan rápido tus ojos por la página,
nada te obliga a terminar
de leer este texto. Puedes
dejarlo. Muchos lo habrán hecho
antes de haber llegado a estas líneas.
He dicho superficie. Vuelve atrás.
Detente. Piénsalo. Piénsatelo. He
escrito la palabra palabra y
estoy tratando de decirte algo
que no acierta a decirse. Entonces
digo impotencia. Tú sabes lo que es
la impotencia, a buen seguro
alguna vez la habrás sentido. Ahora
te pido que despojes la impotencia
de la palabra que la nombra
y te quedes sintiéndola tan sólo.
¿Lo consigues?
Tal vez no sea para ti,
ahora, tiempo de impotencia.
Se deslizan tus ojos por
los caracteres impresos y sientes
cierto placer en esta redundancia
de lo escrito. Los óvalos te tientan.
Aproxímate, lector, mira por
ese pequeño orificio. Adéntrate.
Hay abismo -¿abismo?- hay vértigo.
Repite, entonces, conmigo Infinito.
Di Infinito. Repítelo. No dejes
de decirlo, hasta que pierda
sentido la palabra infinito y
te encuentres en el vértigo,
desprovisto de pértiga.
Entonces di Infinito. Pronúncialo.
Pronúncialo de nuevo,
despacio, con voluntad de sentido.
Como al principio del mundo o
del poema.
Para volver. En superficie
por un tiempo.
Para hacer el tiempo
brevemente.
(En Hilos, 2007)
No existe el infinito:
el infinito es la sorpresa de los límites.
Alguien constata su impotencia
y luego la prolonga más allá de la imagen, en la idea,
y nace el infinito.
El infinito es el dolor
de la razón que asalta nuestro cuerpo.
No existe el infinito, pero sí el instante:
abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;
en él un gesto se hace eterno.
Un gesto es un trayecto y una encrucijada,
un estuario, un delta de cuerpos que confluyen,
más que trayecto un punto, un estallido,
un gesto no es inicio ni término de nada,
no hay voluntad en el gesto, sino impacto;
un gesto no se hace: acontece.
Y cuando algo acontece no hay escapatoria:
toda mirada tiene lugar en el destello,
toda voz es un signo, toda palabra forma
parte del mismo texto.
(En Matar a Platón, 2004)

 

NO PONDRAS NOMBRE AL FUEGO

No medirás la llama
con palabras dictadas por la tribu,
no pondrás nombre al fuego,
no medirás su alcance.
Todas las llamas son el mismo fuego.
Mi cuerpo es una antorcha que alumbra los espantos
que la razón construye en sus tinieblas.
Hay que bajar al cuerpo, muy adentro,
tocar el centro ardiente, abrirlo y propagar
el gozo de la lava.
No importa en qué caderas,
en qué pecho resbale,
no importa la estatura, el sexo o la materia
pues todos caminamos sobre la misma pira.
No medirás la llama con palabras que encubren
los viejos sentimientos de los hombres.
(En Conjuros, 2001)

 

