El chacal de la lipela

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Es la historia de una banda integrada por Roberto Focter (Foster) Rojas, junto con Atanasio Pucci y Nicolás Román cuya actuación se desarrolla durante apenas tres años. La reseña siguiente es de “La Nueva Era”, periódico de Carmen de Patagones:

 

El paraje denominado Paso Chacabuco, perteneciente a Paso Flores en el que se encuentra diseminada un conjunto de población laboriosa, resultó días pasados el nuevo escenario de una de esas tragedias misteriosas de que viene siendo víctima el territorio, hondamente conmovido por la magnitud de los sangrientos sucesos que con desesperante frecuencia vienen produciéndose en su seno, y en la que el plomo homicida ha conjugado miserablemente su más vil y vergonzante destino, tomando de sorpresa la tranquilidad familiar de felices hogares que hoy vive la odisea fúnebre del más áspero y doloroso luto sacrificando, a mansalva, preciosas vidas de hombres útiles a la sociedad y dignos de consideración para todos.
En el hecho de Paso Chacabuco rodaron bajo la violencia mortal del proyectil siniestro, disparado alevosamente, tres hombres de enjundia cuyas honestas vidas, dedicadas a dar al ambiente en que actuaban mejores perspectivas de progreso, movíanse al calor de los sanos ideales y llenaban un destino benefactor dentro de la espera de sus energías.

A partir de estos hechos, Focter Rojas fue bautizado como el “Chacal de La Lipela”. Los hechos criminales ocurrieron entre los meses de marzo y abril de 1928. El primero, un asalto que prometía ser llevado a cabo sin mayores contratiempos; la víctima, el “Turco” Fortunato Creide. Era vecino al comercio el informante de la banda. Uno de sus integrantes apenas ingresó al lugar, apuntó a todos los presentes al grito de “arriba las manos“. Los lugareños fueron sorprendidos mientras almorzaban. Al momento, tanto Fortunato Creide como un parroquiano recibieron varios disparos del arma de Rojas, un Winchester. Uno de los hermanos del titular del comercio intentó ofrecer resistencia, pero resultó en vano, no pudo evitar que varios balazos dieran en su cuerpo. Antes, otro vecino que se acercaba al boliche había sido baleado y dado por muerto. La mujer del propietario logró escapar por una ventana junto a sus cinco hijos, salvándose así de una muerte segura. Sin haber podido violentar la caja fuerte, los tres asaltantes se retiraron del lugar resignándose a un magro botín: “Tanta violencia, tanto salvajismo, para sesenta pesos, un reloj con cadena de oro en su base, un caballo, algunas armas del negocio y los muertos, ropas y unas ochocientas balas“.

El grupo siguió su camino: fueron a San Carlos de Bariloche, donde mataron al propietario de una pequeña chacra; continuaron por la cordillera hasta Esquel. Se separaron, luego de discutir, Pucci y Román continuaron hacia el sur y Rojas volvió a Bariloche. Los dos primeros asaltaron a tres hombres por el camino; en Esquel robaron en un comercio, donde mataron a un empleado y a un parroquiano. Por el camino, balearon a un paisano a quien dieron por muerto...
... Por eso, retiraron el cuerpo unos cien metros de la senda, y lo cubrieron con sus propias pilchas. Sin embargo, el atacado no sufrió otra cosa que un desmayo, ya que el disparo, si bien había ingresado por la boca, no le afectó ninguna parte vital. Repuesto, se dirigió a la oficina policial de El Bolsón, mientras un conocido que había encontrado en el camino marchó hacia la localidad de Ñorquinco, para dar aviso a la policía.
Pucci y Román obtuvieron refugio en una propiedad, pero una partida formada por quince hombres —ocho policías y siete vecinos- logró dar con ellos. Inmediatamente fueron rodeados. la crónica de “La Voz del Sud” fue precisa:

Enseguida empezó una verdadera batalla pues los bandidos no escatimaron municiones, haciendo gala de un valor y resistencia que no esperaban. El combate, así furioso y decidido, continuó en diversos puntos a los que eran llevado los sujetos por el avance decidido de la policía cooperada por los particulares.

