BIOGRAFÍAS/ David Aracena

•Por Cristian Aliaga


David Aracena tenía cinco años cuando llegó a Comodoro Rivadavia en 1919, en una tropa de carros comandada por su padre, emigrado de San Luis por razones políticas. Vivió en varios lugares de Chubut (Puerto Pirámide, Rawson, Camarones, El Hoyo) antes de afincarse definitivamente en Comodoro Rivadavia, a mediados de los ‘60.
Fue peón de pozo, telegrafista, petrolero, telefonista, tenedor de libros, policía y comisario; devenido periodista -primero para subsistir pero básicamente por su pasión literaria- es convocado por el diario “El Patagónico”, en el que jugó destacadísimo papel durante casi dos décadas como columnista y editorialista.
Respecto de su personalidad, es atractivo hacerse eco de dos anécdotas que circulan sobre su época de policía: la que cuenta que cuando actuó en la pequeña localidad de  Las Plumas, llevó a cenar a su casa al único preso y la que asegura que en los destinos que le tocó ejercer, la celda desocupada oficiaba de biblioteca.
Lector voraz  e informado, hizo conocer desde el diario “El Patagónico” a escritores de vanguardia de todas las procedencias, a la vez que sostuvo una nutrida relación epistolar con muchos autores de prestigio como Rafael Alberti, Pablo de Rocka, Victoria Ocampo, Juan Ramón Jiménez, Ricardo Molinari.
Junto a su esposa Anita Pescha -también poeta- mantuvo durante casi veinte años -1967 a 1986- una columna diaria: “Las palabras y los días”, en la que, además, escribieron -en una suerte de tarea colectiva, y secreta para el público- numerosos autores que retribuían de ese modo la generosa recepción en su casa; allí albergaba  generosamente a escritores, pintores, cineastas y artistas de todas partes. Con la misma generosidad y liberalidad usó su prestigio para abrir camino a los artistas jóvenes  y respaldó las posiciones estéticas más críticas y desafiantes en un contexto conservador.
En su casa conocí a Angelino, Isla, Coicaud, Vilardo,
Sus textos se difundieron durante muchos años, impresos en diarios, revistas y antologías de diversos y distantes lugares. Eligió el artículo periodístico en continuidad, columnas que  firmaba como Juan de Punta Borjas (denominación original de Comodoro Rivadavia) y Marinero de Aljibe.
Prefirió el diálogo y la correspondencia a la publicación. Finalmente a instancia de sus amigos editó, en 1986, un grupo de cuentos, bajo el título de uno de ellos: Papá botas altas.
Junto a Asencio Abeijón y Donald Borsella, David Aracena es uno de los escritores relevantes que ha dado la provincia de Chubut a las letras del país. Basta la lectura de cualquiera de sus cuentos (La muerte dura un ratito; Papá botas altas; Dios no está lejos) para comprobar que es un narrador extraordinario: impecable, preciso, sorprendente.
En 2009, se editó “Las palabras y los días” (Espacio Hudson-El Extremo Sur, Comodoro Rivadavia) con compilación y prólogo a cargo de Andrés Cursaro.
Había nacido en San Luis en 1914 y murió en Comodoro Rivadavia en 1987.