CONJURO PARA DECIR MENTIRAS
Y CONSTRUIR VERDADES

«Si a alguien es lícito faltar a la verdad será únicamente a los que gobiernan
la ciudad, autorizados para hacerlo con respecto a sus enemigos y conciudadanos.
Nadie más podrá hacerlo.» (Platón, República, III)
Cuando cumplí seis años, a cambio de su amor,
mi madre me arrancó la terrible promesa
de no mentir jamás.
Así, igual que un soberano controla al pueblo al que gobierna,
ella me dio la libertad que al necio se le otorga:
actuarás dentro del margen que yo-mis leyes establecen.
No había escapatoria: su ministro de asuntos interiores
tenía su despacho montado en mi conciencia.
Yo la echaba de menos, por eso no traicioné su confianza;
fui fiel a mi promesa.
Pero también, y con el tiempo, quise ser fiel a mis instintos
y extensiva se hizo la verdad al deseo que impulsaba mis actos.
Creo que confundí el orden imperioso del deseo
con el orden común de los Estados,
pues provoqué una guerra.
Después del gran naufragio, ella me preguntó:
¿no podías acaso haber mentido?
En ese instante, entonces, usurpé la corona.
Ser libre no es un don, es una reconquista,
y a menudo es preciso callar y conducir
las palabras al cauce más amable;
es preciso callar para construir
aquella historia que habrá de guardarse
como un largo secreto del que nadie es testigo. Ser libre
es cuidar de un misterio
sobre el que el alma se moldea.
Hay seres que comprenden temprano este principio;
me produce ternura descubrir sus engaños
y comprobar la paz que de ellos resulta;
admiro las mentiras bien trabadas,
la coherencia del engarce, el arte dirigido
hacia un fin; me conmueve
la soledad de aquel que las inventa
y consiente al imperio de su lógica.
El que miente edifica el mundo que conviene
para salvaguardar la ficción de los otros, la legítima
ficción que necesitan contra
la angustia de sentirse
tan solos
sin leyes, sin verdades,
sin ese amor que creen recibir
a cambio de su alma.
Aprendo del que calla, del que miente y engaña
el fuego soterrado que aún gime en mi pecho,
aprendo a dirigir su lava en mis infiernos
para el mejor gobierno de los mundos.
Desde ahora mi mano es la que guía
el fiel de la balanza: la verdad y su opuesto
son las onzas que pongo en los platillos
según el juego lo requiera.
(En Conjuros, 2001)

 

Kepa Murúa

 

KEPA MURÚA /
PAÍS VASCO

 

Y NO SABES

Dices amor y no sabes lo que dices.
Dices dolor y sientes cómo la vida
te coloca en un callejón sin salida.
Interrumpe tu voz bruscamente.
La vida necesita de la esperanza
de encontrar a alguien que te quiere.
Dices soledad y no encuentras a nadie.
Dices no puedo respirar y te sientes vacía.
Y te desprecias como se pierde la conciencia
cuando no tienes cerca a nadie.
Dices olvido que quiso como a pocos.
Dices amor porque no quisiste a nadie.
Ahora envejecen pupilas que se queman.
Las pestañas calcinadas ensombrecen
la vida que no ve lo que dices:
Amor, dolor, soledad, olvido.
Dices amor y no sabes si lo necesitas.
Dices dolor porque ves que existe.
Dices soledad que elegiste.
Olvido que tratas de olvidar para siempre.

 

NO SE ABRE TU NOMBRE

Tu nombre no se abre cuando lo nombro.
Tu nombre despierta sobre mi cuerpo
y vuelve, una y otra vez, como si nada.
Como si hiciera un agujero en la nada
tu nombre no es carne, no es seno,
no es misterio que codicie el hombre.
Tu nombre, sencillo de pronunciar
y fácil de recordar se me abre
ante los ojos en medio de la frente.
Donde no hay nadie tu nombre
emerge con fuerza: isla o virgen
en el fondo del mar. Lágrima
o viento con sabor a campo.
Vientre o cuerpo tu nombre.
Un secreto cuando lo nombro.

 

TU NOMBRE TIENE ÁNGEL

Te vas a dormir
pensando que no tienes nada.
Te vas a la cama
sabiendo que estás solo.
Te diriges al sueño
con una carta en la mano.
Te encaminas hacia la paz
y encuentras al daño.
Te defiendes del dolor
cerrando los ojos.
Te acurrucas en una palabra
pronunciada con cariño.
Te detienes en la noche
sabiendo que te queda poco.
Te preguntas qué será de ti
ahora que tienes miedo.
Te acuerdas cuando de niño
todo parecía un juego.
Te duermes leyendo la carta
como si la hubiese escrito otro.

 

ANTES DE CONOCERNOS

Deja las cosas sobre la cama,
déjalas sin darle importancia.
Deja tus recuerdos.
Deja tus sueños
tu tristeza con ellos.
Frío es el calor que nos daña
si piensas que la vida
tiene sus lamentos
como se olvida lo que duele.
Deja contigo esos fríos
en la cima del fuego.
Coloca las cosas inútiles
que tan importantes eran.
Déjalo todo como si nada.