Según los testimonios de la comitiva policial, el tiroteo duró seis horas. Si bien Pucci y Román lograron fugarse en más de una ocasión, esta vez no pudieron eludir el cerco policial que los acosaba. La persecución terminó en el paraje Los Repollos. El poder de fuego de los perseguidores resultó mortífero para uno de los bandidos, en tanto que el otro fue herido en ambas piernas. Sólo un vecino quedó fuera de combate por una lesión de bala en el hombro. Junto al cuerpo muerto y al herido la partida policial identificó más de seiscientas cápsulas servidas de armas de distinto calibre.

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“El mundo policial y el del delito son un mismo universo, tienen una frontera muy difusa, especialmente en el siglo xIx y en la Patagonia”, afirma el investigador Gabriel Rafart. Su libro “tiempo de violencia en la Patagonia. Bandidos, policías y jueces 1890-1940” analiza 50 años de delito en la región.

Bandoleros en la tierra de nadie

La Patagonia fuera de la ley

...“coimero intrigante, bochinchero, pendenciero, provocador, mal llevado por los vecinos y autoridades, cuatrero, estafador, salteador, empedernido ladrón, asesino, contrabandista, ladrón de profesión“.

por Gerardo Burton

Así era calificado, en una carta anónima, el juez de paz Emilio Pessino en la
Nochebuena de 1930. Aunque seguramente el autor del libelo fuera su enemigo Julio Visillac, un comisario uriburista proveniente del antipersonalismo radical que tenía cuentas pendientes con Pessino.
La disputa ocurrió en Chos Malal, y terminó con la muerte de Pessino: un disparo del comisario lo mató durante un forcejeo.
Para Gabriel Rafart, autor de “Tiempo de violencia en la Patagonia. Bandidos, policías y jueces. 1890-1940”, los adjetivos de la carta anónima sintetizan la noción de bandido o bandolero según el imaginario social de entonces. Sin embargo, la realidad es algo más compleja.
El volumen investiga cincuenta años de delito en la región pero a la vez reconstruye el paisaje social desde los márgenes: grupos que se organizaban con escasa logística, apremiados por el hambre y la miseria y que crecían al amparo de la inequidad social. Del otro lado, las partidas policiales apoyadas y nutridas por vecinos más o menos ilustres, atemorizados por la amenaza contra las instituciones que significaba la delincuencia. En la porción inferior de la base social, ser policía o ser delincuente resultaba aleatorio, y a veces se era uno u otro alternativamente.

 

Policías y delincuentes

Lo cierto es que los propietarios se organizaban, apelaban a las escasas fuerzas institucionales —a las que suministraban recursos- para defender su patrimonio. Eran quienes definían qué era delito y quién era delincuente: así, podían estigmatizar sin problemas de conciencia al pobre, al extranjero — generalmente el chileno, en una población mayoritariamente de ese origen- y al aborigen recientemente derrotado y reducido a la servidumbre.
En ningún caso, la historia oficial los reivindicó con esa pátina legendaria o romántico-anarquista que otros relatos otorgaron a Isidoro Velázquez, a Mate Cocido, al gauchito Gil, a Hormiga Negra o a Juan Moreira. Ni siquiera al padre de todos, Martín Fierro. El único que logró superar el rasero del positivismo reinante fue Vairoleto, pero eso ocurrió mucho después.
La discriminación en los documentos y la sociedad tiene un correlato estadístico: la mayoría de los reclusos durante más de la mitad del período bajo análisis, son de origen chileno. Luego se produce una argentinización, debido, según el autor, al arraigo de la población de ese origen y la descendencia nacional, y además por el aumento de la migración interna en el país.
Según Rafart “el mundo policial y el del delito son un mismo universo, tienen un frontera muy lábil, especialmente en el siglo XIX y en la Patagonia”. Recordó la historia —casi una leyenda- que, en el libro, relata el caso de los comerciantes ambulantes de origen sirio-libanés.