 

LUEGO EL OLVIDO

Porque lo que sucede es verdad
tus ojos guardan sus máscaras dentro.
Porque lo que ves es apariencia
la vida se enfrenta a la realidad
para que su mirada no se acabe
en un túnel muy negro.
¿Qué es la vida que no tiene alma?
¿Qué la soledad que no tiene sueño?
No son palabras de consuelo
sino las que nos enfrentan en silencio
porque como no supimos amar
siempre que confieso algo
la vida desaparece de mis manos.
Siempre que recuerdo el pasado
la realidad me dice que hubo miedo.
Y si sólo es olvido el recuerdo
¿cómo lo daría todo
por perderlo todo de nuevo?

 

POR DELANTE

Hay muchas maneras de gritar.
Ella dice te espero, tú respondes no voy.
Con todo el tiempo por delante,
no haciendo nada, en silencio.
Hay muchas maneras de gritar.
Ella pregunta ¿me quieres?
Tú respondes no puedo saberlo.
Con rabia, con asco, con riesgo.
Hay muchas maneras de gritar.
A pulmón abierto. Con el corazón
en la mano. Temblando.
Con fuerza. Con miedo.
Hay muchas maneras de gritar.
Ella dice tu silencio, tu silencio.
Tú respondes no veo, no veo.
Hay muchas maneras de gritar.
Cerrando los ojos. Abriendo la boca.
Sintiendo, sintiendo.

 

LA SAL DEL AMOR

En la ciudad del amor
el cielo nos visita a menudo
con peces y náufragos
que te miran a los ojos y comen sal.
En sus calles húmedas
los hombres nadan desnudos
y resbalan los años
de la derrota mal digerida.
En las afueras de la impaciencia
los cuerpos se muestran al sol
y los labios lamen la sal que queda
en los senos y en la entrepierna.
Lloran a la intemperie
su insistencia sin darnos cuenta.
El mar cerca la sal del cuerpo
que la lengua dibuja con impaciencia.
Del volcán del deseo los peces brillan
con el color verde del horizonte.
Se fustigan indiferentes
las palabras y los secretos.
La sal del horizonte lo cubre todo
pero la herida no se cierra.
Algunos lo hacen con pena.
Otros se vuelven locos con su misterio.

 

TODAVÍA

Todavía hay cosas que no entiendo.
Todavía hay cosas dentro de mí
que no son mías.
Todavía cosas que me vienen de fuera
y no me pertenecen.
Todavía hay algunos todavías
que me hacen sentir perdido.
Todavía hay bastantes todavías
que me hacen caminar confuso.
Muchos todavías que no comprendo.
Todavía hay cosas cerca de mí
que son como de otro.
Lugares que son recuerdo todavía.
Sueños a los que regreso sin pretenderlo.
Amores que debo descubrir todavía.
Palabras a las que persigo desnudo.
Pasos en torno a un destino
que todavía no comprendo.
Cuerpos que se aproximan a mí
todavía.

 

Albert Tugues

ssssssssssssssssssssss

 

ALBERTO TUGUES /
BARCELONA

 

• CANCIÓN DE LA PALABRA AMOROSA

Quiéreme, decía. La palabra era «quiéreme». Necesito que me quieras, decía, quiéreme para no morir tanto.
Desde hacía cuatro años, sólo repetía esta palabra, este querer. Sus amigos y conocidos ignoraban a quién se refería, a quién nombraba con el sonido de esta palabra, con el silencio de este querer.
Así fue transcurriendo su vida, pidiendo que alguien, no sabemos quién, le quisiera.
»Quiéreme», volvía a decir. «Quiéreme, y la muerte no será tanta, en esta prisión, el día que me quieras. Quiéreme, e iré a la muerte con el recuerdo de tu vida, y no moriré tanto en la muerte, si me has querido.
Quiéreme, y no será tanta la muerte el día que me quieras», escribió por última vez. Una noche lo sacaron de la enfermería de la cárcel y se lo llevaron al hospital, en donde dicen que murió a solas, en la habitación, musitando palabras de amor, esperando aún a que se abriera la puerta y apareciera ella para amarlo, en el último y supremo instante.

 

• CANCIÓN DEL DESPERTAR DE LAS PALABRAS

Fue al despertar. Como un desprendimiento. Tenía las palabras contadas, pero al despertar sintió que le faltaban algunas. Le faltaban palabras. Se levantó de la cama, buscó, acechó por los rincones, y sí, comprobó que le faltaban palabras. Corazón muerto. Fue aquel día, al despertar. Como una ausencia fría en las manos. A lo largo del tiempo, había ido contando las palabras, una a una, como si las numerara en el corazón. Contaba su número, para luego contarlas mejor al oído de la noche. Las contaba, numerándolas, y las contaba, diciéndolas. Pero ahora, al despertar, tenía el corazón muerto y le faltaban algunas palabras.
Es desde aquel despertar que le faltan palabras.
Desde aquel día en que, al volver a casa, todas las puertas estaban cerradas. En el
barrio, todo el mundo había cerrado ya las puertas, salvo la puerta del bar donde la vio, acodada en la barra. Entró, habló con ella y le dedicó palabras amorosas, las mismas que ahora encuentra a faltar cada mañana, cuando despierta.

 

• CANCIÓN POR UNA PALABRA DE MENOS

Esta otra historia ocurrió por una palabra de menos. Fue por una palabra de menos. De entre los dedos le caían gotas de sangre. Pero lo que realmente le mató, lo que le desangró de verdad, fue una palabra de menos, una palabra que no se dijo. Ahora bien, ¿se hubiera podido llegar a decir esa palabra? ¿Adivinarla? Y además, ¿esa palabra, de haberla adivinado alguien, tenía que ser dicha simplemente por cualquiera, o bien debía pronunciarla alguien determinado? ¿Quizá, pues, se trataría de una palabra de menos, de una palabra no dicha por quien hubiera debido decirla?
Pero las cosas del amor y la muerte nunca se pueden resolver después, pasado el tiempo, y será mejor por tanto no darle más vueltas al corazón. Y acostarse lo mejor posible en el lecho de esta oscura celda.

 

• UN SENTIMIENTO DE MÁS

Por un sentimiento de más, perdí la vida. Por un sentimiento de más, dije un nombre sin decirlo, y, en el silencio, perdí la vida, gané la muerte.
Por un sentimiento de más, me quedé en la noche sin corazón, me quedé en el silencio de un nombre que no dije, y te perdí sin haberte tenido. Es por eso que perdí la vida, gané la muerte.
Por un sentimiento de más.

 

• LA PIEL SUAVE

¿Me dejarás tocarte?
¿Me dejarás tocarte el corazón, el alma? Lo que a nadie le importa, ¿me dejarás tocártelo?
¿El corazón, el alma, cuando no tengas a nadie a tu lado, una noche, podré tocártelos? ¿Me dejarás que pueda tocarte lo que nadie quiere tocarte, el alma, el corazón?
¿Me dejarás tocarte?
No estoy pidiendo que me dejes tocar tu vida, la vida que otros te han tocado, sino tu muerte, el alma, tu corazón arrancado.
Te estoy pidiendo que me dejes tocar tu muerte.
Todos pueden tocarte el corazón, menos yo, aquí, encarcelado. Todos pueden tocar- te.

 

• DICEN QUE AQUEL AMOR
LE OCUPÓ HASTA SU MUERTE

Andaba por las calles vestido con andrajos, andrajos de amor, decía él. Y al anochecer, en un rincón cualquiera, escupía sangre, sangre envuelta con el nombre de ella, su amada.
»Vestido de ti», decía. «Vestido de lo poco que tengo de ti, con andrajos, escupo el nombre, tu nombre envuelto en sangre».
«Quien lo escupe, no eres tú, aunque lo escupido venga de ti y lleve tu nombre.»
«La sangre, es mía».

 

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines
N° 16 Febrero de 2009

•Introducción y selección de Concha Garcia
Barcelona, España

•Especial para Confines - El extremo Sur

 

Febrero/Marzo de 2009
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