 

SER BANDIDO

Resultaba suficiente la mención en un bando de captura para ser considerado bandido o bandolero, según el lenguaje jurídico heredado de los tiempos de la colonia y del período independentista...
El bandido era el enemigo de la estatalidad, que podía también estar enfrentado a la nacionalidad y a la sociedad, en condiciones de sumar al otro, al bandolero que emergía de la contienda por la distribución y apropiación de los recursos del poder simbólico, en la construcción de la “ciudadanía nacional”...queriendo corromper las almas ajenas, con el único fin de hacer valer sus exclusivos intereses, egoístas y por demás siniestros.
El bandido de la vida política era un sujeto a impugnar y debía ser desprovisto de ciudadanía y también de nacionalidad. Es que la ciudadanía era entendida como parte de la unidad y no de la división...

... el término bandolero operaba a modo de estigma, muy lejos de la idea de una oposición de adversario...
Rafart explica que el bandidismo y la delincuencia, en la Patagonia, era, para la clase dirigente, la “expresión palpable de un extenso paisaje social por
... suponía en su connotación a aquel que procuraba apropiarse de las buenas voluntades políticas, falseando las virtudes propias y demás brutal y muy lejos de la civilización”. Esta idea era abonada por la circunstancia del pasado violento, caracterizado por el “despojo y la muerte”, heredado de la campaña de Julio A. Roca. Esa herencia era, fundamentalmente, una reducida población aborigen derrotada que se reflejaba como antagónica con la imagen autoinducida de una civilización progresista alejada del crimen y la supuesta barbarie. Y expresa que “las sociedades patagónicas se debatían en su manera de vivir y actuar bajo el reconocimiento de la ley, de ‘aceptar’ al funcionario judicial y también de entender la manera en que se afirmaba la presencia policial”...

 

Tierra de nadie

Para inicios del siglo XX, un periódico de Bahía Blanca, La Nueva Provincia, pretendía resumir desde sus páginas el estado de violencia en que se encontraba la Patagonia, de acuerdo con los acontecimientos ocurridos en el paraje Sierra Negra, en el territorio nacional de Río negro. Lo hacía frente a la desaparición seguida de muerte de varios mercaderes ambulantes de origen siriolibanés, así como de sus respectivos ayudantes. El medio de prensa narraba hechos ocurridos entre los años 1905 y  1909. El conjunto de episodios fue conocido como “la matanza de los turcos“... referían la paulatina desaparición de varias decenas de comerciantes, durante cinco años, que habiendo partido de General Roca algunos, otros desde el poblado de Neuquén, y, los menos, provenientes del sur chubutense, se habían internado en la meseta rionegrina.
Resultó que más de medio centenar de mercaderes ambulantes árabes, junto con sus ayudantes, algunos criollos y otros del mismo origen que sus patrones, además del dinero que portaban, las mercaderías y sus medios de transporte, se perdió el rastro por meses y durante años. Pasado el tiempo, debido a que muchos de esos comerciantes habían tomado en concesión mercaderías y hasta recibido préstamos en dinero para poder afrontar su actividad itinerante, allegados y acreedores comenzaron a preocuparse por las prolongadas ausencias. Según la denuncia de un consignatario residente en la ciudad de General Roca, fueron cincuenta y tres los mercaderes desaparecidos. Para el gobernador rionegrino Ángel Gallardo, fueron ochenta los asesinados. El trabajo policial dejó a la vista datos alarmantes que fueron utilizados para destacar el estado de “civilización” de los grupos indígenas, incluyendo algunos que habían sido parte del grupo de vencidos en los tiempos de la campaña militar de Roca.
Dicha investigación reveló que por medio del engaño habían sido sorprendidos los desprevenidos comerciantes y asesinados con armas de fuego, cuchillos y palos, sus cuerpos descuartizados y, a fin de evitar dejar vestigio de esos crímenes, incinerados. Fueron muy pocos los que ofrecieron algún tipo de resistencia al momento en que advirtieron la proximidad de los ataques. Entre los detenidos, identificados como responsables de esos crímenes, se hallaba una figura difícil de encasillar, que según los testigos, había servido en las filas del Ejército Nacional. Se trataba de una “hechicera y curandera”, conocida como Macagua, que vestía de hombre, aunque todos sabían mujer. De acuerdo con las declaraciones que obran en el expediente de la investigación, fue la mayor instigadora de los homicidios y responsable de dar la orden de descuartizar cada uno de los cuerpos de los infortunados mercaderes para, seguidamente, cometer actos de canibalismo. El objetivo era “distinguir el sabor” de la carne de los “turcos”, que entendía de distinta especie de la de los “huincas”.
“No todos eran de origen árabe”, indicó Rafart, había “otros comerciantes, empleados, que no lo eran. Ni tampoco se puede determinar la cantidad”. Es un hecho que contribuyó, afirmó, a “forjar la imagen de Far West donde el delito y la civilización conviven”.

 

 

Represión e injusticia

La transición hacia la institucionalidad, según el historiador, tiene fecha. Es en la década de 1940 cuando fue creada la Gendarmería, cuya función fue el resguardo fronterizo y ser la policía territoriana hacia el interior. En esa época también se creó el Servicio Penitenciario Federal; ambas instituciones configuraron un contexto institucional que garantizaba “el resguardo de los presos”.
Luego, en ese mismo decenio, la llegada del peronismo al poder “implicó un proyecto de unificación del país que generó una mayor institucionalidad”. Hasta entonces, las participación de privados en la represión del delito “estuvo presente en la medida que se concebía la protección de la vida” en esa época, pero no existe la policía privada.
Sin embargo, hubo “colaboración estrecha” de los damnificados con las policías oficiales. Aunque “no había agentes pagos, sí había suministros en vituallas, armas, caballada, medios, información”. Resulta que el dinero para los sueldos era enviado desde Buenos Aires a los boliches “y sus dueños los distribuían. Cuando no llegaba, había adelantos, préstamos, mercadería al fiado”. Generalmente, en la represión del delito, prosiguió Rafart, “hay una alianza entre el comisario, el juez de paz y el empresario para reprimir el delito”.
Ante las injusticias, “hay voces de queja, pero el poder es muy débil ante la discrecionalidad por parte de la justicia de menor rango”.

 

Doble vida

Por lo general, alternaban su vida entre la formal y establecida, con familia y trabajo —agrario o minero, fundamentalmente- y el delito. “No eran delincuentes de tiempo completo”, expresó Rafart. Un ejemplo es Juan Balderrama que en Chile era agricultor y pirquinero en Neuquén. “Es parecido”, razonó Rafart, “a lo que  ocurre en el conurbano bonaerense, por ejemplo, donde los chicos alternan el trabajo formal con robos menores”.
Esa misma estacionalidad caracterizaba el trabajo policial en los territorios: por caso, en invierno estaban en la fuerza, y en el verano se dedicaban a otro trabajo. Entre uno y otro empleo, “pierden el arma, o la venden. Eso garantizaba una provisión constante de armamento” en el mercado negro, engrosado por los  soldados que salían de franco y también perdían sus armas o las vendían.
El de la Patagonia en el medio siglo investigado “era un mundo de delito muy precario; las empresas delictivas surgen de la misma acción, los protagonistas no planifican, estudian el caso 48 horas antes de cometerlo”

 

Sobre este artículo

Publicado en Confines N° 14 Noviembre de 2008

•Por Gerardo Burton, Neuquen
Especial para Confines - El extremo Sur

 

 

Noviembre de 2008
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